San Francisco de Sales

Nacido en 1567 en Thorens cerca de Annecy (hoy Francia), y perteneciente a una familia de nobles, Francisco de Sales era el hijo mayor de trece hermanos. Comenzó su educación en la escuela capuchina de Annecy, y a la edad de 15 años viajó a la ciudad de París para estudiar en la escuela Jesuita de Clermont.

Al terminar sus estudios en París, San Francisco de Sales fue a la Universidad de Padua, siguiendo la voluntad de su padre, para convertirse en abogado. Sin embargo, no solo estudió leyes, sino que también hizo el Doctorado en Teología, y gradualmente fue alimentando su deseo de convertirse en sacerdote. Solo cuando era ya un hecho cumplido, le participó a su padre esta decisión.

Así, en 1593 fue ordenado sacerdote y gracias a la influencia de su padre, le fue otorgado el cargo de Proboste (superior) de su Capítulo, era una práctica normal darle a los miembros de familias nobles altos cargos eclesiásticos.

Sus cualidades mentales y espirituales lo llevaron a una de las misiones más difíciles; a trabajar en la región de Chablais cerca del lago de Ginebra. El obispo lo envía de misionero a esta región recién regresada al Ducado de Saboya después de 60 años en manos de Calvinistas. Allí al principio es fuertemente rechazado.

Francisco de Sales se destacó por su vocación y compromiso incansable de comunicar la verdad de la fe a través sus escritos sencillos y a mano que los distribuía casa por casa.

Conocido también como el Santo de la Amabilidad, pues consideraba que “la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.

Cada madrugada pasa de casa en casa echando por debajo de la puerta de los hugonotes hojas escritas con las enseñanzas católicas. Y es tal su oración, su sacrificio y su constancia y sabiduría para enseñar, que a los pocos años logra convertir a los 72.000 protestantes de esa región al catolicismo.

San Francisco se ganó la reputación de ser sensible, cortés y un evangelizador exitoso. Como consecuencia de esto, fue nombrado Obispo Coadjutor de Ginebra y posteriormente, Obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1602.

La visión de su papel como Obispo estaba marcada por los decretos reformistas emanados del Concilio de Trento (1545-1563) así como por la influencia recibida durante su etapa de formación (la espiritualidad Jesuítica entre otras), la vocación a la Virgen María inculcada por su madre, y lo aprendido en su trato con los Calvinistas.

Primordialmente, San Francisco fijó su misión en guiar a las personas a una vida espiritual dentro de una relación íntima con Dios. Muchas de sus prédicas y escritos están guiados hacia este propósito, particularmente a trabajar en dirección a la espiritualidad.

Su trabajo en ese sentido, dio origen a la publicación del gran clásico “Introducción a la Vida Devota”. También publicó otro libro el cual lo hizo merecedor al título de “Doctor de la Iglesia”, llamado “Tratado del amor de Dios”. De la misma manera escribió más de mil cartas espirituales.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. CÉSAR ALFONSO ORTEGA DÍAZ
RECTOR DE CATEDRAL Y SAN MARTÍN

Pero la misericordia sigue

Hemos despedido el año 2016 y estrenado ya este 2017. Quiera Dios llenarnos de bendiciones en este año que comienza. Verdaderamente es Él quien puede desearnos (darnos) un feliz año nuevo.

El año que terminó se caracterizó en la Iglesia porque vivimos el “Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia” convocado por el Papa Francisco y vivido intensamente en todos los lugares donde se hace presente la Iglesia.

Al terminar ese año Santo de la Misericordia el Papa nos regaló una carta muy bella, llamada “Misericordia et Mísera”, en la que sustancialmente nos da una enseñanza, una consigna: El año santo de la misericordia terminó, pero ¡la misericordia sigue! Pues evidentemente en la Iglesia la misericordia, simplemente, no puede terminar. Es la forma como hemos de continuar viviendo.

El Papa no quiere que caigamos en el error de que la misericordia practicada intensamente este año que terminó fuera algo extraordinario, como un paréntesis en nuestra vida. El Papa quiere asegurarse de que entendamos que fue un intenso entrenamiento para seguir en la línea más nítida y expresiva del evangelio. Pues efectivamente toda la Palabra de Dios y especialmente los evangelios, no son otra cosa que la historia de Dios con nosotros expresada como misericordia.

Así la carta “Misericordia et Mísera” nos lo expresa. Se entienden las dos palabras. De una parte está la miseria, la nuestra, nuestro aporte más humano, y de otra está la misericordia, la de Dios, la de este tremendo amor incondicional que Dios nos tiene y que se hace más fuerte y más osado cuando nos ve pecadores. Que no nos ama más cuando nos arrepentimos, pues ya desde antes nos ama infinitamente, incondicionalmente, siempre.

Así como están las cosas en el mundo, donde parece que el mal vence, el egoísmo gana terreno y la violencia nos atemoriza, pareciera que no hay esperanza. Pero en realidad sí la hay, es Dios fuerte y amoroso que no nos abandona. Sólo que nos pide también que hagamos nuestra parte. y la consigna es demasiado clara: la misericordia.

Hay dos personajes en el evangelio que nos pueden ayudar muy bien a entender lo que tenemos que hacer:

Primero está LA SAMARITANA, es mujer que conoció el amor de Jesús como misericordia, pues la miró con amor, la respetó, la redimió y la hizo su apóstol (ella fue al pueblo a anunciar la presencia de Jesús en medio de ellos), sin duda que esta mujer conoció de forma personal el amor de Jesús como una experiencia única y definitiva en su vida.

Y luego está EL SAMARITANO, el de la parábola, que se comporta lleno de amor misericordioso con aquel pobre hombre que había sido dejado medio muerto en el camino por aquellos violentos ladrones. El samaritano, sin ser de su pueblo, ni de su raza, ni de su religión, lo trató con amor, o sea le dio todo para ponerlo a salvo y que se recuperara… ¡esto es misericordia!

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE PARRAL

Jornada Mundial de Oración por la paz

La Oficina de Prensa de la Santa Sede dio a conocer  el tema del mensaje del Papa Francisco para la 50° Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero de 2017: “La No-Violencia: un estilo de política para la paz”.

La nota de prensa recuerda que “la violencia y la paz están en el origen de dos maneras opuestas de construir la sociedad. La proliferación de brotes de violencia da origen a gravísimas y negativas consecuencias sociales. El Santo Padre refleja esta situación con la expresión de la ‘tercera guerra mundial por partes’”, que ha utilizado en distintas ocasiones para referirse a los diversos conflictos que ocurren en el mundo.

Al contrario, prosigue la nota, “la paz tiene consecuencias sociales positivas y permite realizar un verdadero progreso. Por lo tanto, debemos movernos en los espacios de lo que es posible, negociando vías de paz, incluso ahí donde las dichas vías parecen ambiguas e impracticables”.

De esta manera, “la no-violencia podrá adquirir un significado más amplio y nuevo: no solo como aspiración, deseo, rechazo moral de la violencia, de las barreras, de los impulsos destructivos, sino como enfoque político realístico, abierto a la esperanza”.

“Se trata de un método político fundado en la primacía de la ley. Si se salvaguardan los derechos de cada persona y la igual dignidad de cada uno sin discriminación ni distinción, la no-violencia, entendida como método político, puede constituir una vía realista y llena de esperanza para superar los conflictos armados. En esta perspectiva, es importante que siempre se reconozca la fuerza del derecho, en vez, del derecho de la fuerza”.

Con este mensaje, prosigue la nota, “el Papa Francisco desea indicar un ulterior paso, un camino de esperanza conforme a las presentes circunstancias históricas: para obtener la resolución de las controversias a través de la negociación, evitando que se degeneren en conflictos armados”.

Para concluir el texto señala que uno de las cosas que debe combatirse actualmente es el tráfico de armas, y con la no violencia se “puede hacer mucho para combatir este flagelo”.

La Jornada Mundial de la Paz fue instituida por el Papa Pablo VI y se celebra cada año el 1 de enero.

El mensaje del Papa es enviado a las cancillerías de todo el mundo y, además, señala la línea diplomática de la Santa Sede para el año que comienza.

 

MAGISTERIO DEL PAPA
PBRO. LIC MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

La gozosa espera del adviento

1. El Adviento, parte-aguas
de la Historia. 

El Adviento cristiano apunta a un acontecimiento por venir. El protagonista de este hecho es, más que nada, una persona: Jesucristo.

La vida cristiana es ininteligible sin el Adviento. Por el Adviento Dios irrumpe en la Historia humana. Se podría decir que el Adviento es el parte-aguas de la Historia del mundo. En adelante, para marcar las edades, se tendrá que decir: antes de Cristo y después de Cristo. En otras palabras, querámoslo o no, Jesús es y será siempre el centro de las edades.

2. Los inicios de la esperanza.

“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nació de mujer…,” {Gal,1,4}.

“Plenitud de los tiempos”, significa los tiempos maduros, los tiempos oportunos. Había llegado la hora de disipar la oscuridad en la que el pecado había hundido al mundo. En efecto, el hombre creado imagen de Dios, se apartó del ordenamiento divino: las palabras del seductor “Seréis como dioses” resultaron una mentira colosal. El hombre cedió a las insinuaciones diabólicas, y el mal lo envolvió en su mortal telaraña. El vaso precioso que Dios modeló en los días del paraíso se quebró estrepitosamente por causa del pecado. Y los fragmentos volaron hechos trisas. Se hacía, pues, necesaria una restauración de raíz.

