LA PALABRA ES UN DON. EL OTRO ES UN DON

Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor. Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).
La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19-31). Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.
La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal. Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).
Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida. La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo. Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

2. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado. La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado. Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).
El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos. El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.
La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir. Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).
El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal. Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación.
Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

3. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática. El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).
También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios. Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.
El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua. Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.
La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).
De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo. La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ―que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador― nos muestra el camino a seguir. Que el Espíritu Santo nos guíe a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados. Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana. Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC. MARTÍN EDUARDO MARTÍNES BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA SOBRE TODO LA FE Y RESPONSABLE DE CODIPACS

SAN JOSÉ Y LA AUTORIDAD COMO SERVICIO

En una época como la nuestras donde muchos desórdenes se originan confundiendo la autoridad con el poder, la figura de José nos ayuda necesariamente a purificar esa idea mostrando que la autoridad es sobre todo un servicio que Dios le confía.
En efecto, en San José se realiza un misterio de autoridad desde su interior, con una paternidad del todo divina. San Pablo refiere toda paternidad como originada en Dios Padre (Efesios 3,15) por lo que la paternidad de san José es un signo de la donación de Dios, de una manera sencilla y pobre, según su voluntad, pero al mismo significando absolutamente el ser padre de Jesús.
Los primeros patriarcas: Abraham, Isaac y Jacob representan la primer Alianza, que es una alianza con los padres fundada de la autoridad de Dios. Luego con Moisés nos viene la Ley y posteriormente el pueblo de Israel pide un rey, como los demás pueblos. Pero en su designio original Dios solo quería que la autoridad fuera la del padre.
Es la historia de la salvación, con sus tres distintas formas de autoridades sucesivas: paternal, legal y real, donde podemos comprender el papel de San José dentro de la Iglesia. En la nueva Alianza Dios renueva todo radicalmente y lo hace desde una familia.
La sagrada Familia es una nueva manera de actuar de Dios a través de la acción del Espíritu Santo. Todo parte del corazón de María y de la autoridad paterna de José. Una autoridad absolutamente ligada al misterio de una fuente, de una fecundidad materna que proviene directamente de Dios.
La autoridad de José es más grande que la de los patriarcas, ya que su autoridad es sobre el Hijo de Dios. En efecto, la autoridad es más o menos grande según las personas sobre las que esta se ejerza.
La vida de María y José, así como todo el caminar de Jesús, son una manifestación de la verdadera autoridad vivida como servicio, como consagración a hacer enteramente la voluntad del Padre. Que sean nuestros modelos para servir a los demás y glorificar a Dios con nuestras vidas.

VIDA DIOSCESANA
HIPÓLITO ROACHO CENICEROS
SEMINARISTA DE TEOLOGÍA

PALABRAS PARA DECIR CUARESMA

La cuaresma en un tiempo de preparación para la Pascua. Se recuerda así el camino histórico de Jesús hacia Jerusalén seguido por sus discípulos. Al mismo tiempo, se actualiza el camino pascual de los discípulos desde Jerusalén al mundo entero. Y se hace la memoria de nuestro camino bautismal en el hoy de nuestra vida cristiana. Vamos viviendo la peregrinación de la fe en la celebración litúrgica de la vida cotidiana. En el tejido y la trama de nuestras biografías somos invitados a seguir haciendo el tránsito de la decepción a la esperanza, del abandono a la entrega a la misión, de la superficialidad a la profundidad, de la cerrazón a la confianza, de la dispersión a la integración.

CAMINO
Como en la itinerancia de los discípulos tras las huellas de Jesús por Galilea, como el caminar de los discípulos de Emaús, el tiempo de cuaresma se inspira en la idea de camino, con sus etapas, con su meta, sus caminantes … Hay que moverse de un punto a otro. Como en toda peregrinación. Desde la experiencia del camino de la vida evocamos los caminos del pueblo de Israel: la liberación de Egipto, el regreso del exilio.

CANSANCIO
El camino va asociado al cansancio. La peregrinación exige actividad, esfuerzo, decisión y resistencia. El camino cargado con nuestras preocupaciones produce fatiga. Nos movemos cargados con muchas inquietudes, con muchas preguntas sin respuesta evidente; caminamos con las heridas que nos va dejando la vida; heridas en nuestra ilusión y entusiasmo. Tenemos que aprender el arte del desapego interior y exterior. El cansancio del camino nos enseña a centramos en lo esencial.

