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¿Por qué ir a Misa los domingos?

Siempre me ha impactado el testimonio de los 49 mártires de Abilene (año 304), que murieron por no renunciar a su vivencia de fe expresada en esa impresionante afirmación: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”. Efectivamente los mataron a todos, adultos, niños, ancianos, mujeres, sacerdote, dueño de la casa donde se reunían… ¡Todo por vivir el domingo! Una de los aspectos del ser humano es que no le gusta que le impongan nada, como si fuera en verdad posible vivir sin leyes, dejado todo al libre albedrío y buena voluntad de cada uno. Ya se ve que sin leyes, el mundo entero sería un caos. El problema no son las leyes sino que se cumplan las leyes. Claro, hablamos de leyes justas, las que regulan el sano convivir, el respeto y los derechos. Pero muy importante es saber que las leyes buenas, las justas, tienen una finalidad buena, que es lo que tutelan, lo que se llama el “espíritu de la ley”. En la Iglesia tenemos los 10 mandamientos de la ley de Dios, y también los 5 mandamientos de la Santa madre Iglesia. Uno de ellos es “oír misa entera los domingos y fiestas de guardar”. Para superar nuestra aversión a que nos impongan algo, debemos pensar cuál es el “espíri tu” de esta ley. Es lo que movió al martirio a aquellos 49 mártires y tantos otros que a lo largo de los siglos han muerto por la Eucaristía. La Iglesia con su mandamiento nos tutela, como madre, nuestro derecho que nos da nuestro Padre, de participar en el banquete de amor que con tanto cariño prepara para nosotros ¡cada domingo! Y es ese día, el primero de la semana, porque ese día conoció el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, por su resurrección. La Pascua semanal. Un banquete preparado por nuestro Padre, para nosotros sus hijos… banquete de familia, de hermanos. Un Padre cariñoso que quiere ver reunidos a sus hijos en torno a su mesa, que es en dos tiempos: el banquete de la Palabra y el banquete de la Eucaristía. ¡Es para los hijos! No es para los esclavos. Por el bautismo somos sus hijos. Pero llegados a este punto la pregunta fundamental es ¿Tengo corazón de hijo, o tengo corazón de esclavo? Y que responda la historia, mi historia. O sea, cómo me comporto ante esta invitación de mi Padre, que me quiere allí en su casa, el domingo, con mis hermanos, viviendo el día del Señor, su día, consagrado a su nombre, en el acto de amor y religión fundamental para aquellos que creemos en el mandato solemne de Jesús: “Hagan esto como mi memorial”. El que tiene corazón de esclavo, no se da por aludido, no le importa, no se siente invitado, cree que no es suyo, ni lo quiere poseer, no lo cuida. Corazón de esclavo (esclavo de su pereza, de su prejuicio, de su vanidad y soberbia, de los respetos humanos, de su trabajo que lo lleva a fallar en aquel mandato milenario de dar a Dios un día, con el descanso y la religión). El que tiene corazón de hijo, lo deja todo y va al encuentro de su Padre, de sus hermanos y el gran alimento es Jesús. “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”(Jn 3,16). El que tiene corazón de hijo no puede por menos que reaccionar ante semejante noticia y se esfuerza y va. Sabemos que estamos ante una vorágine de descristianización, no tenemos más una cultura cristiana. Así no se dice más “el día del Señor” (eso significa en latín la palabra domin go)

sino día de descanso, como muchos ya no dicen navidad sino fiestas decembrinas, y así, la semana santa para muchos ya no es santa sino vacaciones de primavera, etc. Los que queremos tener corazón de hijo, el que ama y responde a su Padre que lo invita, decimos hoy como entonces: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”.

El acontecimiento de Fátima

Fátima sucede como una irrupción de la luz de Dios en las sombras de la Historia humana. En el amanecer del siglo XX, hace eco, en la aridez de Cova de Iria, la promesa de la misericordia, recordando a un mundo arraigado en conflictos y ansiosos de una palabra de esperanza de la buena nueva del Evangelio, la buena noticia de un encuentro prometido en la esperanza, como gracia y misericordia.

