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Seguir a Cristo crucificado

La brújula del cristiano es seguir a Cristo crucificado, no a un dios desencarnado, ideológico, sino a Dios hecho carne, que lleva en sí las llagas de nuestros hermanos. Son los conceptos que expresó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Al inicio de la Cuaresma resuena con fuerza la invitación a convertirse. Y la Liturgia del día – observó el Papa – pone esta exhortación ante tres realidades: el hombre, Dios y el camino. La realidad del hombre es la de elegir entre el bien y el mal: “Dios nos hizo libres –  dijo Francisco – y la elección es nuestra”. Pero Él – añadió – “no nos deja solos”, sino que nos indica el camino del bien con los Mandamientos. Después está la realidad de Dios: “Para los discípulos era difícil entender” el camino de la cruz de Jesús. Porque “Dios tomó toda la realidad humana, menos el pecado. No hay Dios sin Cristo. Un dios sin Cristo, ‘desencarnado’, no es un dios real”:

“La realidad de Dios es Dios hecho Cristo por nosotros. Para salvarnos. Y cuando nos alejamos de esto, de esta realidad, y nos alejamos de la Cruz de Cristo, de la verdad de las llagas del Señor, también nos alejamos del amor, de la caridad de Dios, de la salvación, y vamos por una senda ideológica de Dios, lejana: no es el Dios que vino a nosotros y se hizo cercano para salvarnos, y murió por nosotros. Ésta es la realidad de Dios”.

El Pontífice aludió al diálogo entre un agnóstico y un creyente, según el relato de un escritor francés del siglo pasado:

“El agnóstico de buena voluntad preguntaba al creyente: ‘Pero, ¿cómo puedo?… Para mí, el problema es ¿cómo Cristo es Dios? No puedo comprender esto. ¿Cómo Cristo es Dios?’. Y el creyente respondió: ‘Eh, para mí esto no es un problema. El problema habría sido si Dios no se hubiera hecho Cristo’. Ésta es la realidad de Dios: Dios hecho Cristo, Dios hecho carne y éste es el fundamento de las obras de misericordia. Las llagas de nuestros hermanos son las llagas de Cristo, son las llagas de Dios, porque Dios se ha hecho Cristo. La segunda realidad. No podemos vivir la Cuaresma sin esta realidad. Nosotros debemos convertirnos, no a un Dios abstracto, sino al Dios concreto que se ha hecho Cristo”.

En fin, está la tercera realidad, la del camino. Jesús dice: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”:

“La realidad del camino es la de Cristo: seguir a Cristo, hacer la voluntad del Padre, como Él, tomar las cruces de cada día y renegar de sí mismo para seguir a Cristo. No hacer lo que yo quiero, sino lo que quiere Jesús; seguir a Jesús. Y Él dice que por este camino perdemos la vida, para ganarla después; es un continuo perder la vida, ‘perder’ hacer lo que quiero, perder las comodidades, estar siempre en el camino de Jesús que estaba al servicio de los demás, en adoración a Dios. Éste es el camino correcto”.

“El único camino seguro – concluyó diciendo el Obispo de Roma – es seguir a Cristo crucificado, el escándalo de la Cruz”. Y estas tres realidades: el hombre, Dios y el camino, “son la brújula del cristiano” que permite que no nos equivoquemos de camino.

 

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

Esta Cuaresma tenemos una tarea por cumplir

A unas semanas de haber recibido la visita del Santo Padre el Papa Francisco, nos sentimos todos muy bendecidos por Dios. Fueron días llenos de bendiciones, propiciadas por la presencia de alguien tan importante, el Papa, el Vicario de Cristo en la tierra. Fueron emociones muy grandes, momentos muy significativos, júbilo, alegría. También silencio y escucha. El Papa vino para traernos un mensaje de misericordia y esperanza.

Efectivamente, el Papa no evitó hablarnos con la verdad, desde el corazón de un padre que se ocupa de sus hijos y que quiere lo mejor para ellos. Y así fueron pasando uno a uno los 6 días de su presencia en tierras mexicanas: su entrañable visita a la Virgen de Guadalupe, donde oró a solas delante de la bendita imagen y le puso a sus pies no sólo el año de la misericordia, sino todo lo que traía en su corazón como Padre y Pastor de toda la grey católica. En Ecatepec con la multitud más grande que pudo participar en aquella misa, igual que la visita a los niños enfermos.