COLOQUIO
El camino de cuaresma es una oportunidad de coloquio. En primer lugar, coloquio con los otros caminantes. Se trata de profundizar la comunicación pero también coloquio con Dios en la oración. Es tiempo para escuchar más intensa y profundamente la palabra de Dios. Dejamos reposar ante Él nuestras preguntas, nuestras quejas y lamentaciones. Le miramos a Él con los ojos escandalizados de tanta desgracia en un mundo abrazado por su gracia y, sin embargo, cargado de violencia y desesperanza.

CONVERSIÓN
Significa cambio de mirada, cambio de mentalidad. Dejar de ver la vida con los ojos cansados de la desesperanza y comenzar a verla con la mirada de la esperanza de Dios sobre cada uno de nosotros. “Era preciso que el Mesías padeciera … “La conversión es al mismo tiempo pastoral, social, personal. Se trata de convertimos a 10 mejor de nosotros mismos: mirarnos con ojos de amor. Conversión implica volver la mirada a 10 mejor de los hermanos, de sus dones y deseos, verlos con ojos de amor; contemplarlos desde las promesas de Dios, pues ésta es la identidad más profunda de cada persona.

COMENSALIDAD
En el camino histórico de Jesús con sus discípulos es muy significativo que se sienta a la mesa con los excluidos, los mal vistos. Se hace ver en malas compañías. Las frecuenta. La hospitalidad es un rasgo de la cultura en la que desarrolla Jesús su misión personal y su formación de los discípulos que han de continuar su obra. Compartir la mesa con los pecadores y con los piadosos es un signo de la misión histórica de Jesús. Vivió su historia personal en clave de comunión y de liberación.

CENA EUCARÍSTICA
En el camino de Jerusalén a Emaús como iniciación a la fe pascual, los discípulos invitan al viajero para que entre en su casa; le invitan a cenar. Y la cena normal tras el cansancio del camino se convierte en cena eucarística; Jesús, bendice el pan.,. y se les abren los ojos. Reconocen en el viajero conversador la presencia de Jesús mismo ya resucitado. Sigue siendo el mismo Jesús histórico; pero no es lo mismo; ahora es el glorioso. La eucaristía es sacramento de la presencia.

COMUNIDAD
Por los caminos de Palestina Jesús va formando la comunidad de los discípulos, como núcleo más visible de la comunidad del reino. De labios de Jesús y en su compañía, los discípulos van experimentando: Soy requerido, soy necesario. Tengo mucho que decir y que aportar. Ni yo ni nadie está de sobra en la comunidad de discípulos del reino. El maestro te llama. Cuenta conmigo para ser testigo de la esperanza mesiánica. En el camino de cuaresma somos llamados con insistencia a sentimos comunidad de discípulos experimentar que todos somos Iglesia. Y ello implica, pasar de la pasividad a la creatividad, de la ausencia a la presencia en la comunidad eclesial, de la actitud: “iglesia son ellos” a la actitud “iglesia somos todos”.

CONTAR LO VIVIDO
Otro ingrediente del camino cuaresmal hacia la Pascua es la narración de lo vivido; nosotros seguimos el camino cuaresmal de la experiencia de la pascua. Hacemos del camino cuaresmal y camino pascual. Recorremos la vía crucis sabiendo que el crucificado es el resucitado, y está presente en nuestra vida personal y comunitaria. No recorremos el camino de un héroe del dolor, que termina en el fracaso. Hacemos y compartirnos la experiencia de la presencia del resucitado por su Espíritu en nuestra vida, llena de ocupaciones y preocupaciones. El camino cuaresmal, como el camino de Emaús, lleva a contar la propia experiencia de encuentro personal con el resucitado.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. ROBERTO TARÍN ARZAGA
LICENCIADO EN FILOSOFÍA Y PÁRROCO
EN SANTA BÁRBARA

¡San José, Padre de Familia!

