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Según el Corazón de Cristo

El mes de junio es dedicado, en la práctica religiosa de la Iglesia, al Sagrado Corazón de Jesús. Una pregunta elemental sería: ¿Qué significa esta devoción? La respuesta inmediata y certera es: Tener fe en Jesucristo nuestro Dios y Señor, pero considerando el núcleo más profundo de esta fe que es creer en su amor. Hablar del Corazón de Cristo, por tanto, es hablar del amor de Jesús por nosotros y creer en este amor divino y humano expresado en este símbolo: El Corazón.
Efectivamente, en nuestro lenguaje común utilizamos frecuentemente este símbolo del corazón. Expresiones como “te lo digo de corazón” te lo doy de corazón”, tiene buen corazón”, etc. nos dicen que al decir esta palabra hablamos de lo más auténtico de la persona, lo más noble, lo más puro, lo más interior, mejor todavía, de la misma esencia humana en su belleza y hermosura, que es el amor humano.
Así, al referirlo al Señor Jesús, al llamarlo Corazón de Jesús, estamos diciendo que hablamos del mismísimo Jesús, pero manifestándonos su intimidad, su amor por nosotros, sobre todo su amor humano.
Yo creo que esto es lo más novedoso de esta manera de llamar a Jesús. A través de Santa Margarita nos vino a decir que él, siendo Dios, al hacerse hombre, adquirió también un corazón humano, y al resucitar, este corazón humano no ha dejado de palpitar de amor por nosotros. Y ahora nos ama con un corazón humano-resucitado, o sea que vive para siempre y vive eternamente amándonos.
El gran reclamo del Sagrado Corazón es que este amor que tanto ha dado al mundo, no se ha visto correspondido como se esperaría. Hay como una queja de falta de amor hacia el Amor que es Él. Es la denuncia ante la indiferencia de la humanidad que no hace eco a este Corazón que la ama, una humanidad que se atreve a menospreciar este amor, simplemente no tomándolo en cuenta, una humanidad que vive como si Dios no existiera.
Pienso que los que lean esta editorial son personas que tienen una sensibilidad religiosa, y que por tanto aceptan esta denuncia de la falta de amor a Jesús. y por tanto, espero que las personas que leen esta editorial se pregunten ¿qué tenemos que hacer? Y la respuesta es: corresponder a tan infinito amor. ¿Cómo?: SIENDO SEGÚN EL CORAZON DE CRISTO
Permítaseme compartir algo un tanto personal: Los obispos, cuando somos nombrados, se nos invita a elegir un lema. Una frase que indique cómo se pretende vivir esa nueva misión que Cristo, a través de la Iglesia, le ha confiado.
Pues bien, mi lema, como muchos saben, es: SEGÚN EL CORAZÓN DE CRISTO. O sea, pretendo ser un obispo según el corazón de Cristo. Un obispo que en su propio corazón albergue los sentimientos, los pensamientos, los anhelos, los movimientos interiores, los amores, las preocupaciones, los sufrimientos, todo lo del Corazón de Cristo.
Identificarse lo más plenamente con ese Corazón, como si pudiéramos hablar (espiritualmente) de un “trasplante” de corazón; que mi corazón palpite al ritmo, al unísono del Corazón de Cristo.
Entonces creo que la propuesta es clara, ¿qué tenemos que hacer?: Ser y actuar según el Corazón de Cristo. Como sacerdote, como ama de casa, como profesionista, como religiosa, como seminarista, lo que yo sea, serlo… según el corazón de Cristo.
En este mes de junio pidámosle al Sagrado Corazón esa “cirugía” tan anhelada, pero sobre todo tan necesaria: “Arranca de mi el corazón de piedra, y dame tu propio corazón” O sea, “dame el amar como tú amas”
Y la gran noticia es que nos da su Corazón, ¿cuándo?: en Pentecostés. Recibir al Espíritu Santo es recibir el amor de Jesús, es recibir su propio Corazón.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral

100 años de Fátima y 25 de la Dióscesis

Este mes de mayo es un mes muy especial. De por sí es el mes de la Virgen. Es por la primavera, es por la Pascua de Resurrección, es por las flores que reflejan muy bien, como un bello símbolo la hermosura espiritual y el perfume agradable que nuestra Madre bendita es para Dios y para nosotros. Se da en el contexto de la resurrección, la Pascua Florida que se llama, cuyo fruto más excelente es ella, María, la llena de gracia, la que fue preservada desde el primer instante de su existencia de toda mancha de pecado, en grado tal que fue concebida y nació inmaculada. Y el 13 de mayo, en toda la Iglesia celebramos a nuestra Madre bajo la muy querida advocación de FÁTIMA. Porque el 13 de mayo del año 1917 la Señora del Cielo apareció a esos tres niños pastorcitos Lucía, Jacinta y Francisco. Así que este 2017 estamos celebrando los cien años de las apariciones de la Virgen en Portugal, en Cova de Iría, en Fátima. Y por la celebración de los cien años y por sus méritos de santidad serán canonizados ese día los dos pastorcitos que murieron niños, los hermanitos Jacinta y Francisco. Será un enorme júbilo en toda la Iglesia por tan anhelado evento. Serán santos niños Jacinta y Francisco. (Lucía apenas murió hace algunos años, después de esos eventos se hizo religiosa y falleció en edad avanzada, ya está iniciado su proceso de beatificación).
Me gusta este pequeño diálogo de la Virgen con los niños:
¿De dónde es su merced?
-Mi patria es el cielo.
¿Y qué desea de nosotros?
-Vengo a pedirles que vengan el 13 de cada mes a esta hora (medio
día).
-¿Y nosotros también iremos al cielo?
-Lucía y Jacinta, si.
-¿Y Francisco?
Los ojos de la Virgen se vuelven hacia el niño y lo miran con
expresión de bondad y de maternal reproche mientras va diciendo:
-El también irá al cielo, pero antes tendrá que rezar muchos rosarios.
Lo refiero porque el gran mensaje de Fátima, lo que allí la Virgen
nos pidió fue oración por el mundo y por la propia conversión.
Y la forma muy concreta que ella pidió fue el rezo del
Santo Rosario. Es por eso NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO
DE FATIMA.
Que necesitamos ayuda divina es innegable, que una forma
sencilla al alcance de todos para pedirla es el santo rosario es fácil
de entender. Que lo hagamos… eso ya no parece tan común…
Por eso, en este mes de mayo, la gran exhortación para toda
la Diócesis es que recemos el Santo Rosario. Porque tenemos
una feliz coincidencia: este año, el 4 de noviembre, estaremos
cumpliendo como Diócesis 25 años de vida. Somos una Iglesia
joven, llena de retos y anhelos. Y celebrar bodas de plata este
año es algo que debemos hacer. Pero de una manera espiritual,
agradable a Dios. Y que nos haga bien, espiritualmente, a todos
nosotros.
Por eso la propuesta es: conmemorando los 100 años de la Virgen
de Fátima celebremos los 25 años de nuestra Diócesis con
una campaña de oración del Santo Rosario. Es medio año desde
este mes de mayo hasta el de noviembre. Y en estos meses
iremos haciendo una serie de propuestas sencillas y prácticas
de prepararnos a los 25 años diocesanos. Incrementaremos la
oración a Dios, el amor a la Virgen, y el amor a la Iglesia, que
para nosotros se realiza concretamente en la Iglesia Diocesana.
Ya iremos diciendo cómo. Por ahora el regocijo inmediato es:
Cien años de Fátima, dos niños santos, y la certeza de que nuestra
Madre Bendita, la Virgen de Fátima nos protege y nos cuida.
Mes de mayo, mes para honorar a la Santísima Virgen con oración
y flores.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Dióscesis de Parral

Explicación de la Semana Santa

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión. Se olvidan de lo esencial: esta semana la debemos dedicar a la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús para aprovechar todas las gracias que esto nos trae.

