Archivo de la categoría: Sin categoría

LA TRADICIÓN DE LA IGLESIA VIVE EN LA LITURGIA

En una época enigmática como la nuestra, son tantos y tan variados los juicios que se hacen de la realidad, que parece imposible ponerlos de acuerdo. Algunos piensan que los tiempos antiguos son mejores que los tiempos actuales, mientras que otros ven en los tiempos modernos una mejora incalculable respecto de los pobres tiempos de antaño. Cada cual expresa su juico según su perspectiva, según su “mundo.” El Hombre es un ser de tradición. En su esencia más profunda se constituye por el trasfondo social relacional; el ser humano recibe tradiciones y las trasmite, crea tradiciones y las liquida, la tradición representa para cada ser humano el destino que lo abraza y el reto que lo impulsa hacia delante. De esta misma manera vivió Jesús de Nazaret. Su historia singular y concreta, como la de cualquier ser humano, asume la tradición anterior a él, pero a la vez la trasforma, reestructura y corrige. En palabras de E. Schillebeeck: “una persona humana constituye el centro personal de una serie de relaciones interactivas con el pasado el futuro y el presente”. Cada ser humano está enmarcado y asumido por una tradición, la cual debe saber criticar; esta tradición se hace presente de modo inmediato en las demás personas e instituciones, seres históricos concretos que se enriquecen, a la vez que se benefician, del trato con la persona singular, es ahí donde la tradición asume su dinamismo al presente; ante esta dinámica de la tradición el individuo concreto debe participar activamente, ya sea desde su manera de asumir la tradición, como del modo en que desea enriquecerla consciente y libremente, este es el influjo al futuro que todo ser humano posee como derecho y como deber para con la humanidad. Contrario a lo que pudiera pensarse, la Tradición no es sólo una fuerza de conservación social o un medio de seguridad contra las inclinaciones audaces hacia lo novedoso. Como discípulos de Jesús, el Cristo, entendemos que el potencial del encuentro con el Maestro crea Tradición. Ésta es una fuerza dinámica que transforma y crea la vida y obra de la Iglesia. Esto es lo que pretende esta pequeña reflexión: Mostrar que la Tradición es una fuerza viva de encuentro con Jesucristo y que, esta fuerza crea el movimiento que permite a los hombres, inmersos en el ritmo de la historia, descubrir un Cristo vivo y fecundo en medio de su Iglesia. Son muchos y muy variados los lugares donde esta Tradición se desarrolla. Entre todos ellos destaca en modo especial la Liturgia, lugar de la Tradición por excelencia, privilegiado por la misma Iglesia, ya que en ella Cristo mismo ejerce su sacerdocio y se hace presente para la salvación de todo el género humano. Desde el momento en que el Señor Jesús, tomando pan y vino y repartiéndoselo a sus discípulos, consigno a la Iglesia el mandato del memorial, desde ese momento la Liturgia se convirtió en el monumento de la Tradición por excelencia, ella, en virtud de la presencia permanente de Cristo en su Iglesia, es tradición interpretativa y explicativa de los misterios de la fe, columna y fundamento de una verdad que puede y debe celebrarse. Así que la próxima vez que usted participe de la Misa, o de un Bautismo por ejemplo, recuerde que esa acción sencilla proviene de algo que es más grande que usted y que yo, algo que sobrepasa todos los tiempos de nuestra historia, algo tan profundo y hermoso a lo que llamamos Tradición, lugar donde Cristo se hace presente y nos sigue llamando sus amigos invitándonos a seguirle.

Desde Roma
Pbro. Hugo Rodríguez Caro
Estudiante de Teología en Roma

Explicación de la Semana Santa

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en una ocasión de descanso y diversión. Se olvidan de lo esencial: esta semana la debemos dedicar a la oración y la reflexión en los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús para aprovechar todas las gracias que esto nos trae.

Para vivir la Semana Santa, debemos darle a Dios el primer lugar y participar en toda la riqueza de las celebraciones propias de este tiempo litúrgico. Esta semana comienza con el Domingo de Ramos y termina con el Domingo de Pascua.
Vivir la Semana Santa es acompañar a Jesús con nuestra oración, sacrificios y el arrepentimiento de nuestros pecados. Asistir al Sacramento de la Penitencia en estos días para morir al pecado y resucitar con Cristo el día de Pascua.

Lo importante de este tiempo no es el recordar con tristeza lo que Cristo padeció, sino entender por qué murió y resucitó. Es celebrar y revivir su entrega a la muerte por amor a nosotros y el poder de su Resurrección, que es primicia de la nuestra.
La Semana Santa fue la última semana de Cristo en la tierra. Su Resurrección nos recuerda que los hombres fuimos creados para vivir eternamente junto a Dios.

Domingo de Ramos
Celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén en la que todo el pueblo lo alaba como rey con cantos y palmas. Por esto, nosotros llevamos nuestras palmas a la Iglesia para que las bendigan ese día y participamos en la misa. Este domingo es el único en todo el año litúrgico en el que escuchamos la lectura de los evangelios que relatan la Pasión de Jesucristo Nuestro Señor, por eso también se le conoce como el Domingo de la Pasión del Señor, que nos introduce en todo lo que recordaremos durante la Semana Santa.  El color de los ornamentos litúrgicos es el rojo que nos recuerda la sangre derrama por Cristo sobre la Cruz.

Lunes, martes y miércoles Santos
En estos tres días nos disponemos a conocer los detalles que nos narran los evangelios de los acontecimientos que acompañaron los últimos momentos de Jesús son sus discípulos antes de padecer y entregar su vida por nosotros en la cruz como ver los preparativos de la celebración de la pascua judía que celebró con sus discípulos y la traición de Judas Iscariote que se fue planeando con anticipación y cuidado.

Jueves Santo
Este día recordamos la Última Cena de Jesús con sus apóstoles en la que les lavó los pies dándonos un ejemplo de servicialidad. En la Última Cena, Jesús se quedó con nosotros en el pan y en el vino, nos dejó su cuerpo y su sangre. Es el jueves santo cuando instituyó la Eucaristía y el Sacerdocio. Al terminar la última cena, Jesús se fue a orar, al Huerto de los Olivos. Ahí pasó toda la noche y después de mucho tiempo de oración, llegaron a aprehenderlo.

Viernes Santo
Ese día recordamos la Pasión de Nuestro Señor: Su prisión, los interrogatorios de Herodes y Pilato; la flagelación, la coronación de espinas y la crucifixión. Lo conmemoramos con un Vía Crucis solemne y con la ceremonia de la Adoración de la Cruz.

Sábado Santo
Se recuerda el día que pasó entre la muerte y la Resurrección de Jesús. Es un día de luto y tristeza pues no tenemos a Jesús entre nosotros. Las imágenes se cubren y los sagrarios están abiertos. Por la noche se lleva a cabo una vigilia pascual para celebrar la Resurrección de Jesús. Vigilia quiere decir “ la tarde y noche anteriores a una fiesta.”. En esta celebración se acostumbra bendecir el agua y encender las velas en señal de la Resurrección de Cristo, la gran fiesta de los católicos.

Domingo de Resurrección o Domingo de Pascua
Es el día más importante y más alegre para todos nosotros, los católicos, ya que Jesús venció a la muerte y nos dio la vida. Esto quiere decir que Cristo nos da la oportunidad de salvarnos, de entrar al Cielo y vivir siempre felices en compañía de Dios. Pascua es el paso de la muerte a la vida.

¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año?
El pueblo judío celebraba la fiesta de pascua en recuerdo de la liberación de la esclavitud de Egipto, el día de la primera luna llena de primavera. Esta fecha la fijaban en base al año lunar y no al año solar de nuestro calendario moderno. Es por esta razón que cada año la Semana Santa cambia de día, pues se le hace coincidir con la luna llena.

En la fiesta de la Pascua, los judíos se reunían a comer cordero asado y ensaladas de hierbas amargas, recitar bendiciones y cantar salmos. Brindaban por la liberación de la esclavitud.

Jesús es el nuevo cordero pascual que nos trae la nueva liberación, del pecado y de la muerte.