Vivir en Parral, entre otras cosas, es respirar una devoción ancestral a San José. No sólo porque el nombre primero de nuestra ciudad lleva el título de San José, sino porque su parroquia madre está dedicada a él.
Me encantó cuando llegué a Parral, ver cómo la ciudad entera estaba al amparo de San José reflejado en esa bella y majestuosa imagen que desde la Mina “La Prieta” tiene San José, significando el cuidado que un buen padre tiene para con su familia.
Es verdad, San José es nuestro gran protector. En la Diócesis, por consecuencia lógica, así lo vivimos. Yo estoy muy feliz de que así sea. Pues personalmente tengo una enorme devoción a San José, al que le tengo mucha confianza y al que le encomiendo multitud de intenciones.
Permítanme compartirles que en la capilla del Santísimo que tengo en mi casa pronto puse una imagen de San José de unos 40 centímetros, que perteneció primero a mi abuela, luego a mi madre, y hoy la tengo yo. Una imagen sencilla, maltratada por el paso de muchísimos años; desde el punto artístico es irrelevante, pero desde la devoción significa mucho para mí. Esa imagen que veíamos mis hermanos y yo de niños cuando visitábamos a la abuela.
Sí, tener devoción a San José es una de las mejores decisiones que en la vida de fe y de piedad uno puede hacer.
Pero San José, igual que todos los santos, no sólo es para tenerle devoción y pedir su auxilio. También se nos propone como modelo de santidad. Eso son los santos, campeones de la fe a los que miramos con admiración y nos motivan para también nosotros seguir su ejemplo. Así San José. Es un gran Santo, enorme, colosal, magnífico… por su sencillez, por su humildad, por su responsabilidad y por todo lo que hizo por su hijo Jesús y por su esposa María.

Así San José es modelo muy acabado, altamente inspirador para los varones que tienen la dicha y la obligación de ser papás y esposos. En San José pueden encontrar las cualidades que son necesarias para desempeñar bien tan tremenda vocación de haber engendrado hijos y de haberse comprometido con una mujer para ir adelante en un proyecto común de vida que lo abarca todo.
En esta editorial quiero subrayar que San José fue un buen padre de familia. En Nazaret encontramos al hombre que educó a Jesús, le enseñó a trabajar y virtudes como la responsabilidad, la lealtad, el compromiso con el bien y con la verdad, con lo noble y lo justo. El papá que enseñó a su niñito y después adolescente Jesús a enfrentar la vida, a responder a la comunidad y a la sociedad con compromiso y seriedad. A ser un hombre de bien, pero sobre todo a descubrir que Dios es padre.
Esta es tarea que no se puede delegar a nadie, ni siquiera a la mamá (ella da otras cosas a sus hijos) la tarea de dar a conocer que Dios es poderoso y que Dios es padre. La primera imagen de protección y paternidad que tenemos nos la da nuestro papá, y si es buena, mucho ayuda para descubrir con facilidad qué significa que Dios es Padre.
El Papa Juan Pablo dijo: “Es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en la familia son de una importancia única e insustituible. La ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales. El padre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros de la familia, colaborando en la educación de los hijos, procurando que su trabajo no disgregue la familia y dando testimonio de vida cristiana”(FC 25).
Así es, el primero que debe dar la fe a los hijos ha de ser el papá. Cuánto ayuda al ser humano en su fe el que haya sido su propio padre quien le dijera de palabra y obra: “Dios existe, te ama y eres su hijo querido”, como hizo San José con el niño Jesús.

 

EDITORIAL
MONSEÑOR EDUARDO CARMONA ORTEGA
OBISPO DE LA DIÓSCESIS DE PARRAL

«El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…» (Lc 1,49)