«No temáis. Soy el Ángel
de la Paz. Orad conmigo.»
Es como una invitación a la confianza que inaugura el acontecimiento de Fátima. Precursor de la presencia de la luz de Dios que disipa el miedo, el Ángel se anuncia por tres veces a los videntes, en 1916, con una convocatoria a la adoración, actitud fundamental que los ha de predisponer para acoger los designios de la misericordia del Altísimo. Es esta convocatoria al silencio habitado por la presencia transbordante del Dios Vivo la que se ve reflejada en la oración que el Ángel enseña a los tres niños: Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo.
Postrados por tierra, en adoración, los pequeños pastores comprenden que allí se inaugura una vida renovada. De la humildad de la postración de toda su existencia en adoración ha de brotar el don confiante de la fe de quien se hace discípulo, la esperanza de quien se sabe acompañado en la intimidad de la amistad con Dios, y el amor como respuesta al amor inaugural de Dios, que fructifica en el cuidado por los otros, particularmente por los que se sitúan al margen del amor, por los que «no creen, no adoran, no esperan y no aman».
Al recibir del Ángel la Eucaristía, los pastorcitos ven confirmada su vocación a una vida eucarística, a una vida hecha don a Dios por los demás. Acogiendo, por la adoración, la gracia de la amistad con Dios, son comprometidos, por el sacrificio eucarístico, con la ofrenda total de sus vidas.

«¿Queréis ofreceros a Dios?»
En mayo de 1917, la Señora llena de gracia se anuncia transbordando la luz de Dios, en la cual los videntes se ven «más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos». En la experiencia mistagógica de la luz que emana de las manos de la Señora, los pequeños pastores están llenos por una presencia que se graba indeleblemente en lo más íntimo y los consagra testigos proféticos de la misericordia de Dios que, desde el fin de la historia, ilumina el enredo del drama humano.
El secreto que en Fátima se da es precisamente la revelación del misterio humano a la luz de Dios. En las imágenes que se suceden en la mirada de Jacinta, Francisco y Lucía, se ofrece la síntesis del drama difícil de la libertad humana. La visión del infierno es memorial de que la historia se abre sobre otros horizontes, más definitivos de lo que inmediato, y que Dios ansía tanto por ese encuentro escatológico en el que la persona es recuperada para el amor en cuanto aprecia su libertad. Así también, la visión de la Iglesia mártir -que, encabezada por el obispo vestido de blanco, atraviesa las ruinas de la gran ciudad, cargando su sufrimiento y su oración, para postrarse, por fin, delante de la Cruz- evoca una historia humana asfixiada en las ruinas de sus enfrentamientos y de sus egoísmos, y una Iglesia que carga esas ruinas, cual viacrucis, para entregarse finalmente a Dios en un don total, delante de la Cruz -símbolo del don del propio Dios. Esa Iglesia es semilla de otro hecho de vida lleno de gracia, a la imagen del Corazón Inmaculado de María. El corazón de aquel que se consagra a Dios es inmaculado por su misericordia y, por ella, ungido en misión. El secreto que en Fátima se da es revelación de la confianza de que, por fin, este Corazón Inmaculado lleno de gracia triunfará.

El hecho creyente del Corazón Inmaculado se ofrece como oración y como sacrificio.
La Señora del Rosario convoca insistentemente a los videntes a la oración, ese lugar de encuentro en el que se enraizará su intimidad con Dios. Los trazos concretos de la oración pedida en Fátima son los del rosario, recordado por la Señora en cada una de las seis apariciones, bajo el signo de la urgencia. En esta pedagogía humilde de la fe orante, el creyente es convocado a acoger los misterios del don mayor del Cristo en su corazón y a dejarse llamar por su amor que redime las heridas de la libertad humana. Que el rosario siga apuntando como camino para la paz es señal de que el acogimiento del Verbo llena de gracia el corazón humano, cautivo de egoísmo y de la violencia, y pacifica la historia con el coraje de los humildes.
La intimidad con Dios transforma la vida en sacrificio por los hermanos, particularmente aquellos sobre quien recae la mirada compasiva de Dios. El don de si, esto es lo que significa el sacrifico. Amado como hijo, el corazón humano se renueva a imagen del Padre y asume toda su pasión por la humanidad. Cara a los dramas del mundo, la libertad centrada en Dios se implica en sus designios de misericordia que abarcan a cada mujer, a cada hombre, en la misión reconciliadora del Hijo de reunir a todos en un solo redil (Jn 10, 16). En la gramática difícil del sacrificio, la vida es asumida con coraje en su verdad y la libertad es pulida para el don de sí.
Como que en la transparencia de este don de si por los otros, brota la invitación a la consolación del Dios de toda la consolación (2Cor 1,3). En el desconcierto de esta invitación se manifiesta la verdadera amistad con Dios. La mirada de lo íntimo de Dios encuentra su tristeza cara a los vacíos del amor de los dramas de la historia y de las libertades humanas, y se deja conmover, para luego desear consolar al propio Dios.
En el último encuentro con la Señora del Rosario, en octubre, la esperanza en la promesa del triunfo del Corazón lleno de gracia es sellado con la bendición del Cristo.

«Gracia y Misericordia.»
El acontecimiento de Fátima transborda las fronteras de Cova de Iria. La palabra conclusiva de este acontecimiento es ofrecida en Pontevedra y Tui a la vidente Lucía, entre 1925 y 1929. El Corazón Inmaculado de María, que se ofrecerá ya como «refugio y camino que conduce hasta Dios», se da, aún una vez, como regazo materno dispuesto a acoger los dramas de la historia de los hombres y de los hombres de la historia que a él se consagren y para confiarlos al Corazón misericordioso de Dios. El Corazón de la Inmaculada figura la vocación de cada mujer, de cada hombre, desde siempre soñados para la gracia. La consagración a este Corazón lleno de gracia afirma la certeza de que la vocación del hombre es la vida plena en Dios. Para ese horizonte apunta también el amago de la petición de la comunión reparadora en los primeros sábados. Esos sabath, días consagrados al encuentro con Dios, son imagen de una vida toda a el consagrada.
Al final, todo es «Gracia y Misericordia». El misterio de la comunión trinitaria, luz que traspasa todo el acontecimiento de Fátima, se revela, aún, para recordar que el Corazón compasivo de Dios se hace don. Que el testimonio frágil de tres niños de una aldea remota de la Sierra d’Aire promueva, hasta los confines de la tierra, el encuentro con esa luz del corazón misericordioso de Dios, es apenas señal, confirmado también en Cova de Iria, de que la historia definitiva se construyó con la fuerza de Dios operando en la disponibilidad de los humildes.

Pbro. Lic. Omar Grajeda Valles
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Jóvenes: ¡hablen con valentía y…Escuchen con humildad!

El lunes 19 de marzo inició en Roma un encuentro muy especial. Unos 340 jóvenes de todo el mundo, incluso protestantes y ateos, se encontraron en la reunión Pre-Sinodal en preparación para el Sínodo de los obispos del mes de octubre cuyo tema es: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Más de 15 mil se unieron a través de las redes sociales, respondiendo y comentando 15 preguntas que la Iglesia les lanzó a los jóvenes del mundo sobre su identidad, sobre su fe en Cristo y la Iglesia, así como su visión del futuro. El lema del encuentro fue: Hablemos juntos (We talk together).
El viernes 24, después de un arduo trabajo en 20 grupos lingüísticos y casi sin dormir, terminaron un documento que entregaron al Papa Francisco que se unirá al material para ser enviado a todas las diócesis del mundo, en preparación al Sínodo de los obispos de octubre. Siendo un encuentro de obispos, ha querido el Papa primero escuchar a los jóvenes, para no intentar dar respuestas a preguntas que los jóvenes no se hacen. Ya desde su primera intervención invitó a todos los representantes que hablaran con valentía y que escucharan con humildad.
Quiero compartirles algunos elementos que creo reflejan lo que los jóvenes quieren decirnos a toda la Iglesia, y que quedaron plasmados en ese documento que está publicado en internet como “Documento Reunión Pre-Sinodal.” Tiene 3 partes:
-Primera: DESAFÍOS Y OPORTUNIDADES DE LOS JÓVENES EN EL MUNDO ACTUAL: Formación de personalidad, La relación con la diversidad, Los jóvenes y el futuro, La relación con la tecnología, La búsqueda del sentido de la existencia.
-Segunda: FE Y VOCACIÓN, DISCERNIMIENTO Y ACOMPAÑAMIENTO: Los jóvenes y Jesús, La fe y la Iglesia, El sentido vocacional de la vida, El discernimiento vocacional, Los jóvenes y el acompañamiento.
-Tercera: LA ACCIÓN EDUCATIVA Y PASTORAL DE LA IGLESIA: Estilo de Iglesia, Jóvenes protagonistas, Lugares a privilegiar, Iniciativas a reforzar, Los instrumentos a utilizar (Multimedia, Experiencias anuales periódicas, Las Artes y la Belleza, Adoración, meditación y contemplación, Testimonio y El proceso sinodal).
Vale la pena destacar que la identidad del joven también se forma por nuestras relaciones externas y pertenencia a grupos específicos, asociaciones y movimientos activos también fuera de la Iglesia. A veces, las parroquias ya no son lugares de conexión. Reconocemos el rol de educadores y amigos, por ejemplo, líderes de grupos juveniles que pueden llegar a ser para nosotros buenos ejemplos. Necesitamos encontrar modelos atractivos, coherentes y auténticos. Necesitamos explicaciones racionales y críticas para los asuntos complejos.
Algunos hoy consideran la religión un asunto privado. A veces, sentimos que lo sagrado resulta lejano de nuestra vida cotidiana. La Iglesia suele aparecer como demasiado severa y excesivamente moralista. En otras ocasiones, en la Iglesia, es difícil superar a la lógica del “siempre se ha hecho así”. Necesitamos una Iglesia acogedora y misericordiosa, que aprecie sus raíces y patrimonio y que ame a todos, incluso a aquellos que no siguen los estándares. Muchos de los que buscan una vida en paz acaban entregándose a filosofías o experiencias alternativas.
Sobre la relación con Jesús: Una forma de superar la confusión que los jóvenes tienen con respecto a quién es Jesús, implica un volver a las Escrituras para comprenderlo más profundamente en su vida y en su humanidad. Los jóvenes necesitan encontrarse con la misión de Cristo, no con lo que pueden percibir como una expectativa moral imposible. No obstante, se sienten inseguros sobre cómo hacerlo. Este encuentro necesita ser fomentado en los jóvenes y abordado por la Iglesia.
Un estilo de Iglesia diferente. “Los jóvenes de hoy anhelan una Iglesia que sea auténtica. Queremos decir, especialmente a la jerarquía de la Iglesia, que debe ser una comunidad transparente, acogedora, honesta, atractiva, comunicativa, asequible, alegre e interactiva.
Una Iglesia creíble es aquella que no tiene miedo de mostrase vulnerable. La Iglesia debe ser sincera en admitir sus errores presentes y pasados, que sea una Iglesia conformada por personas capaces de equivocarse y de hacer malinterpretaciones. La Iglesia debe condenar acciones tales como los abusos sexuales y los males manejos de poder y dinero. La Iglesia debería continuar a fortalecer su posición de no-tolerancia hacia los abusos sexuales dentro de sus instituciones; y su humildad sin duda aumentará su credibilidad frente al mundo juvenil. Si la Iglesia actúa de esta manera, entonces se diferenciará de otras instituciones y autoridades de las cuales los jóvenes, en su mayoría, ya desconfían”.
Seguir en diálogo: la Iglesia “joven” y la Iglesia “vieja”, en el proceso sinodal. “Hemos estado muy emocionados al ser tomados en cuenta por la jerarquía de la Iglesia y sentimos que este diálogo entre la “joven” y la “vieja” Iglesia es un proceso vital y fecundo de escucha. ¡Sería una pena si este diálogo no tuviera la posibilidad de continuar y crecer! Esta cultura de la apertura es extremamente saludable para nosotros”. Esta reflexión nos lleva a seguir impulsando a nuestros jóvenes. Un signo de unidad será la Vigilia de Pentecostés que haremos el sábado 19 de mayo con todos los jóvenes.