ESPIRITUALIDAD
PBRO. LIC. OMAR GRAJEDA VALLES
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Seguir a Cristo crucificado

La brújula del cristiano es seguir a Cristo crucificado, no a un dios desencarnado, ideológico, sino a Dios hecho carne, que lleva en sí las llagas de nuestros hermanos. Son los conceptos que expresó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Al inicio de la Cuaresma resuena con fuerza la invitación a convertirse. Y la Liturgia del día – observó el Papa – pone esta exhortación ante tres realidades: el hombre, Dios y el camino. La realidad del hombre es la de elegir entre el bien y el mal: “Dios nos hizo libres –  dijo Francisco – y la elección es nuestra”. Pero Él – añadió – “no nos deja solos”, sino que nos indica el camino del bien con los Mandamientos. Después está la realidad de Dios: “Para los discípulos era difícil entender” el camino de la cruz de Jesús. Porque “Dios tomó toda la realidad humana, menos el pecado. No hay Dios sin Cristo. Un dios sin Cristo, ‘desencarnado’, no es un dios real”:

“La realidad de Dios es Dios hecho Cristo por nosotros. Para salvarnos. Y cuando nos alejamos de esto, de esta realidad, y nos alejamos de la Cruz de Cristo, de la verdad de las llagas del Señor, también nos alejamos del amor, de la caridad de Dios, de la salvación, y vamos por una senda ideológica de Dios, lejana: no es el Dios que vino a nosotros y se hizo cercano para salvarnos, y murió por nosotros. Ésta es la realidad de Dios”.

El Pontífice aludió al diálogo entre un agnóstico y un creyente, según el relato de un escritor francés del siglo pasado:

“El agnóstico de buena voluntad preguntaba al creyente: ‘Pero, ¿cómo puedo?… Para mí, el problema es ¿cómo Cristo es Dios? No puedo comprender esto. ¿Cómo Cristo es Dios?’. Y el creyente respondió: ‘Eh, para mí esto no es un problema. El problema habría sido si Dios no se hubiera hecho Cristo’. Ésta es la realidad de Dios: Dios hecho Cristo, Dios hecho carne y éste es el fundamento de las obras de misericordia. Las llagas de nuestros hermanos son las llagas de Cristo, son las llagas de Dios, porque Dios se ha hecho Cristo. La segunda realidad. No podemos vivir la Cuaresma sin esta realidad. Nosotros debemos convertirnos, no a un Dios abstracto, sino al Dios concreto que se ha hecho Cristo”.

En fin, está la tercera realidad, la del camino. Jesús dice: “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame”:

“La realidad del camino es la de Cristo: seguir a Cristo, hacer la voluntad del Padre, como Él, tomar las cruces de cada día y renegar de sí mismo para seguir a Cristo. No hacer lo que yo quiero, sino lo que quiere Jesús; seguir a Jesús. Y Él dice que por este camino perdemos la vida, para ganarla después; es un continuo perder la vida, ‘perder’ hacer lo que quiero, perder las comodidades, estar siempre en el camino de Jesús que estaba al servicio de los demás, en adoración a Dios. Éste es el camino correcto”.

“El único camino seguro – concluyó diciendo el Obispo de Roma – es seguir a Cristo crucificado, el escándalo de la Cruz”. Y estas tres realidades: el hombre, Dios y el camino, “son la brújula del cristiano” que permite que no nos equivoquemos de camino.

 