Queridos hermanos y hermanas:
El próximo 11 de febrero se celebrará en toda la Iglesia y, especialmente, en Lourdes, la XXV Jornada Mundial del Enfermo, con el tema: El asombro ante las obras que Dios realiza: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí…» (Lc 1,49). Esta Jornada, instituida por mi predecesor san Juan Pablo II, en 1992, y celebrada por primera vez precisamente en Lourdes el 11 de febrero de 1993, constituye una ocasión para prestar especial atención a la situación de los enfermos y de todos los que sufren en general; y, al mismo tiempo, es una llamada dirigida a los que se entregan en su favor, comenzando por sus familiares, los agentes sanitarios y voluntarios, para que den gracias por la vocación que el Señor les ha dado de acompañar a los hermanos enfermos. Además, esta celebración renueva en la Iglesia la fuerza espiritual para realizar de la mejor manera posible esa parte esencial de su misión que incluye el servicio a los últimos, a los enfermos, a los que sufren, a los excluidos y marginados (cf. Juan Pablo II, Motu proprio Dolentium hominum, 11 febrero 1985, 1). Los encuentros de oración, las liturgias eucarísticas y la unción de los enfermos, la convivencia con los enfermos y las reflexiones sobre temas de bioética y teológico-pastorales que se celebrarán en aquellos días en Lourdes, darán una aportación nueva e importante a ese servicio.
Situándome ya desde ahora espiritualmente junto a la Gruta de Massabielle, ante la imagen de la Virgen Inmaculada, en la que el Poderoso ha hecho obras grandes para la redención de la humanidad, deseo expresar mi cercanía a todos vosotros, hermanos y hermanas, que vivís la experiencia del sufrimiento, y a vuestras familias; así como mi agradecimiento a todos los que, según sus distintas ocupaciones y en todos los centros de salud repartidos por todo el mundo, trabajan con competencia, responsabilidad y dedicación para vuestro alivio, vuestra salud y vuestro bienestar diario. Me gustaría animar a todos los enfermos, a las personas que sufren, a los médicos, enfermeras, familiares y a los voluntarios a que vean en María, Salud de los enfermos, a aquella que es para todos los seres humanos garante de la ternura del amor de Dios y modelo de abandono a su voluntad; y a que siempre encuentren en la fe, alimentada por la Palabra y los Sacramentos, la fuerza para amar a Dios y a los hermanos en la experiencia también de la enfermedad.
Como santa Bernadette estamos bajo la mirada de María. La humilde muchacha de Lourdes cuenta que la Virgen, a la que llamaba «la hermosa Señora», la miraba como se mira a una persona. Estas sencillas palabras describen la plenitud de una relación. Bernadette, pobre, analfabeta y enferma, se siente mirada por María como persona. La hermosa Señora le habla con gran respeto, sin lástima. Esto nos recuerda que cada paciente es y será siempre un ser humano, y debe ser tratado en consecuencia. Los enfermos, como las personas que tienen una discapacidad incluso muy grave, tienen una dignidad inalienable y una misión en la vida y nunca se convierten en simples objetos, aunque a veces puedan parecer meramente pasivos, pero en realidad nunca es así.
Bernadette, después de haber estado en la Gruta y gracias a la oración, transforma su fragilidad en apoyo para los demás, gracias al amor se hace capaz de enriquecer a su prójimo y, sobre todo, de ofrecer su vida por la salvación de la humanidad. El hecho de que la hermosa Señora le pida que rece por los pecadores, nos recuerda que los enfermos, los que sufren, no sólo llevan consigo el deseo de curarse, sino también el de vivir la propia vida de modo cristiano, llegando a darla como verdaderos discípulos misioneros de Cristo. A Bernadette, María le dio la vocación de servir a los enfermos y la llamó para que se hiciera Hermana de la Caridad, una misión que ella cumplió de una manera tan alta que se convirtió en un modelo para todos los agentes sanitarios. Pidamos pues a la Inmaculada Concepción la gracia de saber siempre ver al enfermo como a una persona que, ciertamente, necesita ayuda, a veces incluso para las cosas más básicas, pero que también lleva consigo un don que compartir con los demás.
La mirada de María, Consoladora de los afligidos, ilumina el rostro de la Iglesia en su compromiso diario en favor de los necesitados y los que sufren. Los frutos maravillosos de esta solicitud de la Iglesia hacia el mundo del sufrimiento y la enfermedad son motivo de agradecimiento al Señor Jesús, que se hizo solidario con nosotros, en obediencia a la voluntad del Padre y hasta la muerte en la cruz, para que la humanidad fuera redimida. La solidaridad de Cristo, Hijo de Dios nacido de María, es la expresión de la omnipotencia misericordiosa de Dios que se manifiesta en nuestras vidas ―especialmente cuando es frágil, herida, humillada, marginada, sufriente―, infundiendo en ella la fuerza de la esperanza que nos ayuda a levantarnos y nos sostiene.
Tanta riqueza de humanidad y de fe no debe perderse, sino que nos ha de ayudar a hacer frente a nuestras debilidades humanas y, al mismo tiempo, a los retos actuales en el ámbito sanitario y tecnológico. En la Jornada Mundial del Enfermo podemos encontrar una nueva motivación para colaborar en la difusión de una cultura respetuosa de la vida, la salud y el medio ambiente; un nuevo impulso para luchar en favor del respeto de la integridad y dignidad de las personas, incluso a través de un enfoque correcto de las cuestiones de bioética, la protección de los más débiles y el cuidado del medio ambiente.
Con motivo de la XXV Jornada Mundial del Enfermo, renuevo, con mi oración y mi aliento, mi cercanía a los médicos, a los enfermeros, a los voluntarios y a todos los consagrados y consagradas que se dedican a servir a los enfermos y necesitados; a las instituciones eclesiales y civiles que trabajan en este ámbito; y a las familias que cuidan con amor a sus familiares enfermos. Deseo que todos sean siempre signos gozosos de la presencia y el amor de Dios, imitando el testimonio resplandeciente de tantos amigos y amigas de Dios, entre los que menciono a san Juan de Dios y a san Camilo de Lelis, patronos de los hospitales y de los agentes sanitarios, y a la santa Madre Teresa de Calcuta, misionera de la ternura de Dios.
Hermanos y hermanas, enfermos, agentes sanitarios y voluntarios, elevemos juntos nuestra oración a María, para que su materna intercesión sostenga y acompañe nuestra fe y nos obtenga de Cristo su Hijo la esperanza en el camino de la curación y de la salud, el sentido de la fraternidad y de la responsabilidad, el compromiso con el desarrollo humano integral y la alegría de la gratitud cada vez que nos sorprenda con su fidelidad y su misericordia.
María, Madre nuestra,
que en Cristo nos acoges como hijos,
fortalece en nuestros corazones la espera confiada,
auxílianos en nuestras enfermedades y sufrimientos,
guíanos hasta Cristo, hijo tuyo y hermano nuestro,
y ayúdanos a encomendarnos al Padre que realiza obras grandes.
Os aseguro mi constante recuerdo en la oración y os imparto de corazón la Bendición Apostólica.