Para vivir la Semana Santa, debemos darle a Dios el primer lugar y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico. Esta semana comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.
Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Asistir al Sacramento de la Penitencia en estos días para morir al pecado y resucitar con Cristo el día de Pascua.

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y resucitó. Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, que es primicia de la nuestra.
La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra. Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.

Domingo de Ramos
Celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la misa. Este domingo es el único en todo el año litúrgico en el que escuchamos la lectura de los evangelios que relatan la Pasión de Jesucristo Nuestro Señor, por eso también se le conoce como el Domingo de la Pasión del Señor, que nos introduce en todo lo que recordaremos durante la Semana Santa.  El color de los ornamentos litúrgicos es el rojo que nos recuerda la sangre derrama por Cristo sobre la Cruz.

Lunes, martes y miércoles Santos
En estos tres días nos disponemos a conocer los detalles que nos narran los evangelios de los acontecimientos que acompañaron los últimos momentos de Jesús son sus discípulos antes de padecer y entregar su vida por nosotros en la cruz como ver los preparativos de la celebración de la pascua judía que celebró con sus discípulos y la traición de Judas Iscariote que se fue planeando con anticipación y cuidado.

Jueves Santo
Este día recordamos la Última Cena de Jesús con sus apóstoles en la que les lavó los pies dándonos un ejemplo de servicialidad. En la Última Cena, Jesús se quedó con nosotros en el pan y en el vino, nos dejó su cuerpo y su sangre. Es el jueves santo cuando instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. Al terminar la última cena, Jesús se fue a orar, al Huerto de los Olivos. Ahí pasó toda la noche y después de mucho tiempo de oración, llegaron a aprehenderlo.

Viernes Santo
Ese día recordamos la Pasión de Nuestro Señor: Su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilato; la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Lo conmemoramos con un Vía Crucis solemne y con la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

Sábado Santo
Se recuerda el día que pasó entre la muerte y la Resurrección de Jesús. Es un día de luto y tristeza pues no tenemos a Jesús entre nosotros. Las imágenes se cubren y los sagrarios están abiertos. Por la noche se lleva a cabo una vigilia pascual para celebrar la Resurrección de Jesús. Vigilia quiere decir “ la tarde y noche anteriores a una fiesta.”. En esta celebración se acostumbra bendecir el agua y encender las velas en señal de la Resurrección de Cristo, la gran fiesta de los católicos.

Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua
Es el día más importante y más alegre para todos nosotros, los católicos, ya que Jesús venció a la muerte y nos dio la vida. Esto quiere decir que Cristo nos da la oportunidad de salvarnos, de entrar al Cielo y vivir siempre felices en compañía de Dios. Pascua es el paso de la muerte a la vida.

¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?
El pueblo judío celebraba la fiesta de pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, el día de la primera luna llena de primavera. Esta fecha la fijaban en base al año lunar y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la Semana Santa cambia de día, pues se le hace coincidir con la luna llena.

En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Brindaban por la liberación de la esclavitud.

Jesús es el nuevo cordero pascual que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte.

ESPIRITUALIDAD
PBRO. LIC. OMAR GRAJEDA VALLES
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Seguir a Cristo crucificado

La brújula del cristiano es seguir a Cristo crucificado, no a un dios desencarnado, ideológico, sino a Dios hecho carne, que lleva en sí las llagas de nuestros hermanos. Son los conceptos que expresó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Al inicio de la Cuaresma resuena con fuerza la invitación a convertirse. Y la Liturgia del día – observó el Papa – pone esta exhortación ante tres realidades: el hombre, Dios y el camino. La realidad del hombre es la de elegir entre el bien y el mal: “Dios nos hizo libres –  dijo Francisco – y la elección es nuestra”. Pero Él – añadió – “no nos deja solos”, sino que nos indica el camino del bien con los Mandamientos. Después está la realidad de Dios: “Para los discípulos era difícil entender” el camino de la cruz de Jesús. Porque “Dios tomó toda la realidad humana, menos el pecado. No hay Dios sin Cristo. Un dios sin Cristo, ‘desencarnado’, no es un dios real”:

