PRIMER SANTO Y MÁRTIR DE CHIHUAHUA

Pedro de Jesús fue hijo legítimo del señor Apolinar Maldonado y de la señora Micaela Lucero, y tuvo siete hermanos. Nació en un barrio de la ciudad de Chihuahua conocido como San Nicolás. Pedro Maldonado entró al seminario Diocesano a los 17 años de edad, donde tuvo un buen desempeño, sin ser el mejor de los estudiantes. En los años de 1913 a 1914 ante la persecución religiosa muchos seminaristas huyeron a El Paso Texas, pero Pedro permaneció en la capital de Chihuahua, aunque fue también ordenado en El Paso Texas, ya que el Obispo de Chihuahua se encontraba enfermo en el Distrito Federal.
Trabajó por los indígenas Tarahumaras y buscó reducir la cantidad de bebidas alcohólicas que se consumían. Vivió en el distrito de Jiménez y allí fue perseguido y en múltiples ocasiones, y golpeado por grupos masónicos aún dentro de la iglesia.
El Padre Maldonado era sensible a las necesidades de la gente. Solía ayudar a los pobres con dinero y ropa y él mismo crió y educó a un huérfano pobre. Le gustaba visitar los campos en tiempo de cosecha y los campesinos le pedían que les bendijera los campos invadidos por plagas de langosta. Son muchos los testimonios de que más de una vez expulsó las langostas de los campos con su oración. Tuvo un interés especial en la educación católica de los niños, los jóvenes y los adultos y les explicaba la historia de la salvación por medio de fotografías.
Entre 1926 y 1929 fue constantemente cazado según biógrafos “como a un animal”. Los tres periodos de la persecución religiosa vieron al Padre Maldonado huyendo constantemente de la policía y de los agentes de gobierno. El Viernes Santo de 1936, mientras regresaba a su escondite en el poblado llamado La Boquilla, en Santa Isabel, después de una visita para ayudar a una mujer moribunda en la vecindad de la estación del tren del mismo pueblo, fue emboscado junto con sus acompañantes. Al día siguiente se contaron doscientos cartuchos en el lugar de la emboscada.
Su Martirio
El Padre Pedro de Jesús Maldonado murió en la ciudad de Chihuahua el 11 de febrero de 1937, en el día del aniversario número 19 de su cantamisa.
Fue sacerdote de la diócesis de Chihuahua y hasta el momento de su muerte había estado ejerciendo su ministerio en la parroquia de Santa Isabel, que tiene su sede en el pueblo del mismo nombre, al que los revolucionarios pocos años antes habían cambiado por el de General Trías, con la intención de borrar de la geografía chihuahuense toda alusión al catolicismo.
La causa de su muerte fue una brutal y salvaje golpiza que le causó un severo daño cerebral y heridas en diversas partes del cuerpo. Esto sucedió en la presidencia municipal de Santa Isabel el 10 de febrero, Miércoles de Ceniza en aquel año, y terminó al día siguiente en Chihuahua.
Para el pueblo de Chihuahua, así como para sus hermanos sacerdotes y el obispo diocesano, don Antonio Guízar y Valencia, el Padre Maldonado fue un mártir.
Esta firme y constante creencia popular fue confirmada por la voz oficial de la Iglesia cuando el Papa Juan Pablo II lo declaró beato en 1992 lo canonizó en el año 2000.
El Padre Maldonado fue el único sacerdote sacrificado durante los largos y tortuosos años de persecución religiosa en Chihuahua y por esa misma razón su caso amerita atención especial, ya que es el único santo de esta etapa en todo el norte de México.
El Papa Juan Pablo II señaló oficialmente la fecha del 21 de mayo del Año del Gran Jubileo del 2000, para la canonización de este mártir junto con otros compañeros mexicanos que dieron testimonio son su sangre de su amor por Cristo y la Iglesia.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. CÉSAR ALFONSO ORTEGA DÍAZ
RECTOR DE CATEDRAL Y SAN MARTÍN