 

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC. MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA SOBRE TODO LA FE Y RESPONSABLE DE CODIPACS

PRIMER SANTO Y MÁRTIR DE CHIHUAHUA

Pedro de Jesús fue hijo legítimo del señor Apolinar Maldonado y de la señora Micaela Lucero, y tuvo siete hermanos. Nació en un barrio de la ciudad de Chihuahua conocido como San Nicolás. Pedro Maldonado entró al seminario Diocesano a los 17 años de edad, donde tuvo un buen desempeño, sin ser el mejor de los estudiantes. En los años de 1913 a 1914 ante la persecución religiosa muchos seminaristas huyeron a El Paso Texas, pero Pedro permaneció en la capital de Chihuahua, aunque fue también ordenado en El Paso Texas, ya que el Obispo de Chihuahua se encontraba enfermo en el Distrito Federal.
Trabajó por los indígenas Tarahumaras y buscó reducir la cantidad de bebidas alcohólicas que se consumían. Vivió en el distrito de Jiménez y allí fue perseguido y en múltiples ocasiones, y golpeado por grupos masónicos aún dentro de la iglesia.
El Padre Maldonado era sensible a las necesidades de la gente. Solía ayudar a los pobres con dinero y ropa y él mismo crió y educó a un huérfano pobre. Le gustaba visitar los campos en tiempo de cosecha y los campesinos le pedían que les bendijera los campos invadidos por plagas de langosta. Son muchos los testimonios de que más de una vez expulsó las langostas de los campos con su oración. Tuvo un interés especial en la educación católica de los niños, los jóvenes y los adultos y les explicaba la historia de la salvación por medio de fotografías.
Entre 1926 y 1929 fue constantemente cazado según biógrafos “como a un animal”. Los tres periodos de la persecución religiosa vieron al Padre Maldonado huyendo constantemente de la policía y de los agentes de gobierno. El Viernes Santo de 1936, mientras regresaba a su escondite en el poblado llamado La Boquilla, en Santa Isabel, después de una visita para ayudar a una mujer moribunda en la vecindad de la estación del tren del mismo pueblo, fue emboscado junto con sus acompañantes. Al día siguiente se contaron doscientos cartuchos en el lugar de la emboscada.
Su Martirio
El Padre Pedro de Jesús Maldonado murió en la ciudad de Chihuahua el 11 de febrero de 1937, en el día del aniversario número 19 de su cantamisa.
Fue sacerdote de la diócesis de Chihuahua y hasta el momento de su muerte había estado ejerciendo su ministerio en la parroquia de Santa Isabel, que tiene su sede en el pueblo del mismo nombre, al que los revolucionarios pocos años antes habían cambiado por el de General Trías, con la intención de borrar de la geografía chihuahuense toda alusión al catolicismo.
La causa de su muerte fue una brutal y salvaje golpiza que le causó un severo daño cerebral y heridas en diversas partes del cuerpo. Esto sucedió en la presidencia municipal de Santa Isabel el 10 de febrero, Miércoles de Ceniza en aquel año, y terminó al día siguiente en Chihuahua.
Para el pueblo de Chihuahua, así como para sus hermanos sacerdotes y el obispo diocesano, don Antonio Guízar y Valencia, el Padre Maldonado fue un mártir.
Esta firme y constante creencia popular fue confirmada por la voz oficial de la Iglesia cuando el Papa Juan Pablo II lo declaró beato en 1992 lo canonizó en el año 2000.
El Padre Maldonado fue el único sacerdote sacrificado durante los largos y tortuosos años de persecución religiosa en Chihuahua y por esa misma razón su caso amerita atención especial, ya que es el único santo de esta etapa en todo el norte de México.
El Papa Juan Pablo II señaló oficialmente la fecha del 21 de mayo del Año del Gran Jubileo del 2000, para la canonización de este mártir junto con otros compañeros mexicanos que dieron testimonio son su sangre de su amor por Cristo y la Iglesia.

VIDA DE SANTIDAD
PBRO. LIC. CÉSAR ALFONSO ORTEGA DÍAZ
RECTOR DE CATEDRAL Y SAN MARTÍN

PBRO. DR. AGUSTÍN PELAYO BRAMBILA, PADRE PELAYO

El pasado 15 de enero, se cumplieron 25 años del retorno a la Casa del Padre, del Pbro. Agustín Pelayo Brambila, de gratísima memoria.
Este excepcional personaje nació el 30 de junio de 1908 en Santa Rosalía, Jalisco. En 1923 ingreso al Seminario Conciliar de Guadalajara, pero a causa de la persecución, su hermano Baudelio quien ya estaba estudiando en el Seminario de Chihuahua, con la anuencia del Sr. Obispo Don Antonio Guizar y Valencia, le indico a Agustín se trasladará a esa Ciudad Capital. En el año de 1928 debido al recrudecimiento de la persecución, el Obispo Guizar lo envió a continuar sus estudios a España. Agustín estuvo seis años en el Seminario de Toledo, donde obtuvo los grados de Bachiller en Humanidades, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología.
Ya de regreso a México, en 1935 fue ordenado Sacerdote y se le envió a Santa Rosalía de Camargo, pero a finales de 1936, fue reubicado a Ciudad Madera, donde reconstruye el Templo, que después sería Catedral.
En el año de 1941 le informan que acuda a la Ciudad de Parral al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde permaneció hasta 1960. Después es removido a Santa Rosalía de Camargo y luego en 1970 a la Ciudad de Chihuahua donde construye su más colosal obra, la parroquia de Ntra. Sra. De la Soledad. Así pues, ya enfermo e internado en un asilo para sacerdotes en Ciudad Juárez, en 1992 al toque del Ángelus, fue al encuentro del Señor Jesús.
Obras realizadas por el Padre Pelayo en Parral: Fundación del Instituto Parralense, de la Casa Hogar y el Asilo de San Vicente, del Colegio La Salle y la reconstrucción del Templo de San Juan de Dios. Construcción de la Capilla de Fátima, del Santo Niño, del Sagrado Corazón, de San Juan Bosco y del Santuario de Ntra. Sra. De Guadalupe, hoy Catedral.
Y como un gran guía, el más increíble acontecimiento, la Coronación Pontificia de Ntra. Señora de la Soledad.

VIDA DIOSCESANA
ÁNGEL RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
COLABORADOR DE CODISPACS