En Chiapas con el mundo indígena, tan marginado en México, una de las periferias existenciales a dónde el Papa nos ha invitado a volver el rostro y obrar en consecuencia con el evangelio. Pero también con las familias, siempre el evangelio de la familia, tan necesario hoy en nuestro México, donde el fundamento de la familia, que es el matrimonio, viene cuestionado en su misma naturaleza.

Luego en Morelia, con los consagrados, palabras de consuelo y desafío para la generosa entrega a la evangelización, trasmitiendo la alegría de pertenecer al Señor. Y con los jóvenes, a los que una vez más invitó a “hacer lío”, su expresión que alienta el vigor de la juventud para el bien de toda la sociedad.

Y para nosotros, aquí en Chihuahua, tantos bellos gestos de amor y bendición. Esa alegría de los internos, su emoción y sorpresa pues el Santo Padre Francisco los estaba visitando. Fuertes y comprometedoras las palabras ante el mundo del trabajo en el gimnasio. Y la misa multitudinaria, el desborde de alegría, no sólo de una Ciudad, ni sólo de nuestro Estado, sino de toda una Nación que estaba más que agradecida por tanto bien como nos hizo esta visita.

Fue hermoso, muy hermoso. Pero… ahora tenemos una tarea que cumplir. Y qué bien que la visita del Papa se dio en el contexto de la Cuaresma, un tiempo que de por sí en la Iglesia cada año se nos propone como su fuera un retiro espiritual, para prepararnos para la Pascua.

De verdad que esta Cuaresma tenemos mucho por reflexionar. La visita del Papa no puede dejarnos indiferentes, hace falta que saquemos las consecuencias que tal regalo supone. Este mes de marzo, que contiene gran parte de la Cuaresma y toda la Semana Santa, ya se ve, es muy propicio para reflexionar seriamente el mensaje que el Papa nos ha dejado.

 

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE PARRAL

LA PALABRA ES UN DON. EL OTRO ES UN DON

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.
La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).
Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).
El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.
La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).
El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.
Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).
También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.
El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.
La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).
De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC. MARTÍN EDUARDO MARTÍNES BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA SOBRE TODO LA FE Y RESPONSABLE DE CODIPACS

SAN JOSÉ Y LA AUTORIDAD COMO SERVICIO

En una época como la nuestras donde muchos desórdenes se originan confundiendo la autoridad con el poder, la figura de José nos ayuda necesariamente a purificar esa idea mostrando que la autoridad es sobre todo un servicio que Dios le confía.
En efecto, en San José se realiza un misterio de autoridad desde su interior, con una paternidad del todo divina. San Pablo refiere toda paternidad como originada en Dios Padre (Efesios 3,15) por lo que la paternidad de san José es un signo de la donación de Dios, de una manera sencilla y pobre, según su voluntad, pero al mismo significando absolutamente el ser padre de Jesús.
Los primeros patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob representan la primer Alianza, que es una alianza con los padres fundada de la autoridad de Dios. Luego con Moisés nos viene la Ley y posteriormente el pueblo de Israel pide un rey, como los demás pueblos. Pero en su designio original Dios solo quería que la autoridad fuera la del padre.
Es la historia de la salvación, con sus tres distintas formas de autoridades sucesivas: paternal, legal y real, donde podemos comprender el papel de San José dentro de la Iglesia. En la nueva Alianza Dios renueva todo radicalmente y lo hace desde una familia.
La sagrada Familia es una nueva manera de actuar de Dios a través de la acción del Espíritu Santo. Todo parte del corazón de María y de la autoridad paterna de José. Una autoridad absolutamente ligada al misterio de una fuente, de una fecundidad materna que proviene directamente de Dios.
La autoridad de José es más grande que la de los patriarcas, ya que su autoridad es sobre el Hijo de Dios. En efecto, la autoridad es más o menos grande según las personas sobre las que esta se ejerza.
La vida de María y José, así como todo el caminar de Jesús, son una manifestación de la verdadera autoridad vivida como servicio, como consagración a hacer enteramente la voluntad del Padre. Que sean nuestros modelos para servir a los demás y glorificar a Dios con nuestras vidas.