PBRO. DR. AGUSTÍN PELAYO BRAMBILA, PADRE PELAYO

El pasado 15 de enero, se cumplieron 25 años del retorno a la Casa del Padre, del Pbro. Agustín Pelayo Brambila, de gratísima memoria.
Este excepcional personaje nació el 30 de junio de 1908 en Santa Rosalía, Jalisco. En 1923 ingreso al Seminario Conciliar de Guadalajara, pero a causa de la persecución, su hermano Baudelio quien ya estaba estudiando en el Seminario de Chihuahua, con la anuencia del Sr. Obispo Don Antonio Guizar y Valencia, le indico a Agustín se trasladará a esa Ciudad Capital. En el año de 1928 debido al recrudecimiento de la persecución, el Obispo Guizar lo envió a continuar sus estudios a España. Agustín estuvo seis años en el Seminario de Toledo, donde obtuvo los grados de Bachiller en Humanidades, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología.
Ya de regreso a México, en 1935 fue ordenado Sacerdote y se le envió a Santa Rosalía de Camargo, pero a finales de 1936, fue reubicado a Ciudad Madera, donde reconstruye el Templo, que después sería Catedral.
En el año de 1941 le informan que acuda a la Ciudad de Parral al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde permaneció hasta 1960. Después es removido a Santa Rosalía de Camargo y luego en 1970 a la Ciudad de Chihuahua donde construye su más colosal obra, la parroquia de Ntra. Sra. De la Soledad. Así pues, ya enfermo e internado en un asilo para sacerdotes en Ciudad Juárez, en 1992 al toque del Ángelus, fue al encuentro del Señor Jesús.
Obras realizadas por el Padre Pelayo en Parral: Fundación del Instituto Parralense, de la Casa Hogar y el Asilo de San Vicente, del Colegio La Salle y la reconstrucción del Templo de San Juan de Dios. Construcción de la Capilla de Fátima, del Santo Niño, del Sagrado Corazón, de San Juan Bosco y del Santuario de Ntra. Sra. De Guadalupe, hoy Catedral.
Y como un gran guía, el más increíble acontecimiento, la Coronación Pontificia de Ntra. Señora de la Soledad.

VIDA DIOSCESANA
ÁNGEL RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
COLABORADOR DE CODISPACS

El Acto Penitencial

Dentro de los ritos iniciales de la misa, tras el saludo del sacerdote a la Asamblea, se realiza el acto penitencial. Este acto tiene el sentido de manifestar el sentimiento que tiene la Iglesia de ser comunidad de pecadores. Sirve para valorar la realidad del pecado, crecer en espíritu de penitencia, y considerar la misericordia de Dios. Y nosotros, los cristianos, antes que nada, «para celebrar dignamente estos sagrados misterios», debemos solicitar de Dios primero el perdón de nuestras culpas.

Los que frecuentamos la eucaristía hemos de ser los más convencidos de esa condición nuestra de pecadores, que en la misa precisamente confesamos: «por mi gran culpa». Y por eso justamente, porque nos sabemos pecadores, por eso frecuentamos la eucaristía, y comenzamos su celebración con la más humilde petición de perdón a Dios. Y para recibir ese perdón, pedimos también «a Santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotros, hermanos», que intercedan por nosotros.

Haciendo un poco de historia digamos que el acto penitencial, al inicio de la misa, es una novedad del Misal del Concilio Vaticano II. El acto penitencial se deriva de las devociones privadas del celebrante; al principio las decía el celebrante mientras iba de la sacristía al altar, más tarde empezó a recitarlas delante del altar mientras la asamblea ejecutaba el canto de entrada. Las misas dialogadas, introducidas a principios del siglo XX y después popularizadas, influyeron en que el acto penitencial fuera considerado cada vez más como acto comunitario. En realidad, en la antigüedad nunca existió al inicio de la misa y cuando nace, en la Edad Media, aparece como una devoción personal del celebrante. Este acto se hizo comunitario en el Misal de Pablo VI.

En las misas dominicales, especialmente en el tiempo pascual, el acto penitencial se puede sustituir por la aspersión de agua bendita, evocando el bautismo.

Hoy, el acto penitencial, forma parte del Ordinario de la Misa y a nadie le es lícito omitirlo por iniciativa propia. Asimismo, el acto penitencial es simplemente uno de los ritos introductorios y no una verdadera parte de la Misa.

¿Cómo se estructura? El acto penitencial, que consta de tres partes, tiene a su vez tres formularios. El sacerdote siempre lo introduce y lo concluye.