“La realidad de Dios es Dios hecho Cristo por nosotros. Para salvarnos. Y cuando nos alejamos de esto, de esta realidad, y nos alejamos de la Cruz de Cristo, de la verdad de las llagas del Señor, también nos alejamos del amor, de la caridad de Dios, de la salvación, y vamos por una senda ideológica de Dios, lejana: no es el Dios que vino a nosotros y se hizo cercano para salvarnos, y murió por nosotros. Ésta es la realidad de Dios”.

El Pontífice aludió al diálogo entre un agnóstico y un creyente, según el relato de un escritor francés del siglo pasado:

“El agnóstico de buena voluntad preguntaba al creyente: ‘Pero, ¿cómo puedo?… Para mí, el problema es ¿cómo Cristo es Dios? No puedo comprender esto. ¿Cómo Cristo es Dios?’. Y el creyente respondió: ‘Eh, para mí esto no es un problema. El problema habría sido si Dios no se hubiera hecho Cristo’. Ésta es la realidad de Dios: Dios hecho Cristo, Dios hecho carne y éste es el fundamento de las obras de misericordia. Las llagas de nuestros hermanos son las llagas de Cristo, son las llagas de Dios, porque Dios se ha hecho Cristo. La segunda realidad. No podemos vivir la Cuaresma sin esta realidad. Nosotros debemos convertirnos, no a un Dios abstracto, sino al Dios concreto que se ha hecho Cristo”.

En fin, está la tercera realidad, la del camino. Jesús dice: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”:

“La realidad del camino es la de Cristo: seguir a Cristo, hacer la voluntad del Padre, como Él, tomar las cruces de cada día y renegar de sí mismo para seguir a Cristo. No hacer lo que yo quiero, sino lo que quiere Jesús; seguir a Jesús. Y Él dice que por este camino perdemos la vida, para ganarla después; es un continuo perder la vida, ‘perder’ hacer lo que quiero, perder las comodidades, estar siempre en el camino de Jesús que estaba al servicio de los demás, en adoración a Dios. Éste es el camino correcto”.

“El único camino seguro – concluyó diciendo el Obispo de Roma – es seguir a Cristo crucificado, el escándalo de la Cruz”. Y estas tres realidades: el hombre, Dios y el camino, “son la brújula del cristiano” que permite que no nos equivoquemos de camino.

 

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

Esta Cuaresma tenemos una tarea por cumplir

A unas semanas de haber recibido la visita del Santo Padre el Papa Francisco, nos sentimos todos muy bendecidos por Dios. Fueron días llenos de bendiciones, propiciadas por la presencia de alguien tan importante, el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra. Fueron emociones muy grandes, momentos muy significativos, júbilo, alegría. También silencio y escucha. El Papa vino para traernos un mensaje de misericordia y esperanza.

Efectivamente, el Papa no evitó hablarnos con la verdad, desde el corazón de un padre que se ocupa de sus hijos y que quiere lo mejor para ellos. Y así fueron pasando uno a uno los 6 días de su presencia en tierras mexicanas: su entrañable visita a la Virgen de Guadalupe, donde oró a solas delante de la bendita imagen y le puso a sus pies no sólo el año de la misericordia, sino todo lo que traía en su corazón como Padre y Pastor de toda la grey católica. En Ecatepec con la multitud más grande que pudo participar en aquella misa, igual que la visita a los niños enfermos.

En Chiapas con el mundo indígena, tan marginado en México, una de las periferias existenciales a dónde el Papa nos ha invitado a volver el rostro y obrar en consecuencia con el evangelio. Pero también con las familias, siempre el evangelio de la familia, tan necesario hoy en nuestro México, donde el fundamento de la familia, que es el matrimonio, viene cuestionado en su misma naturaleza.

Luego en Morelia, con los consagrados, palabras de consuelo y desafío para la generosa entrega a la evangelización, trasmitiendo la alegría de pertenecer al Señor. Y con los jóvenes, a los que una vez más invitó a “hacer lío”, su expresión que alienta el vigor de la juventud para el bien de toda la sociedad.

Y para nosotros, aquí en Chihuahua, tantos bellos gestos de amor y bendición. Esa alegría de los internos, su emoción y sorpresa pues el Santo Padre Francisco los estaba visitando. Fuertes y comprometedoras las palabras ante el mundo del trabajo en el gimnasio. Y la misa multitudinaria, el desborde de alegría, no sólo de una Ciudad, ni sólo de nuestro Estado, sino de toda una Nación que estaba más que agradecida por tanto bien como nos hizo esta visita.

Fue hermoso, muy hermoso. Pero… ahora tenemos una tarea que cumplir. Y qué bien que la visita del Papa se dio en el contexto de la Cuaresma, un tiempo que de por sí en la Iglesia cada año se nos propone como su fuera un retiro espiritual, para prepararnos para la Pascua.

De verdad que esta Cuaresma tenemos mucho por reflexionar. La visita del Papa no puede dejarnos indiferentes, hace falta que saquemos las consecuencias que tal regalo supone. Este mes de marzo, que contiene gran parte de la Cuaresma y toda la Semana Santa, ya se ve, es muy propicio para reflexionar seriamente el mensaje que el Papa nos ha dejado.

 

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE PARRAL

LA PALABRA ES UN DON. EL OTRO ES UN DON

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.
La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).
Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).
El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.
La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).
El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.
Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).
También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.
El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.
La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).
De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC. MARTÍN EDUARDO MARTÍNES BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA SOBRE TODO LA FE Y RESPONSABLE DE CODIPACS

SAN JOSÉ Y LA AUTORIDAD COMO SERVICIO

En una época como la nuestras donde muchos desórdenes se originan confundiendo la autoridad con el poder, la figura de José nos ayuda necesariamente a purificar esa idea mostrando que la autoridad es sobre todo un servicio que Dios le confía.
En efecto, en San José se realiza un misterio de autoridad desde su interior, con una paternidad del todo divina. San Pablo refiere toda paternidad como originada en Dios Padre (Efesios 3,15) por lo que la paternidad de san José es un signo de la donación de Dios, de una manera sencilla y pobre, según su voluntad, pero al mismo significando absolutamente el ser padre de Jesús.
Los primeros patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob representan la primer Alianza, que es una alianza con los padres fundada de la autoridad de Dios. Luego con Moisés nos viene la Ley y posteriormente el pueblo de Israel pide un rey, como los demás pueblos. Pero en su designio original Dios solo quería que la autoridad fuera la del padre.
Es la historia de la salvación, con sus tres distintas formas de autoridades sucesivas: paternal, legal y real, donde podemos comprender el papel de San José dentro de la Iglesia. En la nueva Alianza Dios renueva todo radicalmente y lo hace desde una familia.
La sagrada Familia es una nueva manera de actuar de Dios a través de la acción del Espíritu Santo. Todo parte del corazón de María y de la autoridad paterna de José. Una autoridad absolutamente ligada al misterio de una fuente, de una fecundidad materna que proviene directamente de Dios.
La autoridad de José es más grande que la de los patriarcas, ya que su autoridad es sobre el Hijo de Dios. En efecto, la autoridad es más o menos grande según las personas sobre las que esta se ejerza.
La vida de María y José, así como todo el caminar de Jesús, son una manifestación de la verdadera autoridad vivida como servicio, como consagración a hacer enteramente la voluntad del Padre. Que sean nuestros modelos para servir a los demás y glorificar a Dios con nuestras vidas.