VIDA DIOSCESANA
HIPÓLITO ROACHO CENICEROS
SEMINARISTA DE TEOLOGÍA

¡San José, Padre de Familia!

Vivir en Parral, entre otras cosas, es respirar una devoción ancestral a San José. No sólo porque el nombre primero de nuestra ciudad lleva el título de San José, sino porque su parroquia madre está dedicada a él.
Me encantó cuando llegué a Parral, ver cómo la ciudad entera estaba al amparo de San José reflejado en esa bella y majestuosa imagen que desde la Mina “La Prieta” tiene San José, significando el cuidado que un buen padre tiene para con su familia.
Es verdad, San José es nuestro gran protector. En la Diócesis, por consecuencia lógica, así lo vivimos. Yo estoy muy feliz de que así sea. Pues personalmente tengo una enorme devoción a San José, al que le tengo mucha confianza y al que le encomiendo multitud de intenciones.
Permítanme compartirles que en la capilla del Santísimo que tengo en mi casa pronto puse una imagen de San José de unos 40 centímetros, que perteneció primero a mi abuela, luego a mi madre, y hoy la tengo yo. Una imagen sencilla, maltratada por el paso de muchísimos años; desde el punto artístico es irrelevante, pero desde la devoción significa mucho para mí. Esa imagen que veíamos mis hermanos y yo de niños cuando visitábamos a la abuela.
Sí, tener devoción a San José es una de las mejores decisiones que en la vida de fe y de piedad uno puede hacer.
Pero San José, igual que todos los santos, no sólo es para tenerle devoción y pedir su auxilio. También se nos propone como modelo de santidad. Eso son los santos, campeones de la fe a los que miramos con admiración y nos motivan para también nosotros seguir su ejemplo. Así San José. Es un gran Santo, enorme, colosal, magnífico… por su sencillez, por su humildad, por su responsabilidad y por todo lo que hizo por su hijo Jesús y por su esposa María.

Así San José es modelo muy acabado, altamente inspirador para los varones que tienen la dicha y la obligación de ser papás y esposos. En San José pueden encontrar las cualidades que son necesarias para desempeñar bien tan tremenda vocación de haber engendrado hijos y de haberse comprometido con una mujer para ir adelante en un proyecto común de vida que lo abarca todo.
En esta editorial quiero subrayar que San José fue un buen padre de familia. En Nazaret encontramos al hombre que educó a Jesús, le enseñó a trabajar y virtudes como la responsabilidad, la lealtad, el compromiso con el bien y con la verdad, con lo noble y lo justo. El papá que enseñó a su niñito y después adolescente Jesús a enfrentar la vida, a responder a la comunidad y a la sociedad con compromiso y seriedad. A ser un hombre de bien, pero sobre todo a descubrir que Dios es padre.
Esta es tarea que no se puede delegar a nadie, ni siquiera a la mamá (ella da otras cosas a sus hijos) la tarea de dar a conocer que Dios es poderoso y que Dios es padre. La primera imagen de protección y paternidad que tenemos nos la da nuestro papá, y si es buena, mucho ayuda para descubrir con facilidad qué significa que Dios es Padre.
El Papa Juan Pablo dijo: “Es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en la familia son de una importancia única e insustituible. La ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales. El padre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia, colaborando en la educación de los hijos, procurando que su trabajo no disgregue la familia y dando testimonio de vida cristiana”(FC 25).
Así es, el primero que debe dar la fe a los hijos ha de ser el papá. Cuánto ayuda al ser humano en su fe el que haya sido su propio padre quien le dijera de palabra y obra: “Dios existe, te ama y eres su hijo querido”, como hizo San José con el niño Jesús.

