La gozosa espera del adviento

1. El Adviento, parte-aguas
de la Historia. 

El Adviento cristiano apunta a un acontecimiento por venir. El protagonista de este hecho es, más que nada, una persona: Jesucristo.

La vida cristiana es ininteligible sin el Adviento. Por el Adviento Dios irrumpe en la Historia humana. Se podría decir que el Adviento es el parte-aguas de la Historia del mundo. En adelante, para marcar las edades, se tendrá que decir: antes de Cristo y después de Cristo. En otras palabras, querámoslo o no, Jesús es y será siempre el centro de las edades.

2. Los inicios de la esperanza.

“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nació de mujer…,” {Gal,1,4}.

“Plenitud de los tiempos”, significa los tiempos maduros, los tiempos oportunos. Había llegado la hora de disipar la oscuridad en la que el pecado había hundido al mundo. En efecto, el hombre creado imagen de Dios, se apartó del ordenamiento divino: las palabras del seductor “Seréis como dioses” resultaron una mentira colosal. El hombre cedió a las insinuaciones diabólicas, y el mal lo envolvió en su mortal telaraña. El vaso precioso que Dios modeló en los días del paraíso se quebró estrepitosamente por causa del pecado. Y los fragmentos volaron hechos trisas. Se hacía, pues, necesaria una restauración de raíz.

Allí, en el mismo escenario de la desdicha humana, como por un reducido portillo penetró una luz de esperanza. El Dios ofendido habló de una mujer privilegiada y singular, que surgiría entre las brumas del porvenir, para ofrecer a los hombres caídos, a través de la donación de su Hijo, un nuevo Kairos, una nueva oportunidad de salvación.  {Gn 3, 15}.

La palabra Salvación, que en sustancia significa liberar a una persona de una situación crítica y dramática, se realizaría a través de “la descendencia”. La mujer misteriosa, sólo presente ahora en la mente de Dios, aplastaría la cabeza de la serpiente homicida con una única y singular cooperación: ofrecer a Dios su vientre virginal para que en él se anidase el Verbo salvador. Juan, en su Evangelio, resumirá en la concisión de una frase este acontecimiento liberador: “y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros” {Jn 1,14}. Así, en el día oscuro de la caída, y a la manera de una profecía consoladora, resonó por primera vez en la Historia la buena nueva, “el Evangelio” de salvación.

3. Una larga espera.

La espera del Adviento se prolongó por siglos. Uno se pregunta: ¿Cuál fue la razón de esta longitud desmesurada? La caída del hombre fue un hecho lamentable y de fatales consecuencias. Conjeturamos que Dios prolongo la restauración prometida por una causa pedagógica: el hombre caído debería experimentar la magnitud de su falta en el largor de la espera, porque sólo se añora fuertemente el bien que se tarda a llegar.

La plegaria de Israel esta penetrada de una santa ansiedad, para que los días del advenimiento del “Deseado de las naciones” se abreviaran: “Ven, Señor, no tardes”, “que las nubes lluevan al justo, y la tierra germine la salvación”. Etc.

4. La espera de María.

María encarna, y aglutina en su persona la expectación mesiánica, que no era otra cosa que la galvanización de los pensamientos y actitudes religiosas del pueblo de Israel en relación a la venida del Mesías

Y cuando el Arcángel le pide a María su cooperación en la obra salvífica de la humanidad, misma que se realizará a través de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, María se admira, pero nunca al grado de la obnubilación, pues, “Ella se preguntaba qué significaba aquel saludo” {Lc 1, 29}. Si se preguntaba es que estaba razonando.

Una vez enterada de las intenciones divinas, María pronuncia un “Hágase” de grande trascendencia. Así lo expresa la fe de la Iglesia cuando cree y profesa que el Hijo de Dios “Se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Con estas solemnes palabras, que invitan a la adoración y a la gratitud, llega a su fin el primer Adviento, el Adviento de los antiguos padres y el Adviento de la humanidad.

5. El segundo Adviento.

De una mujer encinta se dice que “está esperando”. Ningún espera fue más intensa que ésta de María. Ensimismada en un gozo, que se volvió alabanza en la visita de Isabel, María anticipa proféticamente la espera del segundo Adviento que, aquí y ahora, pone en tensión a toda la Iglesia: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. De nuevo, porque ya vino. De nuevo por qué vendrá.

Pero, allí, también, aparte de estos dos Advientos, hay un Adviento intermedio, y es aquél de la inhabitación de la gracia en el alma del justo. Este Adviento intermedio lo expresa Jesús cuando dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada de él” {Jn 14,23}.

En relación a esto, San Bernardo observa: “Esta Venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”. {Sermón 5, en el Advenimiento del Señor}. Nos atreveríamos a afirmar: No sólo sería nuestro descanso y nuestro consuelo; sería también nuestro sostén para arribar indemnes y felices al último Adviento.

Pbro. Lic José Carlos Tarango M.
Lic. en Teología Dogmática