MAGISTERIO PAPAL
PBRO. LIC MARTÍN EDUARDO HERNÁNDEZ BAEZA
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

PBRO. DR. AGUSTÍN PELAYO BRAMBILA, PADRE PELAYO

El pasado 15 de enero, se cumplieron 25 años del retorno a la Casa del Padre, del Pbro. Agustín Pelayo Brambila, de gratísima memoria.
Este excepcional personaje nació el 30 de junio de 1908 en Santa Rosalía, Jalisco. En 1923 ingreso al Seminario Conciliar de Guadalajara, pero a causa de la persecución, su hermano Baudelio quien ya estaba estudiando en el Seminario de Chihuahua, con la anuencia del Sr. Obispo Don Antonio Guizar y Valencia, le indico a Agustín se trasladará a esa Ciudad Capital. En el año de 1928 debido al recrudecimiento de la persecución, el Obispo Guizar lo envió a continuar sus estudios a España. Agustín estuvo seis años en el Seminario de Toledo, donde obtuvo los grados de Bachiller en Humanidades, Licenciado en Filosofía y Doctor en Teología.
Ya de regreso a México, en 1935 fue ordenado Sacerdote y se le envió a Santa Rosalía de Camargo, pero a finales de 1936, fue reubicado a Ciudad Madera, donde reconstruye el Templo, que después sería Catedral.
En el año de 1941 le informan que acuda a la Ciudad de Parral al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, donde permaneció hasta 1960. Después es removido a Santa Rosalía de Camargo y luego en 1970 a la Ciudad de Chihuahua donde construye su más colosal obra, la parroquia de Ntra. Sra. De la Soledad. Así pues, ya enfermo e internado en un asilo para sacerdotes en Ciudad Juárez, en 1992 al toque del Ángelus, fue al encuentro del Señor Jesús.
Obras realizadas por el Padre Pelayo en Parral: Fundación del Instituto Parralense, de la Casa Hogar y el Asilo de San Vicente, del Colegio La Salle y la reconstrucción del Templo de San Juan de Dios. Construcción de la Capilla de Fátima, del Santo Niño, del Sagrado Corazón, de San Juan Bosco y del Santuario de Ntra. Sra. De Guadalupe, hoy Catedral.
Y como un gran guía, el más increíble acontecimiento, la Coronación Pontificia de Ntra. Señora de la Soledad.

VIDA DIOSCESANA
ÁNGEL RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ
COLABORADOR DE CODISPACS

Jesucristo sumo y eterno sacerdote

No sé si usted se ha preguntado por qué existen los sacerdotes?
El sumo y eterno Sacerdote es Jesucristo, que si bien en el antiguo testamento Dios aparta a los hijos de Aarón (Nm 3 1 ,10), así bien Jesús viene y consuma el sacerdocio y le da el máximo sentido él es el buen pastor (juan 10 1,6) reúne a sus ovejas a lo largo del camino el elige y va preparando a los 12 apóstoles los guía y los enseña, Jesucristo está siempre en relación con su Padre por eso él estaba en constante oración y desde su corazón los llama a seguirlo.

Jesús quiso una iglesia fundada sobre Pedro y es aquí donde tengo que aclarar que somos una iglesia obediente al mandato de Jesucristo porque fue hacia Pedro y los demás Apóstoles a quienes llamó para continuar con su sacerdocio. El sacerdote hasta hoy sigue con el mandato en esa obediencia y por eso ellos tienen el poder de consagrar el pan y el vino. Tienen la unción, con la que se les da este poder, tienen la gracia en el altar de la transustanciación, por la cual  se convierte el pan en el cuerpo de Cristo y es el pan bajado del cielo Jesús está vivo ahí, y  lo más extraordinario de la eucaristía que es comulgar y nutrirse de Jesús mismo!!!

Por eso la investidura y la unción para convertir el pan y el vino solo la tiene los sacerdotes, Jesucristo les da esta potestad a sus apóstoles no se las dio a todo el pueblo, sobre Pedro se fundó nuestra iglesia (Mt 16 ,18).

Porque cuando entendamos que el sacerdote esta sobre el altar en la consagración es el poder de Dios mismo que desciende a la tierra.

Por esa razón Jesús siempre nos invita a esa comunicación con nuestro Padre que es Dios, no hay que olvidarlo porque ahí es donde nuestra vocación se gesta y parte de la comunicación con él.

Si bien Jesús nace en una familia por eso es importante resaltar que la familia es parte fundamental para las vocaciones

Es la invitación  amar nuestra familia, orar por los sacerdotes y por las vocaciones.

VIDA DIOSCESANA
FLOR MUÑOZ PASILLAS

La gozosa espera del adviento

1. El Adviento, parte-aguas
de la Historia. 

El Adviento cristiano apunta a un acontecimiento por venir. El protagonista de este hecho es, más que nada, una persona: Jesucristo.

La vida cristiana es ininteligible sin el Adviento. Por el Adviento Dios irrumpe en la Historia humana. Se podría decir que el Adviento es el parte-aguas de la Historia del mundo. En adelante, para marcar las edades, se tendrá que decir: antes de Cristo y después de Cristo. En otras palabras, querámoslo o no, Jesús es y será siempre el centro de las edades.

2. Los inicios de la esperanza.

“Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nació de mujer…,” {Gal,1,4}.

“Plenitud de los tiempos”, significa los tiempos maduros, los tiempos oportunos. Había llegado la hora de disipar la oscuridad en la que el pecado había hundido al mundo. En efecto, el hombre creado imagen de Dios, se apartó del ordenamiento divino: las palabras del seductor “Seréis como dioses” resultaron una mentira colosal. El hombre cedió a las insinuaciones diabólicas, y el mal lo envolvió en su mortal telaraña. El vaso precioso que Dios modeló en los días del paraíso se quebró estrepitosamente por causa del pecado. Y los fragmentos volaron hechos trisas. Se hacía, pues, necesaria una restauración de raíz.

Allí, en el mismo escenario de la desdicha humana, como por un reducido portillo penetró una luz de esperanza. El Dios ofendido habló de una mujer privilegiada y singular, que surgiría entre las brumas del porvenir, para ofrecer a los hombres caídos, a través de la donación de su Hijo, un nuevo Kairos, una nueva oportunidad de salvación.  {Gn 3, 15}.

La palabra Salvación, que en sustancia significa liberar a una persona de una situación crítica y dramática, se realizaría a través de “la descendencia”. La mujer misteriosa, sólo presente ahora en la mente de Dios, aplastaría la cabeza de la serpiente homicida con una única y singular cooperación: ofrecer a Dios su vientre virginal para que en él se anidase el Verbo salvador. Juan, en su Evangelio, resumirá en la concisión de una frase este acontecimiento liberador: “y el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros” {Jn 1,14}. Así, en el día oscuro de la caída, y a la manera de una profecía consoladora, resonó por primera vez en la Historia la buena nueva, “el Evangelio” de salvación.

3. Una larga espera.

La espera del Adviento se prolongó por siglos. Uno se pregunta: ¿Cuál fue la razón de esta longitud desmesurada? La caída del hombre fue un hecho lamentable y de fatales consecuencias. Conjeturamos que Dios prolongo la restauración prometida por una causa pedagógica: el hombre caído debería experimentar la magnitud de su falta en el largor de la espera, porque sólo se añora fuertemente el bien que se tarda a llegar.

La plegaria de Israel esta penetrada de una santa ansiedad, para que los días del advenimiento del “Deseado de las naciones” se abreviaran: “Ven, Señor, no tardes”, “que las nubes lluevan al justo, y la tierra germine la salvación”. Etc.

4. La espera de María.

María encarna, y aglutina en su persona la expectación mesiánica, que no era otra cosa que la galvanización de los pensamientos y actitudes religiosas del pueblo de Israel en relación a la venida del Mesías

Y cuando el Arcángel le pide a María su cooperación en la obra salvífica de la humanidad, misma que se realizará a través de la Encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, María se admira, pero nunca al grado de la obnubilación, pues, “Ella se preguntaba qué significaba aquel saludo” {Lc 1, 29}. Si se preguntaba es que estaba razonando.

Una vez enterada de las intenciones divinas, María pronuncia un “Hágase” de grande trascendencia. Así lo expresa la fe de la Iglesia cuando cree y profesa que el Hijo de Dios “Se encarnó de María la Virgen y se hizo hombre”. Con estas solemnes palabras, que invitan a la adoración y a la gratitud, llega a su fin el primer Adviento, el Adviento de los antiguos padres y el Adviento de la humanidad.

5. El segundo Adviento.

De una mujer encinta se dice que “está esperando”. Ningún espera fue más intensa que ésta de María. Ensimismada en un gozo, que se volvió alabanza en la visita de Isabel, María anticipa proféticamente la espera del segundo Adviento que, aquí y ahora, pone en tensión a toda la Iglesia: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos”. De nuevo, porque ya vino. De nuevo por qué vendrá.

Pero, allí, también, aparte de estos dos Advientos, hay un Adviento intermedio, y es aquél de la inhabitación de la gracia en el alma del justo. Este Adviento intermedio lo expresa Jesús cuando dice: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada de él” {Jn 14,23}.

En relación a esto, San Bernardo observa: “Esta Venida intermedia es como un camino que conduce de la primera a la última. En la primera, Cristo fue nuestra redención; en la última se manifestará como nuestra vida; en esta venida intermedia es nuestro descanso y nuestro consuelo”. {Sermón 5, en el Advenimiento del Señor}. Nos atreveríamos a afirmar: No sólo sería nuestro descanso y nuestro consuelo; sería también nuestro sostén para arribar indemnes y felices al último Adviento.

Pbro. Lic José Carlos Tarango M.
Lic. en Teología Dogmática