 

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓSCESIS DE PARRAL

«El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…» (Lc 1,49)

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero se celebrará en toda la Iglesia y, especialmente, en Lourdes, la XXV Jornada Mundial del Enfermo, con el tema: El asombro ante las obras que Dios realiza: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…» (Lc 1,49). Esta Jornada, instituida por mi predecesor san Juan Pablo II, en 1992, y celebrada por primera vez precisamente en Lourdes el 11 de febrero de 1993, constituye una ocasión para prestar especial atención a la situación de los enfermos y de todos los que sufren en general; y, al mismo tiempo, es una llamada dirigida a los que se entregan en su favor, comenzando por sus familiares, los agentes sanitarios y voluntarios, para que den gracias por la vocación que el Señor les ha dado de acompañar a los hermanos enfermos. Además, esta celebración renueva en la Iglesia la fuerza espiritual para realizar de la mejor manera posible esa parte esencial de su misión que incluye el servicio a los últimos, a los enfermos, a los que sufren, a los excluidos y marginados (cf. Juan Pablo II, Motu proprio Dolentium hominum, 11 febrero 1985, 1). Los encuentros de oración, las liturgias eucarísticas y la unción de los enfermos, la convivencia con los enfermos y las reflexiones sobre temas de bioética y teológico-pastorales que se celebrarán en aquellos días en Lourdes, darán una aportación nueva e importante a ese servicio.
Situándome ya desde ahora espiritualmente junto a la Gruta de Massabielle, ante la imagen de la Virgen Inmaculada, en la que el Poderoso ha hecho obras grandes para la redención de la humanidad, deseo expresar mi cercanía a todos vosotros, hermanos y hermanas, que vivís la experiencia del sufrimiento, y a vuestras familias; así como mi agradecimiento a todos los que, según sus distintas ocupaciones y en todos los centros de salud repartidos por todo el mundo, trabajan con competencia, responsabilidad y dedicación para vuestro alivio, vuestra salud y vuestro bienestar diario. Me gustaría animar a todos los enfermos, a las personas que sufren, a los médicos, enfermeras, familiares y a los voluntarios a que vean en María, Salud de los enfermos, a aquella que es para todos los seres humanos garante de la ternura del amor de Dios y modelo de abandono a su voluntad; y a que siempre encuentren en la fe, alimentada por la Palabra y los Sacramentos, la fuerza para amar a Dios y a los hermanos en la experiencia también de la enfermedad.
Como santa Bernadette estamos bajo la mirada de María. La humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba «la hermosa Señora», la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano, y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así.
Bernadette, después de haber estado en la Gruta y gracias a la oración, transforma su fragilidad en apoyo para los demás, gracias al amor se hace capaz de enriquecer a su prójimo y, sobre todo, de ofrecer su vida por la salvación de la humanidad. El hecho de que la hermosa Señora le pida que rece por los pecadores, nos recuerda que los enfermos, los que sufren, no sólo llevan consigo el deseo de curarse, sino también el de vivir la propia vida de modo cristiano, llegando a darla como verdaderos discípulos misioneros de Cristo. A Bernadette, María le dio la vocación de servir a los enfermos y la llamó para que se hiciera Hermana de la Caridad, una misión que ella cumplió de una manera tan alta que se convirtió en un modelo para todos los agentes sanitarios. Pidamos pues a la Inmaculada Concepción la gracia de saber siempre ver al enfermo como a una persona que, ciertamente, necesita ayuda, a veces incluso para las cosas más básicas, pero que también lleva consigo un don que compartir con los demás.
La mirada de María, Consoladora de los afligidos, ilumina el rostro de la Iglesia en su compromiso diario en favor de los necesitados y los que sufren. Los frutos maravillosos de esta solicitud de la Iglesia hacia el mundo del sufrimiento y la enfermedad son motivo de agradecimiento al Señor Jesús, que se hizo solidario con nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre y hasta la muerte en la cruz, para que la humanidad fuera redimida. La solidaridad de Cristo, Hijo de Dios nacido de María, es la expresión de la omnipotencia misericordiosa de Dios que se manifiesta en nuestras vidas ―especialmente cuando es frágil, herida, humillada, marginada, sufriente―, infundiendo en ella la fuerza de la esperanza que nos ayuda a levantarnos y nos sostiene.
Tanta riqueza de humanidad y de fe no debe perderse, sino que nos ha de ayudar a hacer frente a nuestras debilidades humanas y, al mismo tiempo, a los retos actuales en el ámbito sanitario y tecnológico. En la Jornada Mundial del Enfermo podemos encontrar una nueva motivación para colaborar en la difusión de una cultura respetuosa de la vida, la salud y el medio ambiente; un nuevo impulso para luchar en favor del respeto de la integridad y dignidad de las personas, incluso a través de un enfoque correcto de las cuestiones de bioética, la protección de los más débiles y el cuidado del medio ambiente.
Con motivo de la XXV Jornada Mundial del Enfermo, renuevo, con mi oración y mi aliento, mi cercanía a los médicos, a los enfermeros, a los voluntarios y a todos los consagrados y consagradas que se dedican a servir a los enfermos y necesitados; a las instituciones eclesiales y civiles que trabajan en este ámbito; y a las familias que cuidan con amor a sus familiares enfermos. Deseo que todos sean siempre signos gozosos de la presencia y el amor de Dios, imitando el testimonio resplandeciente de tantos amigos y amigas de Dios, entre los que menciono a san Juan de Dios y a san Camilo de Lelis, patronos de los hospitales y de los agentes sanitarios, y a la santa Madre Teresa de Calcuta, misionera de la ternura de Dios.
Hermanos y hermanas, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, elevemos juntos nuestra oración a María, para que su materna intercesión sostenga y acompañe nuestra fe y nos obtenga de Cristo su Hijo la esperanza en el camino de la curación y de la salud, el sentido de la fraternidad y de la responsabilidad, el compromiso con el desarrollo humano integral y la alegría de la gratitud cada vez que nos sorprenda con su fidelidad y su misericordia.
María, Madre nuestra,
que en Cristo nos acoges como hijos,
fortalece en nuestros corazones la espera confiada,
auxílianos en nuestras enfermedades y sufrimientos,
guíanos hasta Cristo, hijo tuyo y hermano nuestro,
y ayúdanos a encomendarnos al Padre que realiza obras grandes.
Os aseguro mi constante recuerdo en la oración y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

 

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC. MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA SOBRE TODO LA FE Y RESPONSABLE DE CODIPACS

PBRO. DR. AGUSTÍN PELAYO BRAMBILA, PADRE PELAYO

El pasado 15 de enero, se cumplieron 25 años del retorno a la Casa del Padre, del Pbro. Agustín Pelayo Brambila, de gratísima memoria.
Este excepcional personaje nació el 30 de junio de 1908 en Santa Rosalía, Jalisco. En 1923 ingreso al Seminario Conciliar de Guadalajara, pero a causa de la persecución, su hermano Baudelio quien ya estaba estudiando en el Seminario de Chihuahua, con la anuencia del Sr. Obispo Don Antonio Guizar y Valencia, le indico a Agustín se trasladará a esa Ciudad Capital. En el año de 1928 debido al recrudecimiento de la persecución, el Obispo Guizar lo envió a continuar sus estudios a España. Agustín estuvo seis años en el Seminario de Toledo, donde obtuvo los grados de Bachiller en Humanidades, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología.
Ya de regreso a México, en 1935 fue ordenado Sacerdote y se le envió a Santa Rosalía de Camargo, pero a finales de 1936, fue reubicado a Ciudad Madera, donde reconstruye el Templo, que después sería Catedral.
En el año de 1941 le informan que acuda a la Ciudad de Parral al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde permaneció hasta 1960. Después es removido a Santa Rosalía de Camargo y luego en 1970 a la Ciudad de Chihuahua donde construye su más colosal obra, la parroquia de Ntra. Sra. De la Soledad. Así pues, ya enfermo e internado en un asilo para sacerdotes en Ciudad Juárez, en 1992 al toque del Ángelus, fue al encuentro del Señor Jesús.
Obras realizadas por el Padre Pelayo en Parral: Fundación del Instituto Parralense, de la Casa Hogar y el Asilo de San Vicente, del Colegio La Salle y la reconstrucción del Templo de San Juan de Dios. Construcción de la Capilla de Fátima, del Santo Niño, del Sagrado Corazón, de San Juan Bosco y del Santuario de Ntra. Sra. De Guadalupe, hoy Catedral.
Y como un gran guía, el más increíble acontecimiento, la Coronación Pontificia de Ntra. Señora de la Soledad.

VIDA DIOSCESANA
ÁNGEL RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
COLABORADOR DE CODISPACS

Jesucristo sumo y eterno sacerdote

No sé si usted se ha preguntado por qué existen los sacerdotes?
El sumo y eterno Sacerdote es Jesucristo, que si bien en el antiguo testamento Dios aparta a los hijos de Aarón (Nm 3 1 ,10), así bien Jesús viene y consuma el sacerdocio y le da el máximo sentido él es el buen pastor (juan 10 1,6) reúne a sus ovejas a lo largo del camino el elige y va preparando a los 12 apóstoles los guía y los enseña, Jesucristo está siempre en relación con su Padre por eso él estaba en constante oración y desde su corazón los llama a seguirlo.

Jesús quiso una iglesia fundada sobre Pedro y es aquí donde tengo que aclarar que somos una iglesia obediente al mandato de Jesucristo porque fue hacia Pedro y los demás Apóstoles a quienes llamó para continuar con su sacerdocio. El sacerdote hasta hoy sigue con el mandato en esa obediencia y por eso ellos tienen el poder de consagrar el pan y el vino. Tienen la unción, con la que se les da este poder, tienen la gracia en el altar de la transustanciación, por la cual  se convierte el pan en el cuerpo de Cristo y es el pan bajado del cielo Jesús está vivo ahí, y  lo más extraordinario de la eucaristía que es comulgar y nutrirse de Jesús mismo!!!

Por eso la investidura y la unción para convertir el pan y el vino solo la tiene los sacerdotes, Jesucristo les da esta potestad a sus apóstoles no se las dio a todo el pueblo, sobre Pedro se fundó nuestra iglesia (Mt 16 ,18).

Porque cuando entendamos que el sacerdote esta sobre el altar en la consagración es el poder de Dios mismo que desciende a la tierra.

Por esa razón Jesús siempre nos invita a esa comunicación con nuestro Padre que es Dios, no hay que olvidarlo porque ahí es donde nuestra vocación se gesta y parte de la comunicación con él.

Si bien Jesús nace en una familia por eso es importante resaltar que la familia es parte fundamental para las vocaciones

Es la invitación  amar nuestra familia, orar por los sacerdotes y por las vocaciones.

VIDA DIOSCESANA
FLOR MUÑOZ PASILLAS

San Francisco de Sales

Nacido en 1567 en Thorens cerca de Annecy (hoy Francia), y perteneciente a una familia de nobles, Francisco de Sales era el hijo mayor de trece hermanos. Comenzó su educación en la escuela capuchina de Annecy, y a la edad de 15 años viajó a la ciudad de París para estudiar en la escuela Jesuita de Clermont.

Al terminar sus estudios en París, San Francisco de Sales fue a la Universidad de Padua, siguiendo la voluntad de su padre, para convertirse en abogado. Sin embargo, no solo estudió leyes, sino que también hizo el Doctorado en Teología, y gradualmente fue alimentando su deseo de convertirse en sacerdote. Solo cuando era ya un hecho cumplido, le participó a su padre esta decisión.

Así, en 1593 fue ordenado sacerdote y gracias a la influencia de su padre, le fue otorgado el cargo de Proboste (superior) de su Capítulo, era una práctica normal darle a los miembros de familias nobles altos cargos eclesiásticos.

Sus cualidades mentales y espirituales lo llevaron a una de las misiones más difíciles; a trabajar en la región de Chablais cerca del lago de Ginebra. El obispo lo envía de misionero a esta región recién regresada al Ducado de Saboya después de 60 años en manos de Calvinistas. Allí al principio es fuertemente rechazado.

Francisco de Sales se destacó por su vocación y compromiso incansable de comunicar la verdad de la fe a través sus escritos sencillos y a mano que los distribuía casa por casa.

Conocido también como el Santo de la Amabilidad, pues consideraba que “la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.

Cada madrugada pasa de casa en casa echando por debajo de la puerta de los hugonotes hojas escritas con las enseñanzas católicas. Y es tal su oración, su sacrificio y su constancia y sabiduría para enseñar, que a los pocos años logra convertir a los 72.000 protestantes de esa región al catolicismo.

