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SOBRE EL LLAMADO A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL

E l pasado 19 de marzo del presente año, solemnidad de san José, el Papa Francisco regaló a toda la humanidad esta nueva Exhortación Apostólica que lleva por nombre Gaudete et Exsultate expresión latina que traduce «Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). Este documento papal contiene 177 números estructurados en una introducción, cinco breves capítulos y una conclusión. Veamos ahora, a modo de síntesis, cada una de sus partes. La introducción es un llamado, siempre actual, a vivir la santidad en el contexto de hoy a pesar de las dificultades, riesgos, desafíos y oportunidades que encontramos en el mundo presente. Ese llamado está fundamentado en el discurso de la montaña en donde Jesús propone un nuevo estilo de vida a la muchedumbre. En el capítulo I titulado EL LLAMADO A LA SANTIDAD, nos recuerda el san to padre que al contemplar esos hombres y mujeres que vivieron a plenitud el Evangelio, ellos nos alientan y acompañan y son referentes para nuestra vida de fe; del mismo modo, nos invita a ver la santidad en las personas cercanas porque ese llamado de Dios es para nosotros hoy, nos santificamos por medio de la oración y del servicio amoroso, es una transformación que debe llevarnos a amar más la vida y a ser mejores seres humanos (mejores personas). La santidad no nos despersonaliza. Continuando con esta valiosa exhortación, llegamos al capítulo II que lleva por nombre DOS ENEMIGOS SUTILES DE LA SANTIDAD, quiere el Papa Francisco llamar la atención acerca de dos falsificaciones de la santidad que podrían desviarnos del camino: el gnosticismo y el pelagianismo. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente, son desviaciones que nos alejan del auténtico llamado de Dios a empezar una nueva vida llena de su Gracia y de su misericordia. Llegamos ahora al capítulo III que se titula A LA LUZ DEL MAESTRO, en este blo que nos dice Francisco que nada es más iluminador que volver a las palabras de Jesús y recoger su modo de transmitir la verdad. Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así cuando alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas. Continuando con esta breve síntesis, el capítulo IV llamado

ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL,

muy a su estilo concreto y práctico, el Romano Pontífice nos recuerda algunas exigencias para vivir la santidad hoy: la capacidad de aguante, la paciencia y la mansedumbre; la alegría y el sentido del humor; la audacia y el fervor, el sentido de la vida en comunidad y la perseverancia en la oración; además nos manifiesta algunos riesgos y límites de la cultura de hoy: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual. Finalmente, encontramos el capítulo V intitulado

COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO,

en este bloque o segmento el Papa nos recuerda que la vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida. Para saber superar todo obstáculo en la vida de santidad, necesitamos el don del discernimiento que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual. Termina esta exhortación con una rica con clusión, en la que nos recuerda el sucesor de Pedro a la Santísima Virgen María como la mujer bienaventurada que vivió la santidad de su Hijo y con la firme esperanza que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Espero esta síntesis, siempre limitada, sea motivación e impulso para acercarnos a leer y estudiar este valioso documento que será sin lugar a dudas un faro doctrinal y pastoral para todos los creyentes.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral

¿Santo yo?

El Papa ha vuelto a llamar nuestra atención sobre una cuestión fundamental para los discípulos de Jesús: que estamos llamados a la santidad y que Dios no quiere menos de nosotros. Que nos quiere santos. Pero en el fondo el católico “standar” piensa que esa impostergable llamada a la Santidad no es para él, sino para personas muy especiales con cualidades muy notorias de bondad, que logran hacer cosas muy difíciles, que el común de los mortales no las podemos hacer ni mucho menos. Y así se abandona pronto el propósito de responder a la invitación amorosa y directísima de Dios a nosotros de ser santos, pensando que ser santo, la santidad, depende de mí, de mis obras y logros. Grave error es pensar que yo me santifico y Dios lo reconoce. No, no es así. La realidad es que la santidad, ser santo no depende de mí, ni de mis méritos, ni de mis fuerzas, sino que depende de Dios, de su gracia, de su acción todopoderosa en mi alma. Me corresponde saberlo, creerlo, esperarlo, disponerme a dejarme transformar por él. Él llama y yo respondo; Él actúa y yo colaboro; me da su gracia y yo me esfuerzo. Pero… ¿qué es la Santidad? La santidad es la misma naturaleza de Dios, su ser. Él es Santo. Santidad equivale pues a Divinidad. Y por tanto, la santidad cristiana es la divinización del cristiano en Cristo. Esta divinización la realiza el Espíritu Santo, y la realiza en la Iglesia. Es obra suya en nosotros. Así que a la pregunta ¿qué es ser santo? la respuesta es que Dios es Santo y santifica, es por tanto vivir unidos a Cristo, la unión con Cristo es la fuente de la vida cristiana, Él nos asume por su Espíritu y allí empieza la santidad. Nos asumió por el bautismo, nos hizo templos del Espíritu Santo. ¡La santidad ya inició allí! Pero hay que crecer, y Cristo la hace crecer, nosotros le secundamos. ¿Cómo? Imitándolo. Este es el camino de la santificación, la imitación de Cristo. Ser discípulo de Jesús significa querer ser como el Maestro. Con sencillez y confianza. En el día a día. Haciendo lo ordinario, pero desde Él. Si usted que me lee quiere emprender un camino serio de santidad, le digo que la clave está en imitar a Jesús, pero no tanto en las obras exteriores, cuanto en sus actitudes interiores. O sea que se proponga usted verdaderamente una fuerte vida interior con Dios. Porque, como dijo el Señor Jesús, es del interior del hombre de donde sale lo bueno y lo malo. Y claro, queremos que dentro de nosotros no haya nada malo, sino lo bueno de Dios. Fundamental es mirar al interior. Porque nuestro peligro es mirar sólo nuestra obras, sin mirar lo interior. Y es que en realidad Dios no busca nuestras obras, sino que nos busca a nosotros. Cristo nos quiere transformar no para utilizarnos sino para hacernos sus amigos, semejantes a Él, no siervos o esclavos, sino amigos. Y los amigos son semejantes, se entienden, se conocen, se quieren, gustan de hacer las cosas juntos, se buscan, gozan la mutua presencia. Mi propuesta es clara: estamos llamados a ser santos. Hay que responder con gratitud y confianza. ¿Cómo? Con vida interior. ¿Qué debo hacer? Imitar las actitudes de Cristo. ¿Alguna propuesta concreta? Sí y muy práctica: orar, orar insistentemente, orar constantemente, orar en toda ocasión. Y reservar tiempos reales de oración. Saber “perder” el tiempo con Dios. La oración es un verdadero crisol donde la persona se purifica y crece en amistad divina. Si se ora de verdad, se cambia, se hace el bien, se evita el mal, se purifica la intención de todo cuanto se hace, se avanza, se va transformando, no puede parar. La verdad es que salvando la oración diaria se salvan muchas otras cosas y se responde bien al llamado a ser santos. Santos comunes, porque no andamos buscando la “Canonización”, sino al Amigo, al que es Santo y nos quiere, como Él, santos.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral