Seminario

EL SEMINARIO DIOCESANO

En el Antiguo Testamento el Espíritu Santo era derramado sobre algunos personajes que sobresalían en el pueblo de Dios; en cambio el día de Pentecostés fue dado de una manera abundante sobre toda la comunidad cristiana. Sabemos que hoy todo el pueblo mesiánico participa del oficio profético, real y sacerdotal de Cristo.

La comunidad eclesial es como un organismo vivo: “En un solo cuerpo tenemos muchos miembros y estos miembros no tienen la misma función… Tenemos por tanto diversos dones  según la gracia que ha sido dada a cada uno de nosotros” (Rm 12,4-6).

Por eso en la Iglesia hay multitud de servicios, momentáneos o duraderos, privados o públicos. Los servicios eclesiales establecidos y públicamente reconocidos son llamados ministerios. Y los que reciben el sacramento del Orden son sacerdotes ministeriales. Para formar a los que aspiran seriamente a ser sacerdotes se establecieron los Seminarios.

La palabra seminario se deriva del latín seminarium, “semillero”. Es el lugar donde se prepara espiritual y culturalmente a los aspirantes al sacerdocio. El concilio de Trento (1545-1563) fue el que instituyó los seminarios como obligatorios para toda la Iglesia. La mayoría se llaman “diocesanos” porque dependen de la autoridad del Obispo propio. También se les llama “conciliares” o “tridentinos” por su origen.

Antes de Trento los sacerdotes diocesanos provenían de familias acomodadas que podían mandar a sus hijos a las grandes universidades donde estudiaban filosofía y teología. Los pobres recibían formación muy deficiente por medio de sus párrocos.

El Papa Pío IV (+1565) determinó las materias para la formación porque en ese entonces el clero se presentaba frágil intelectual y moralmente frente a los protestantes alemanes, más preparados y que centraban toda formación en el estudio de las Sagradas Escrituras.

Pioneros de los seminarios tridentinos: san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo, san Vicente de Paul, santo Tomás de Villanueva y muchos otros.

El Vaticano II reorganizó los estudios y la formación frente a los nuevos tiempos. Hoy se pide a los candidatos un mínimo de 7 años (3 de filosofía y 4 de teología), con estudios de Liturgia, de Moral, de la Sagrada Escritura, de oratoria sagrada, misionología y de cultural general. Estableció también que la formación del clero no termina al salir del seminario, debe ser una formación permanente.

Todos estamos llamados a colaborar en la tarea que realiza nuestro seminario diocesano. De ahí saldrán los futuros sacerdotes que nos suplirán a los actuales. Todos podemos dar estímulo y aliento, en la medida de nuestras posibilidades. Todos hemos de recurrir a la oración frecuente por los superiores y alumnos del seminario para que Dios nos conceda sacerdotes según su Corazón.

Pbro. Lic. Martín E. Hernández B.
Responsable de CODIPACS