San Francisco se ganó la reputación de ser sensible, cortés y un evangelizador exitoso. Como consecuencia de esto, fue nombrado Obispo Coadjutor de Ginebra y posteriormente, Obispo de Ginebra el 8 de Diciembre de 1602.

La visión de su papel como Obispo estaba marcada por los decretos reformistas emanados del Concilio de Trento (1545-1563) así como por la influencia recibida durante su etapa de formación (la espiritualidad Jesuítica entre otras), la vocación a la Virgen María inculcada por su madre, y lo aprendido en su trato con los Calvinistas.

Primordialmente, San Francisco fijó su misión en guiar a las personas a una vida espiritual dentro de una relación íntima con Dios. Muchas de sus prédicas y escritos están guiados hacia este propósito, particularmente a trabajar en dirección a la espiritualidad.

Su trabajo en ese sentido, dio origen a la publicación del gran clásico “Introducción a la Vida Devota”. También publicó otro libro el cual lo hizo merecedor al título de “Doctor de la Iglesia”, llamado “Tratado del amor de Dios”. De la misma manera escribió más de mil cartas espirituales.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. CÉSAR ALFONSO ORTEGA DÍAZ
RECTOR DE CATEDRAL Y SAN MARTÍN

Pero la misericordia sigue

Hemos despedido el año 2016 y estrenado ya este 2017. Quiera Dios llenarnos de bendiciones en este año que comienza. Verdaderamente es Él quien puede desearnos (darnos) un feliz año nuevo.

El año que terminó se caracterizó en la Iglesia porque vivimos el “Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia” convocado por el Papa Francisco y vivido intensamente en todos los lugares donde se hace presente la Iglesia.

Al terminar ese año Santo de la Misericordia el Papa nos regaló una carta muy bella, llamada “Misericordia et Mísera”, en la que sustancialmente nos da una enseñanza, una consigna: El año santo de la misericordia terminó, pero ¡la misericordia sigue! Pues evidentemente en la Iglesia la misericordia, simplemente, no puede terminar. Es la forma como hemos de continuar viviendo.

El Papa no quiere que caigamos en el error de que la misericordia practicada intensamente este año que terminó fuera algo extraordinario, como un paréntesis en nuestra vida. El Papa quiere asegurarse de que entendamos que fue un intenso entrenamiento para seguir en la línea más nítida y expresiva del evangelio. Pues efectivamente toda la Palabra de Dios y especialmente los evangelios, no son otra cosa que la historia de Dios con nosotros expresada como misericordia.

Así la carta “Misericordia et Mísera” nos lo expresa. Se entienden las dos palabras. De una parte está la miseria, la nuestra, nuestro aporte más humano, y de otra está la misericordia, la de Dios, la de este tremendo amor incondicional que Dios nos tiene y que se hace más fuerte y más osado cuando nos ve pecadores. Que no nos ama más cuando nos arrepentimos, pues ya desde antes nos ama infinitamente, incondicionalmente, siempre.

Así como están las cosas en el mundo, donde parece que el mal vence, el egoísmo gana terreno y la violencia nos atemoriza, pareciera que no hay esperanza. Pero en realidad sí la hay, es Dios fuerte y amoroso que no nos abandona. Sólo que nos pide también que hagamos nuestra parte. y la consigna es demasiado clara: la misericordia.

Hay dos personajes en el evangelio que nos pueden ayudar muy bien a entender lo que tenemos que hacer:

Primero está LA SAMARITANA, es mujer que conoció el amor de Jesús como misericordia, pues la miró con amor, la respetó, la redimió y la hizo su apóstol (ella fue al pueblo a anunciar la presencia de Jesús en medio de ellos), sin duda que esta mujer conoció de forma personal el amor de Jesús como una experiencia única y definitiva en su vida.

Y luego está EL SAMARITANO, el de la parábola, que se comporta lleno de amor misericordioso con aquel pobre hombre que había sido dejado medio muerto en el camino por aquellos violentos ladrones. El samaritano, sin ser de su pueblo, ni de su raza, ni de su religión, lo trató con amor, o sea le dio todo para ponerlo a salvo y que se recuperara… ¡esto es misericordia!

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓCESIS DE PARRAL