Participar para transformar

MENSAJE DE LOS OBISPOS MEXICANOS
CON MOTIVO DEL PROCESO ELECTORAL 2018

Queridos hermanos y hermanas de la Iglesia que peregrina en México:
1. Participar en la vida cívica y política de nuestras comunidades es una obligación ciudadana y cristiana que no podemos ni debemos obviar. Sólo participando podemos transformar positivamente nuestra nación, en fidelidad a sus orígenes y a su destino histórico.
Durante el presente año se realizarán elecciones en las que se renovarán más de 3 mil cargos públicos en entidades federativas, incluyendo al Presidente de la República, a los Senadores, a los Diputados federales, a 9 gobernadores, a más de 1000 alcaldes y una parte importante de los diputados locales. Sin embargo, lo más relevante es que cerca de 90 millones de mexicanos, mayores de 18 años, podremos emitir nuestro voto de manera libre y secreta.
A continuación deseamos compartirles algunos elementos que ayuden al discernimiento personal y comunitario que cada fiel cristiano está llamado a hacer para cumplir con la obligación moral de elegir a sus gobernantes y legisladores.
2. En la actualidad, como en otros momentos debemos recordar que “en las situaciones concretas, y teniendo siempre en cuenta la solidaridad que nos es debida, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones [políticas] posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes.” (Cfr. Paulo VI, Octogesima Adveniens, 50). Esto quiere decir que la fe cristiana trasciende las propuestas políticas concretas y deja en libertad a los fieles, para que elijan en conciencia de acuerdo a los principios y valores que han descubierto en la experiencia de la fe.
Jesucristo, núcleo central de nuestra fe, nos revela verdades fundamentales que también son accesibles a la razón humana y que ayudan a que la vida de todos sea más digna y libre: el respeto que merecen las personas desde el momento de la fecundación y hasta la muerte natural; la importancia del matrimonio heterosexual y monogámico; la vigencia de la más plena libertad para vivir de manera individual y asociada de acuerdo a nuestras opciones en conciencia en materia religiosa; la centralidad ética y social que poseen los más pobres y excluídos de nuestras sociedades, etcétera.
3. En el escenario concreto que vivimos, cuando los valores fundamentales palidecen, es preciso hacer el esfuerzo de un discernimiento crítico que nos permita optar en conciencia por quienes puedan realizar en lo posible el auténtico bien común. Por lo que exhortamos, a todos los cristianos y personas de buena voluntad, a:
• PARTICIPAR CÍVICAMENTE: entre más ciudadanos participen organizadamente en las elecciones, más posibilidades habrá de que nuestra sociedad madure y sea corresponsable en la gestión del bien común. Todos debemos alentar la participación.
• ORAR EN FAMILIA Y EN COMUNIDAD: para que la próxima jornada electoral se realice, en paz y armonía, y sea al mismo tiempo, una gran ocasión para que desde la fe todos podamos mostrar nuestro compromiso con México, es decir, con el pueblo real, que hoy se encuentra, en diversas regiones y en difíciles circunstancias, sufriendo.
• BUSCAR EL “BIEN POSIBLE”: hay que evitar a toda costa elegir en base al “mal menor”. En la enseñanza de la Iglesia el mal moral no puede ser elegido nunca ni como fin ni como medio. El principio del “mal menor” sólo aplica cuando los males en juego son de orden físico, no moral.
En contextos complejos e imperfectos lo que debe imperar es la búsqueda del “bien posible” que aunque sea modesto, todos estamos obligados a procurar. En un proceso electoral como el que tendremos, esto significa que la conciencia cristiana debe discernir cual de las opciones puede generar un poco más de bien, tomando en cuenta la complejidad de las circunstancias. Hacer el “bien posible” significa impulsar lo que aporte al bien común, a la paz, a la seguridad, a la justicia, al respeto a los derechos humanos, al desarrollo humano integral y a la solidaridad real con los más pobres y excluidos.

• ELEGIR A LAS PERSONAS: en todos los partidos podemos encontrar personas más o menos comprometidas con el bien común. Por ello, es necesario discernir por quién votar. Lo prudente y responsable es buscar para cada puesto de elección popular a la persona más idónea y no dejarnos manipular para que votemos en bloque por un solo tipo de propuesta, de manera irreflexiva y mucho menos bajo alguna modalidad de “compra de voto”. Entre más libertad exista al momento de elegir, más capacidad tendremos al momento de exigir.

• EL MÉXICO QUE QUEREMOS ES POSIBLE: y requiere fundamentalmente de un gobierno que trabaje con honestidad y eficacia; pero también, de ciudadanos participativos que den seguimiento a los procesos de Justicia, Fraternidad y Paz. El voto de los mexicanos, debe producir Gobernantes y autoridades responsables; y generar una opinión cívica crítica. Pues en el ejercicio ordinario de los funcionarios, nuestro voto exige el sano control sobre nuestros políticos: en su remuneración y gratificaciones, en los gastos de partidos y publicidad, en los proyectos y obras públicas, en el control de la corrupción, la ilegalidad y la eliminación de arbitrariedades.