Allí, en el mismo escenario de la desdicha humana, como por un reducido portillo penetró una luz de esperanza. El Dios ofendido habló de una mujer privilegiada y singular, que surgiría entre las brumas del porvenir, para ofrecer a los hombres caídos, a través de la donación de su Hijo, un nuevo Kairos, una nueva oportunidad de salvación.  {Gn 3, 15}.

La palabra Salvación, que en sustancia significa liberar a una persona de una situación crítica y dramática, se realizaría a través de “la descendencia”. La mujer misteriosa, sólo presente ahora en la mente de Dios, aplastaría la cabeza de la serpiente homicida con una única y singular cooperación: ofrecer a Dios su vientre virginal para que en él se anidase el Verbo salvador. Juan, en su Evangelio, resumirá en la concisión de una frase este acontecimiento liberador: “y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros” {Jn 1,14}. Así, en el día oscuro de la caída, y a la manera de una profecía consoladora, resonó por primera vez en la Historia la buena nueva, “el Evangelio” de salvación.

3. Una larga espera.

La espera del Adviento se prolongó por siglos. Uno se pregunta: ¿Cuál fue la razón de esta longitud desmesurada? La caída del hombre fue un hecho lamentable y de fatales consecuencias. Conjeturamos que Dios prolongo la restauración prometida por una causa pedagógica: el hombre caído debería experimentar la magnitud de su falta en el largor de la espera, porque sólo se añora fuertemente el bien que se tarda a llegar.

La plegaria de Israel esta penetrada de una santa ansiedad, para que los días del advenimiento del “Deseado de las naciones” se abreviaran: “Ven, Señor, no tardes”, “que las nubes lluevan al justo, y la tierra germine la salvación”. Etc.

4. La espera de María.

María encarna, y aglutina en su persona la expectación mesiánica, que no era otra cosa que la galvanización de los pensamientos y actitudes religiosas del pueblo de Israel en relación a la venida del Mesías

Y cuando el Arcángel le pide a María su cooperación en la obra salvífica de la humanidad, misma que se realizará a través de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, María se admira, pero nunca al grado de la obnubilación, pues, “Ella se preguntaba qué significaba aquel saludo” {Lc 1, 29}. Si se preguntaba es que estaba razonando.

Una vez enterada de las intenciones divinas, María pronuncia un “Hágase” de grande trascendencia. Así lo expresa la fe de la Iglesia cuando cree y profesa que el Hijo de Dios “Se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Con estas solemnes palabras, que invitan a la adoración y a la gratitud, llega a su fin el primer Adviento, el Adviento de los antiguos padres y el Adviento de la humanidad.

5. El segundo Adviento.

De una mujer encinta se dice que “está esperando”. Ningún espera fue más intensa que ésta de María. Ensimismada en un gozo, que se volvió alabanza en la visita de Isabel, María anticipa proféticamente la espera del segundo Adviento que, aquí y ahora, pone en tensión a toda la Iglesia: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. De nuevo, porque ya vino. De nuevo por qué vendrá.

Pero, allí, también, aparte de estos dos Advientos, hay un Adviento intermedio, y es aquél de la inhabitación de la gracia en el alma del justo. Este Adviento intermedio lo expresa Jesús cuando dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada de él” {Jn 14,23}.

En relación a esto, San Bernardo observa: “Esta Venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”. {Sermón 5, en el Advenimiento del Señor}. Nos atreveríamos a afirmar: No sólo sería nuestro descanso y nuestro consuelo; sería también nuestro sostén para arribar indemnes y felices al último Adviento.

Pbro. Lic José Carlos Tarango M.
Lic. en Teología Dogmática

Espiritualidad del Adviento

El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

“Por tu primera venida, en la que creemos, y por la segunda, que esperamos”.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos
del Adviento

En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad.

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.

El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo terror por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

ESPIRITUALIDAD

PBRO. LIC. OMAR GRAJEDA VALLES
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Homilía de Navidad del Papa

Texto completo de la Homilía del Papa Francisco  pronunciada el 24 de diciembre de 2015

En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.
Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Historia de la Virgen de Guadalupe

Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: “Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.

De regresó a su pueblo Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el obispo, luego de oir a Juan Diego le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.

De regreso, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar pues allí le daría la señal. Al día siguiente Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del 12 de diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora prefirió tomar otro camino para evitarla. De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba.

El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde halló rosas de Castilla frescas y poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó al obispo.

Una vez ante Monseñor Zumarraga Juan Diego desplegó su manta, cayeron al suelo las rosas y en la tilma estaba pintada con lo que hoy se conoce como la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio.

Origen del nombre de Guadalupe

Monseñor Zumárraga tuvo otra comprobación de la presencia de la Virgen Santísima en el Tepeyac y ella fue la curación maravillosa del tío de Juan Diego, que fue quien reveló el nombre que habría que dar a la Virgen María, he aquí como aconteció todo esto:

Juan Diego no volvió a su casa sino hasta el día siguiente, pues el Señor Obispo lo detuvo un día más. Aquella mañana le dijo: “Ve a mostrarnos dónde es la voluntad de la Señora del Cielo que se le erija su Templo”.

Juan Diego condujo a las personas que el Señor Obispo dispuso que lo acompañaran al lugar en que se había aparecido la Virgen y en el que debería erigirse su Santuario y pidió permiso de irse, pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa, al llegar a la cual vieron que su tío estaba perfectamente sano; Juan Diego explicó a éste el motivo por el que él llegaba tan bien acompañado y le refirió las apariciones y que la Virgen le había dicho que él estaba curado.

Este al oír el relato de Juan Diego, manifestó que ciertamente la misma Señora lo había sanado, pues que él mismo la había visto del mismo modo en que se apareció a su sobrino y añadió que le habla dicho que dijera al Señor Obispo que era su voluntad se le llamara LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.

Pio X la proclamó como “Patrona de toda la América Latina”, Pio XI de todas las “Américas”, Pio XII la llamó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “la Madre de las Américas”.

La imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.

VIDA DIOSCESANA

Pbro. Lic. César
Alfonso Ortega Díaz

Rector de Catedral y San Martín

Espiritualidad del Adviento

El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

“Por tu primera venida, en la que creemos, y por la segunda, que esperamos”.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos
del Adviento

En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad.

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

ESPIRITUALIDAD

Pbro. Lic. Omar Grajeda Valles
Director Espiritual del Seminario

Empezamos un Nuevo Año Litúrgico

Monseñor Eduardo
Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral

No crean que me estoy confundiendo, pues no estoy hablando del año nuevo, para el que nos falta un mes para celebrarlo, sino que me refiero al año litúrgico, o sea que estoy hablando del nuevo ciclo que comienza en la liturgia, y que empieza normalmente con el mes de diciembre. Es con el tiempo del Adviento, que prepara a la Navidad y que va avanzando durante todo el año, doce meses, repasando, mejor aún, reviviendo para nosotros los misterios más importantes de la vida del Señor.

Tiene dos ejes fundamentales: la Navidad y la Pascua. Y en torno a estos dos importantísimos eventos se vertebran todos los demás: el año nuevo, las fiestas de los santos, la cuaresma que prepara la Pascua. Todo lo de semana santa, donde celebramos el misterio central de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo (eso es la pascua) y luego el tiempo pascual hasta pentecostés, que es la fiesta del Espíritu Santo.

¿Y por qué me adelanto tanto? ¿Por qué en esta editorial de diciembre ya estoy hablando de resurrección y pentecostés? Porque ese es el sentido del año litúrgico. O sea, no celebramos aspectos de nuestra fe de manera aislada, sino que todo está de tal forma concatenado u organizado que ya desde ahora debemos tener la mirada puesta en todo el año litúrgico. Celebrar la Navidad y su preparación que es el Adviento, en último término, tiene que prepararnos ya para celebrar a Jesucristo muerto y resucitado, con el gran fruto de su sacrificio: el don del Espíritu Santo. Es como las luces de un automóvil, que tiene luces cortas para ver lo inmediato, pero también luces largas, para ver a dónde queremos llegar.

Una vez situado todo el año litúrgico, me parece conveniente, ahora sí, que recordemos para que es el Adviento: para prepararnos a la venida del Salvador. Tal venida se da en tres niveles:

a) Recordando la primera vez que vino a nosotros hace dos mil años, haciéndose uno de nosotros, el Verbo de Dios se hizo carne.

b) También recordamos que vendrá, en el futuro, al final de la historia, revestido de poder y gloria, para juzgar a los seres humanos y darles su destino eterno, la salvación o la condenación de acuerdo a su comportamiento (…tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber… ¿cuándo Señor? Cuando así lo hiciste con los más pequeños).

c) Y tomando conciencia de que el Señor viene constantemente a nosotros en nuestro diario vivir, por la oración, por la vida de la gracia, en su palabra, en los sacramentos, en los hermanos…

Y todavía quisiera enunciar algunos eventos que hemos de tener en cuenta en este nuevo año litúrgico que estrenamos este diciembre y que se extiende en todo el 2015: Este año se dedica, por indicación del Papa, a la Vida Consagrada, o sea será un año de reflexión para valorar la entrega y consagración de miles de bautizados que, a través de los votos religiosos de pobreza castidad y obediencia han querido seguir e imitar más de cerca al Señor Jesús, el primer consagrado al Padre.