En la primera fórmula, se comienza con una invitación por parte del presidente a los fieles para que se examinen y reconozcan pecadores. El sacerdote dice: “Hermanos: para celebrar dignamente estos sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados”. Sigue un momento de silencio, que es importante y forma parte de este acto. A continuación viene la petición de perdón, que se expresa con la oración “Yo confieso ante Dios todopoderoso” con el gesto de un golpe de pecho al decir: Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. En el anterior rito eran tres golpes; ahora basta con uno.

El tercer momento es la absolución, que no tiene carácter sacramental, sino que expresa un deseo de perdón de Dios. El sacerdote implora: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”. No debemos olvidar que la más genuina tradición litúrgica es que nuestros pecados leves se perdonan escuchando de corazón la Palabra de Dios y participando en el banquete eucarístico, tal como la OGMR en su nº 51 nos indica, cuando dice que el rito del acto penitencial no tiene la eficacia propia del sacramento de la penitencia. Es decir, es la misa, en su conjunto celebrada y vivida, cuando son perdonados nuestros pecados menores. También, en otros momentos de la misa -el Gloria, el Padrenuestro, el No soy digno- se suplica y se obtiene, el perdón de Dios.

PASTORAL LITURGICA
PBRO. LUIS ENRIQUE ESTRADA DUARTE
ADJUNTO A CATEDRAL Y CEREMONIERO

Jesucristo sumo y eterno sacerdote

No sé si usted se ha preguntado por qué existen los sacerdotes?
El sumo y eterno Sacerdote es Jesucristo, que si bien en el antiguo testamento Dios aparta a los hijos de Aarón (Nm 3 1 ,10), así bien Jesús viene y consuma el sacerdocio y le da el máximo sentido él es el buen pastor (juan 10 1,6) reúne a sus ovejas a lo largo del camino el elige y va preparando a los 12 apóstoles los guía y los enseña, Jesucristo está siempre en relación con su Padre por eso él estaba en constante oración y desde su corazón los llama a seguirlo.

Jesús quiso una iglesia fundada sobre Pedro y es aquí donde tengo que aclarar que somos una iglesia obediente al mandato de Jesucristo porque fue hacia Pedro y los demás Apóstoles a quienes llamó para continuar con su sacerdocio. El sacerdote hasta hoy sigue con el mandato en esa obediencia y por eso ellos tienen el poder de consagrar el pan y el vino. Tienen la unción, con la que se les da este poder, tienen la gracia en el altar de la transustanciación, por la cual  se convierte el pan en el cuerpo de Cristo y es el pan bajado del cielo Jesús está vivo ahí, y  lo más extraordinario de la eucaristía que es comulgar y nutrirse de Jesús mismo!!!

Por eso la investidura y la unción para convertir el pan y el vino solo la tiene los sacerdotes, Jesucristo les da esta potestad a sus apóstoles no se las dio a todo el pueblo, sobre Pedro se fundó nuestra iglesia (Mt 16 ,18).

Porque cuando entendamos que el sacerdote esta sobre el altar en la consagración es el poder de Dios mismo que desciende a la tierra.

Por esa razón Jesús siempre nos invita a esa comunicación con nuestro Padre que es Dios, no hay que olvidarlo porque ahí es donde nuestra vocación se gesta y parte de la comunicación con él.

Si bien Jesús nace en una familia por eso es importante resaltar que la familia es parte fundamental para las vocaciones

Es la invitación  amar nuestra familia, orar por los sacerdotes y por las vocaciones.

VIDA DIOSCESANA
FLOR MUÑOZ PASILLAS

San Francisco de Sales

Nacido en 1567 en Thorens cerca de Annecy (hoy Francia), y perteneciente a una familia de nobles, Francisco de Sales era el hijo mayor de trece hermanos. Comenzó su educación en la escuela capuchina de Annecy, y a la edad de 15 años viajó a la ciudad de París para estudiar en la escuela Jesuita de Clermont.

Al terminar sus estudios en París, San Francisco de Sales fue a la Universidad de Padua, siguiendo la voluntad de su padre, para convertirse en abogado. Sin embargo, no solo estudió leyes, sino que también hizo el Doctorado en Teología, y gradualmente fue alimentando su deseo de convertirse en sacerdote. Solo cuando era ya un hecho cumplido, le participó a su padre esta decisión.

Así, en 1593 fue ordenado sacerdote y gracias a la influencia de su padre, le fue otorgado el cargo de Proboste (superior) de su Capítulo, era una práctica normal darle a los miembros de familias nobles altos cargos eclesiásticos.

Sus cualidades mentales y espirituales lo llevaron a una de las misiones más difíciles; a trabajar en la región de Chablais cerca del lago de Ginebra. El obispo lo envía de misionero a esta región recién regresada al Ducado de Saboya después de 60 años en manos de Calvinistas. Allí al principio es fuertemente rechazado.

Francisco de Sales se destacó por su vocación y compromiso incansable de comunicar la verdad de la fe a través sus escritos sencillos y a mano que los distribuía casa por casa.

Conocido también como el Santo de la Amabilidad, pues consideraba que “la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.

Cada madrugada pasa de casa en casa echando por debajo de la puerta de los hugonotes hojas escritas con las enseñanzas católicas. Y es tal su oración, su sacrificio y su constancia y sabiduría para enseñar, que a los pocos años logra convertir a los 72.000 protestantes de esa región al catolicismo.

San Francisco se ganó la reputación de ser sensible, cortés y un evangelizador exitoso. Como consecuencia de esto, fue nombrado Obispo Coadjutor de Ginebra y posteriormente, Obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1602.

La visión de su papel como Obispo estaba marcada por los decretos reformistas emanados del Concilio de Trento (1545-1563) así como por la influencia recibida durante su etapa de formación (la espiritualidad Jesuítica entre otras), la vocación a la Virgen María inculcada por su madre, y lo aprendido en su trato con los Calvinistas.

Primordialmente, San Francisco fijó su misión en guiar a las personas a una vida espiritual dentro de una relación íntima con Dios. Muchas de sus prédicas y escritos están guiados hacia este propósito, particularmente a trabajar en dirección a la espiritualidad.

Su trabajo en ese sentido, dio origen a la publicación del gran clásico “Introducción a la Vida Devota”. También publicó otro libro el cual lo hizo merecedor al título de “Doctor de la Iglesia”, llamado “Tratado del amor de Dios”. De la misma manera escribió más de mil cartas espirituales.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. CÉSAR ALFONSO ORTEGA DÍAZ
RECTOR DE CATEDRAL Y SAN MARTÍN

Pero la misericordia sigue

Hemos despedido el año 2016 y estrenado ya este 2017. Quiera Dios llenarnos de bendiciones en este año que comienza. Verdaderamente es Él quien puede desearnos (darnos) un feliz año nuevo.

El año que terminó se caracterizó en la Iglesia porque vivimos el “Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia” convocado por el Papa Francisco y vivido intensamente en todos los lugares donde se hace presente la Iglesia.

Al terminar ese año Santo de la Misericordia el Papa nos regaló una carta muy bella, llamada “Misericordia et Mísera”, en la que sustancialmente nos da una enseñanza, una consigna: El año santo de la misericordia terminó, pero ¡la misericordia sigue! Pues evidentemente en la Iglesia la misericordia, simplemente, no puede terminar. Es la forma como hemos de continuar viviendo.

El Papa no quiere que caigamos en el error de que la misericordia practicada intensamente este año que terminó fuera algo extraordinario, como un paréntesis en nuestra vida. El Papa quiere asegurarse de que entendamos que fue un intenso entrenamiento para seguir en la línea más nítida y expresiva del evangelio. Pues efectivamente toda la Palabra de Dios y especialmente los evangelios, no son otra cosa que la historia de Dios con nosotros expresada como misericordia.

Así la carta “Misericordia et Mísera” nos lo expresa. Se entienden las dos palabras. De una parte está la miseria, la nuestra, nuestro aporte más humano, y de otra está la misericordia, la de Dios, la de este tremendo amor incondicional que Dios nos tiene y que se hace más fuerte y más osado cuando nos ve pecadores. Que no nos ama más cuando nos arrepentimos, pues ya desde antes nos ama infinitamente, incondicionalmente, siempre.

Así como están las cosas en el mundo, donde parece que el mal vence, el egoísmo gana terreno y la violencia nos atemoriza, pareciera que no hay esperanza. Pero en realidad sí la hay, es Dios fuerte y amoroso que no nos abandona. Sólo que nos pide también que hagamos nuestra parte. y la consigna es demasiado clara: la misericordia.

Hay dos personajes en el evangelio que nos pueden ayudar muy bien a entender lo que tenemos que hacer:

Primero está LA SAMARITANA, es mujer que conoció el amor de Jesús como misericordia, pues la miró con amor, la respetó, la redimió y la hizo su apóstol (ella fue al pueblo a anunciar la presencia de Jesús en medio de ellos), sin duda que esta mujer conoció de forma personal el amor de Jesús como una experiencia única y definitiva en su vida.

Y luego está EL SAMARITANO, el de la parábola, que se comporta lleno de amor misericordioso con aquel pobre hombre que había sido dejado medio muerto en el camino por aquellos violentos ladrones. El samaritano, sin ser de su pueblo, ni de su raza, ni de su religión, lo trató con amor, o sea le dio todo para ponerlo a salvo y que se recuperara… ¡esto es misericordia!

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE PARRAL

Jornada Mundial de Oración por la paz

La Oficina de Prensa de la Santa Sede dio a conocer  el tema del mensaje del Papa Francisco para la 50° Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero de 2017: “La No-Violencia: un estilo de política para la paz”.

La nota de prensa recuerda que “la violencia y la paz están en el origen de dos maneras opuestas de construir la sociedad. La proliferación de brotes de violencia da origen a gravísimas y negativas consecuencias sociales. El Santo Padre refleja esta situación con la expresión de la ‘tercera guerra mundial por partes’”, que ha utilizado en distintas ocasiones para referirse a los diversos conflictos que ocurren en el mundo.

Al contrario, prosigue la nota, “la paz tiene consecuencias sociales positivas y permite realizar un verdadero progreso. Por lo tanto, debemos movernos en los espacios de lo que es posible, negociando vías de paz, incluso ahí donde las dichas vías parecen ambiguas e impracticables”.

De esta manera, “la no-violencia podrá adquirir un significado más amplio y nuevo: no solo como aspiración, deseo, rechazo moral de la violencia, de las barreras, de los impulsos destructivos, sino como enfoque político realístico, abierto a la esperanza”.

“Se trata de un método político fundado en la primacía de la ley. Si se salvaguardan los derechos de cada persona y la igual dignidad de cada uno sin discriminación ni distinción, la no-violencia, entendida como método político, puede constituir una vía realista y llena de esperanza para superar los conflictos armados. En esta perspectiva, es importante que siempre se reconozca la fuerza del derecho, en vez, del derecho de la fuerza”.

Con este mensaje, prosigue la nota, “el Papa Francisco desea indicar un ulterior paso, un camino de esperanza conforme a las presentes circunstancias históricas: para obtener la resolución de las controversias a través de la negociación, evitando que se degeneren en conflictos armados”.

Para concluir el texto señala que uno de las cosas que debe combatirse actualmente es el tráfico de armas, y con la no violencia se “puede hacer mucho para combatir este flagelo”.

La Jornada Mundial de la Paz fue instituida por el Papa Pablo VI y se celebra cada año el 1 de enero.

El mensaje del Papa es enviado a las cancillerías de todo el mundo y, además, señala la línea diplomática de la Santa Sede para el año que comienza.

 

MAGISTERIO DEL PAPA
PBRO. LIC MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

La gozosa espera del adviento

1. El Adviento, parte-aguas
de la Historia. 

El Adviento cristiano apunta a un acontecimiento por venir. El protagonista de este hecho es, más que nada, una persona: Jesucristo.

La vida cristiana es ininteligible sin el Adviento. Por el Adviento Dios irrumpe en la Historia humana. Se podría decir que el Adviento es el parte-aguas de la Historia del mundo. En adelante, para marcar las edades, se tendrá que decir: antes de Cristo y después de Cristo. En otras palabras, querámoslo o no, Jesús es y será siempre el centro de las edades.

2. Los inicios de la esperanza.

“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nació de mujer…,” {Gal,1,4}.

“Plenitud de los tiempos”, significa los tiempos maduros, los tiempos oportunos. Había llegado la hora de disipar la oscuridad en la que el pecado había hundido al mundo. En efecto, el hombre creado imagen de Dios, se apartó del ordenamiento divino: las palabras del seductor “Seréis como dioses” resultaron una mentira colosal. El hombre cedió a las insinuaciones diabólicas, y el mal lo envolvió en su mortal telaraña. El vaso precioso que Dios modeló en los días del paraíso se quebró estrepitosamente por causa del pecado. Y los fragmentos volaron hechos trisas. Se hacía, pues, necesaria una restauración de raíz.