4. Sólo la presencia participativa, de manera constante y solidaria en la vida de nuestro país, destierra gradualmente la violencia, la corrupción, la impunidad y el compadrazgo. Es tiempo de que los católicos, acompañados de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, trabajemos comprometidamente por un México más próspero y pacífico, más solidario y participativo, más atento al rostro de los más pobres y menos cómplice de quienes los olvidan, los manipulan o los marginan.

5. Santa María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive y Patrona de nuestra libertad, interceda por nosotros, para que trabajemos sin desfallecer por la unidad y soberanía de nuestro pueblo; por la promoción y defensa de nuestras comunidades y familias; y por reintegrar en su dignidad a todos aquellos, hermanos nuestros que hayan sufrido alguna vejación, discriminación o inequidad. Que Ella preserve la paz en nuestra Patria, nos dé buenos gobernantes y nos permita descubrir los caminos de justicia, reconciliación y esperanza por los que como sociedad debemos transitar desde el momento presente.
Por los obispos mexicanos.
Ciudad de México, a 19 de marzo de 2018.

FAKE NEWS Y PERIODISMO DE PAZ LA VERDAD OS HARÁ LIBRES (JN 8,32)

Queridos hermanos y hermanas:
En el proyecto de Dios, la comunicación humana es una modalidad esencial para vivir la comunión. El ser humano, imagen y semejanza del Creador, es capaz de expresar y compartir la verdad, el bien, la belleza. Es capaz de contar su propia experiencia y describir el mundo, y de construir así la memoria y la comprensión de los acontecimientos.
Pero el hombre, si sigue su propio egoísmo orgulloso, puede también hacer un mal uso de la facultad de comunicar, como muestran desde el principio los episodios bíblicos de Caín y Abel, y de la Torre de Babel (cf. Gn 4,1-16; 11,1-9). La alteración de la verdad es el síntoma típico de tal distorsión, tanto en el plano individual como en el colectivo. Por el contrario, en la fidelidad a la lógica de Dios, la comunicación se convierte en lugar para expresar la propia responsabilidad en la búsqueda de la verdad y en la construcción del bien.
Hoy, en un contexto de comunicación cada vez más veloz e inmersos dentro de un sistema digital, asistimos al fenómeno de las noticias falsas, las llamadas «fake news». Dicho fenómeno nos llama a la reflexión; por eso he dedicado este mensaje al tema de la verdad, como ya hicieron en diversas ocasiones mis predecesores a partir de Pablo VI (cf. Mensaje de 1972: «Los instrumentos de comunicación social al servicio de la verdad»). Quisiera ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad.

1. ¿Qué hay de falso en las «noticias  falsas»?
«Fake news» es un término discutido y también objeto de debate. Generalmente alude a la desinformación difundida online o en los medios de comunicación tradicionales. Esta expresión se refiere, por tanto, a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas.
La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.
La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

2. ¿Cómo podemos reconocerlas?
Ninguno de nosotros puede eximirse de la responsabilidad de hacer frente a estas falsedades. No es tarea fácil, porque la desinformación se basa frecuentemente en discursos heterogéneos, intencionadamente evasivos y sutilmente engañosos, y se sirve a veces de mecanismos refinados. Por eso son loables las iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento. Son asimismo encomiables las iniciativas institucionales y jurídicas encaminadas a concretar normas que se opongan a este fenómeno, así como las que han puesto en marcha las compañías tecnológicas y de medios de comunicación, dirigidas a definir nuevos criterios para la verificación de las identidades personales que se esconden detrás de  millones de perfiles digitales.
Pero la prevención y la identificación de los mecanismos de la desinformación requieren también un discernimiento atento y profundo. En efecto, se ha de desenmascarar la que se podría definir como la «lógica de la serpiente», capaz de camuflarse en todas partes y morder. Se trata de la estrategia utilizada por la «serpiente astuta» de la que habla el Libro del Génesis, la cual, en los albores de la humanidad, fue la artífice de la primera fake news (cf. Gn 3,1-15), que llevó a las trágicas consecuencias del pecado, y que se concretizaron luego en el primer fratricidio (cf. Gn 4) y en otras innumerables formas de mal contra Dios, el prójimo, la sociedad y la creación.
La estrategia de este hábil «padre de la mentira» (Jn 8,44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes. En la narración del pecado original, el tentador, efectivamente, se acerca a la mujer fingiendo ser su amigo e interesarse por su bien, y comienza su discurso con una afirmación verdadera, pero sólo en parte:«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,1). En realidad, lo que Dios había dicho a Adán no era que no comieran de ningún árbol, sino tan solo de un árbol: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás» (Gn 2,17). La mujer, respondiendo, se lo explica a la serpiente, pero se deja atraer por su provocación:«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» (Gn 3,2). Esta respuesta tiene un sabor legalista y pesimista: habiendo dado credibilidad al falsario y dejándose seducir por su versión de los hechos, la mujer se deja engañar. Por eso, enseguida presta atención cuando le asegura: «No, no moriréis» (v. 4). Luego, la deconstrucción del tentador asume una apariencia creíble: «Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (v. 5). Finalmente, se llega a desacreditar la recomendación paternal de Dios, que estaba dirigida al bien, para seguir la seductora incitación del enemigo: «La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable» (v. 6).  Este episodio bíblico revela por tanto un hecho esencial para nuestro razonamiento: ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos.
De lo que se trata, de hecho, es de nuestra codicia. Las fake news se convierten a menudo en virales, es decir, se difunden de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano.
Las mismas motivaciones económicas y oportunistas de la desinformación tienen su raíz en la sed de poder, de tener y de gozar que en último término nos hace víctimas de un engaño mucho más trágico que el de sus manifestaciones individuales: el del mal que se mueve de falsedad en falsedad para robarnos la libertad del corazón. He aquí porqué educar en la verdad significa educar para saber discernir, valorar y ponderar los deseos y las inclinaciones que se mueven dentro de nosotros, para no encontrarnos privados del bien «cayendo» en cada tentación.

3. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)
La continua contaminación a través de un lenguaje engañoso termina por ofuscar la interioridad de la persona. Dostoyevski escribió algo interesante en este  sentido: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo» (Los hermanos Karamazov, II,2).
Entonces, ¿cómo defendernos? El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. En la visión cristiana, la verdad no es sólo una realidad conceptual que se refiere al juicio sobre las cosas, definiéndolas como verdaderas o falsas. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras, «desvelar la realidad», como lleva a pensar el antiguo término griego que la designa, aletheia (de a-lethès, «no escondido»). La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz ‘aman, de la cual procede también el Amén litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, «verdadero», es el Dios vivo. He aquí la afirmación de Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn 14,6). El hombre, por tanto, descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama. Sólo esto libera al hombre: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).
Liberación de la falsedad y búsqueda de la relación: he aquí los dos ingredientes que no pueden faltar para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos, dignos de confianza. Para discernir la verdad es preciso distinguir lo que favorece la comunión y promueve el bien, y lo que, por el contrario, tiende a aislar, dividir y contraponer. La verdad, por tanto, no se alcanza realmente cuando se impone como algo extrínseco e impersonal; en cambio, brota de relaciones libres entre las personas, en la escucha recíproca. Además, nunca se deja de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad, también cuando se dicen cosas verdaderas. Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad. Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

4. La paz es la verdadera noticia
El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas, personas que, libres de la codicia, están dispuestas a escuchar, y permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje. Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.
Por lo tanto, deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.
Por eso, inspirándonos en una oración franciscana, podríamos dirigirnos a la Verdad en persona de la siguiente manera:
Señor, haznos instrumentos de tu paz.
Haznos reconocer el mal que se insinúa en una comunicación que no crea comunión.
Haznos capaces de quitar el veneno de nuestros juicios.
Ayúdanos a hablar de los otros como de hermanos y hermanas.
Tú eres fiel y digno de confianza; haz que nuestras palabras sean semillas de bien para el mundo:
donde hay ruido, haz que practiquemos la escucha;
donde hay confusión, haz que inspiremos armonía;
donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad;
donde hay exclusión, haz que llevemos el compartir;
donde hay sensacionalismo, haz que usemos la sobriedad;
donde hay superficialidad, haz que planteemos interrogantes verdaderos; donde hay prejuicio, haz que suscitemos confianza;
donde hay agresividad, haz que llevemos respeto;
donde hay falsedad, haz que llevemos verdad.
Amén.