VIDA DIOSCESANA
HIPÓLITO ROACHO CENICEROS
SEMINARISTA DE TEOLOGÍA

¡San José, Padre de Familia!

Vivir en Parral, entre otras cosas, es respirar una devoción ancestral a San José. No sólo porque el nombre primero de nuestra ciudad lleva el título de San José, sino porque su parroquia madre está dedicada a él.
Me encantó cuando llegué a Parral, ver cómo la ciudad entera estaba al amparo de San José reflejado en esa bella y majestuosa imagen que desde la Mina “La Prieta” tiene San José, significando el cuidado que un buen padre tiene para con su familia.
Es verdad, San José es nuestro gran protector. En la Diócesis, por consecuencia lógica, así lo vivimos. Yo estoy muy feliz de que así sea. Pues personalmente tengo una enorme devoción a San José, al que le tengo mucha confianza y al que le encomiendo multitud de intenciones.
Permítanme compartirles que en la capilla del Santísimo que tengo en mi casa pronto puse una imagen de San José de unos 40 centímetros, que perteneció primero a mi abuela, luego a mi madre, y hoy la tengo yo. Una imagen sencilla, maltratada por el paso de muchísimos años; desde el punto artístico es irrelevante, pero desde la devoción significa mucho para mí. Esa imagen que veíamos mis hermanos y yo de niños cuando visitábamos a la abuela.
Sí, tener devoción a San José es una de las mejores decisiones que en la vida de fe y de piedad uno puede hacer.
Pero San José, igual que todos los santos, no sólo es para tenerle devoción y pedir su auxilio. También se nos propone como modelo de santidad. Eso son los santos, campeones de la fe a los que miramos con admiración y nos motivan para también nosotros seguir su ejemplo. Así San José. Es un gran Santo, enorme, colosal, magnífico… por su sencillez, por su humildad, por su responsabilidad y por todo lo que hizo por su hijo Jesús y por su esposa María.

Así San José es modelo muy acabado, altamente inspirador para los varones que tienen la dicha y la obligación de ser papás y esposos. En San José pueden encontrar las cualidades que son necesarias para desempeñar bien tan tremenda vocación de haber engendrado hijos y de haberse comprometido con una mujer para ir adelante en un proyecto común de vida que lo abarca todo.
En esta editorial quiero subrayar que San José fue un buen padre de familia. En Nazaret encontramos al hombre que educó a Jesús, le enseñó a trabajar y virtudes como la responsabilidad, la lealtad, el compromiso con el bien y con la verdad, con lo noble y lo justo. El papá que enseñó a su niñito y después adolescente Jesús a enfrentar la vida, a responder a la comunidad y a la sociedad con compromiso y seriedad. A ser un hombre de bien, pero sobre todo a descubrir que Dios es padre.
Esta es tarea que no se puede delegar a nadie, ni siquiera a la mamá (ella da otras cosas a sus hijos) la tarea de dar a conocer que Dios es poderoso y que Dios es padre. La primera imagen de protección y paternidad que tenemos nos la da nuestro papá, y si es buena, mucho ayuda para descubrir con facilidad qué significa que Dios es Padre.
El Papa Juan Pablo dijo: “Es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en la familia son de una importancia única e insustituible. La ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales. El padre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia, colaborando en la educación de los hijos, procurando que su trabajo no disgregue la familia y dando testimonio de vida cristiana”(FC 25).
Así es, el primero que debe dar la fe a los hijos ha de ser el papá. Cuánto ayuda al ser humano en su fe el que haya sido su propio padre quien le dijera de palabra y obra: “Dios existe, te ama y eres su hijo querido”, como hizo San José con el niño Jesús.

 

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓSCESIS DE PARRAL