Allí, en el mismo escenario de la desdicha humana, como por un reducido portillo penetró una luz de esperanza. El Dios ofendido habló de una mujer privilegiada y singular, que surgiría entre las brumas del porvenir, para ofrecer a los hombres caídos, a través de la donación de su Hijo, un nuevo Kairos, una nueva oportunidad de salvación.  {Gn 3, 15}.

La palabra Salvación, que en sustancia significa liberar a una persona de una situación crítica y dramática, se realizaría a través de “la descendencia”. La mujer misteriosa, sólo presente ahora en la mente de Dios, aplastaría la cabeza de la serpiente homicida con una única y singular cooperación: ofrecer a Dios su vientre virginal para que en él se anidase el Verbo salvador. Juan, en su Evangelio, resumirá en la concisión de una frase este acontecimiento liberador: “y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros” {Jn 1,14}. Así, en el día oscuro de la caída, y a la manera de una profecía consoladora, resonó por primera vez en la Historia la buena nueva, “el Evangelio” de salvación.

3. Una larga espera.

La espera del Adviento se prolongó por siglos. Uno se pregunta: ¿Cuál fue la razón de esta longitud desmesurada? La caída del hombre fue un hecho lamentable y de fatales consecuencias. Conjeturamos que Dios prolongo la restauración prometida por una causa pedagógica: el hombre caído debería experimentar la magnitud de su falta en el largor de la espera, porque sólo se añora fuertemente el bien que se tarda a llegar.

La plegaria de Israel esta penetrada de una santa ansiedad, para que los días del advenimiento del “Deseado de las naciones” se abreviaran: “Ven, Señor, no tardes”, “que las nubes lluevan al justo, y la tierra germine la salvación”. Etc.

4. La espera de María.

María encarna, y aglutina en su persona la expectación mesiánica, que no era otra cosa que la galvanización de los pensamientos y actitudes religiosas del pueblo de Israel en relación a la venida del Mesías

Y cuando el Arcángel le pide a María su cooperación en la obra salvífica de la humanidad, misma que se realizará a través de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, María se admira, pero nunca al grado de la obnubilación, pues, “Ella se preguntaba qué significaba aquel saludo” {Lc 1, 29}. Si se preguntaba es que estaba razonando.

Una vez enterada de las intenciones divinas, María pronuncia un “Hágase” de grande trascendencia. Así lo expresa la fe de la Iglesia cuando cree y profesa que el Hijo de Dios “Se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Con estas solemnes palabras, que invitan a la adoración y a la gratitud, llega a su fin el primer Adviento, el Adviento de los antiguos padres y el Adviento de la humanidad.

5. El segundo Adviento.

De una mujer encinta se dice que “está esperando”. Ningún espera fue más intensa que ésta de María. Ensimismada en un gozo, que se volvió alabanza en la visita de Isabel, María anticipa proféticamente la espera del segundo Adviento que, aquí y ahora, pone en tensión a toda la Iglesia: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. De nuevo, porque ya vino. De nuevo por qué vendrá.

Pero, allí, también, aparte de estos dos Advientos, hay un Adviento intermedio, y es aquél de la inhabitación de la gracia en el alma del justo. Este Adviento intermedio lo expresa Jesús cuando dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada de él” {Jn 14,23}.

En relación a esto, San Bernardo observa: “Esta Venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”. {Sermón 5, en el Advenimiento del Señor}. Nos atreveríamos a afirmar: No sólo sería nuestro descanso y nuestro consuelo; sería también nuestro sostén para arribar indemnes y felices al último Adviento.

Pbro. Lic José Carlos Tarango M.
Lic. en Teología Dogmática

Espiritualidad del Adviento

El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

“Por tu primera venida, en la que creemos, y por la segunda, que esperamos”.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos
del Adviento

En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad.

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.

El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo terror por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

ESPIRITUALIDAD

PBRO. LIC. OMAR GRAJEDA VALLES
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Homilía de Navidad del Papa

Texto completo de la Homilía del Papa Francisco  pronunciada el 24 de diciembre de 2015

En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.
Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).