Vaticano, 24 de enero de 2018
Francisco

Magisterio Papal
Pbro. Lic Martín Eduardo Hernández Baeza
DIRECTOR DE LA REVISTA Y RESPONSABLE DE CODIPACS

¡Los ojos puestos en Pentecostés!

Lo sabemos, Pentecostés es la gran fiesta del Espíritu Santo. Pero no es improvisada, como una fecha fija en el calendario, sino es la consecuencia de toda una preparación que dura más de tres meses. Efectivamente, comienza desde la cuaresma, pasa por la Semana Mayor con la tremenda vivencia del Misterio Pascual (la muerte y resurrección del Señor), triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, victoria que se goza durante todo el tiempo pascual (cincuenta días) y llega al momento culminante, la cosecha, la consecuencia de todo lo vivido: recibir el Espíritu Santo.
A los apóstoles eso les pasó: cincuenta días después de la cruz y haber convivido con el Resucitado, allá en el cenáculo les irrumpió el Espíritu Santo. Y allí cambió todo. El Espíritu del Señor los cambió interiormente, los iluminó, los santificó, les dio alegría y una fuerza y valentía incontenible para llevar el evangelio a toda creatura.
Y San Pedro dijo en aquél primer discurso evangelizador: “esta promesa es para ustedes” (Hech 2,39). ¿Cuál? ¡La del Espíritu Santo! El fruto exquisito, emanado como un grato perfume reconfortante de la cruz de Cristo fue el Espíritu Santo. San Juan lo dice con profundidad, al afirmar que al punto que Jesús muere “entregó el Espíritu” (Jn 19,30).
Y a partir de entonces lo derrama siempre sobre nosotros, sobre su Iglesia. Porque esta promesa es para nosotros, que nos enviaría su Santo Espíritu.
Pero ¿hace falta que venga el Espíritu Santo otra vez? ¿El mundo de hoy lo necesita? ¿Todavía tiene algo que decirnos el Espíritu Santo?
Con contundencia hay que reconocer que hoy más que nunca necesitamos la fuerza transformadora del Espíritu Santo. No solo porque tenga algo todavía que decir, sino porque tiene TODO por decirnos. Un ejemplo entre mil: Estamos en una época cuya capacidad de comunicación no tiene precedentes, todos tenemos un celular en las manos, todos sabemos todo y de todo, basta activar la aplicación pertinente. Pero, siendo tan expedita la comunicación, sin embargo ha generado el aislamiento, la soledad, y aún el egoísmo, sin relaciones personales serias nutritivas, Hay comunicación, pero no hay comunión. Y el Espíritu Santo es COMUNIÓN. Al interior de la Trinidad, y para la comunidad de fe. Es el Espíritu Santo el que hace la comunidad, fortalece las relaciones personales porque Él es Relación Personal con el Padre, con el Hijo, ¡y con nosotros, para nosotros y entre nosotros!
Lo necesitamos. Las computadoras son tan sofisticadas hoy que nos ayudan a manejar infinita información, para razonar, construir el pensamiento, profundizar en la reflexión. Se dice que llegará un día, quizá no lejano, en que una computadora será capaz de pensar por sí sola. Quizá. Pero lo que sí es claro es que si una computadora llegara a pensar, nunca habrá una que llegue a amar, eso jamás lo podrá hacer, amar. Y la esencia de la vida es amar, lo que da sentido a la vida es amar. Y por más avances que tengamos, sólo el Amor vertebra y da sentido a la vida. Y eso es el Espíritu Santo, es el AMOR, es Dios amor, es el amor entre el Padre y el Hijo. (El Padre es el amante, el Hijo es el amado y el Espíritu Santo es el amor). Entonces, a la pregunta de si necesitamos el Espíritu Santo, la respuesta es contundente: Necesitamos el amor, el de Dios.
En un mundo tan inhumano, injusto, donde se olvida lo esencial, que es amar de verdad, en un mundo frio como el hielo, necesitamos el fuego del Espíritu Santo.
Y la gran noticia es que ¡Va a venir! ¡Vendrá en Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo! Una vez más se derrama sobre nosotros, superabundantemente.
Nos queda la esperanza, o sea, el deseo confiado de recibir este poderoso Señor, dador de vida. Por eso, en este momento el gran pregón, el grito esperanzado es ¡los ojos puestos en Pentecostés! Porque de que va a venir, seguro que vendrá. ¡Que no te encuentre distraído!

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral