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Iglesia una, Santa, Católica y Apostólica

Nos estamos preparando para vivir nuestro vigésimo quinto aniversario de fundación de nuestra Diócesis. Nos ayuda recordar que somos la Iglesia de Cristo, la que Él fundó. Y creemos que en cada Iglesia particular, o sea en cada Diócesis se realizan y expresan las cuatro características que profesamos en el Credo: La Iglesia es Una. Única Iglesia fundada y querida por Cristo Jesús. Iglesia una que, por el pecado de los hombres, tantas veces se ha fragmentado y debilitado. Iglesia de Cristo, túnica inconsútil de Cristo Jesús que nos empeñamos en romper. Como Iglesia Diocesana hemos de preservar la unidad entre nosotros los que formamos la Iglesia Católica. Es el testimonio que el mundo espera de nosotros, es el sueño de oro de Jesús: “Padre que ellos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” Así la Diócesis se ha empeñado en vivir la espiritualidad de comunión, buscando la integración, la comunicación, la unión entre los que la formamos. A veces, influidos por doctrinas extrañas al evangelio rompemos la unidad. Y esto nos hace un daño, tantas veces irreparable. No podremos estar en paz mientras haya hermanos nuestros, bautizados, que no se sientan atraídos y recibidos por nosotros en nuestras comunidades, por el amor, la alegría, la paz. La Iglesia es Santa, porque su fundador es Santo, porque en ella se producen los frutos de santidad, ella nos coloca en la misma acción santificadora de Dios, y el Espíritu Santo santificador en ella campea a sus anchas produciendo la santidad entre sus fieles. Iglesia Santa que reparte y custodia lo Santo. Iglesia Santa que denuncia el pecado de la injusticia, de la maldad, rompe con la mentira y proclama la verdad. Iglesia Santa porque es esposa fiel de Jesucristo el Santo que la redime y dignifica. La Iglesia está compuesta de hombres y mujeres… pecadores. Alguien decía con mucha humildad y verdad que la Iglesia es, “un hospital de pecadores en lenta recuperación”. Pero llevamos en nosotros, como en vasijas de barro, tesoros de Santidad. Somos pecadores llamados a la santidad.
Iglesia Católica, la universal aquella que no distingue de razas ni naciones, que es abierta a todos y a la que están llamados a formar parte todos los hombres. Iglesia Católica que recibe a los pecadores, a los desheredados y marginados de la sociedad, Iglesia Católica que tiene compasión de los asediados por el malo, y de los que nadie quiere. Iglesia Católica, en el espacio y en el tiempo, llamada a ser levadura en la masa, buscadora del hombre, experta en humanidad. Iglesia Católica de corazón inmensamente grande para recibir a todos.
Un buen católico ama a la Iglesia en su catolicidad, y los católicos no siguen ninguna espiritualidad que no sea la católica, aman y promueven todo lo católico, todos los carismas de la Iglesia, y se hacen todo a todos, gozan con los dones que Dios da a cada uno, Y en cualquier lugar que sea católico ellos se sienten bien porque allí descubren y viven su ser Iglesia. Iglesia Apostólica, la que fundó Jesús, la que tiene como cimiento las doce columnas Apostólicas. Iglesia que es la del Papa y la de los Obispos, la de los Católicos de América y de Europa, de África y de Asía, de Oceanía, del mundo. Iglesia de Cristo que llamó a los que él quiso y los constituyó en Apóstoles para darles la misma misión que el Padre le había confiado a él, hasta el fin del mundo y de los tiempos. Con qué fuerza han de vivir los católicos este rasgo eclesial de la Apostolicidad. En las realidades católicas, como las parroquias y grupos, no se ha de conocer la disensión, la fractura con el Magisterio, antes más bien una obediencia obsequiosa y confiada a las enseñanzas del Papa y de los Obispos, de los sacerdotes, sus fieles colaboradores. Sentir con la Iglesia la urgencia del apostolado, somos discípulos misioneros. …Y estas cuatro características de la Iglesia han de ser vividas por…cada uno de nosotros. Trabajando por la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia en mí, porque soy Iglesia.

Editorial
Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral

En busca de una fe viva

La búsqueda de una fe viva corresponde a la necesidad de encontrar un viviente creíble. Nadie confía plena y vivamente en un objeto o en una idea, sino en alguno que comparta la vida, la acompañe y la sostenga. En este sentido Dios, que se hace cercano, encuentra y provoca la fe del hombre a través la amistad causada por el amor. Existe un libro pequeño, aunque no por ello simple, del teólogo H. U. Von Balthasar que resume esta idea en su título: SOLO EL AMOR ES DIGNO DE FE. Del mismo modo la imagen bíblica abrevia esta idea con la intuición aguda del Pastor que conoce y es conocido por sus ovejas (Cfr. Jn 10). Sólo el amor permite reconocer la voz del creíble, del confiable.
El camino y la búsqueda de cada creyente descansa en la conciencia intima e inmediata de dos seres evidentes: El yo y Dios. Cuando se duda de Dios es obvio que no puede surgir la fe, pero igualmente es imposible que surja la fe cuando se duda de uno mismo, para tener fe se requiere confianza en uno mismo. Por esto, la fe necesita de la vida que crece con la historia; sin una historia de salvación la fe carecería de realidad, sería una seria mentira. Dicho en otro modo con palabras del escritor Oscar Wille: “Todo santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro”.
Buscar significa salir de sí mismo, luchando contra todo tipo de dios falso y falsificador, hecho a la medida de la propia pobreza o de la razón humana. Creer en un dios a la medida humana es tener una fe muerta, porque el Dios de la vida es más grande que nuestros razonamientos e ideas.
Una fe viva confía, se apropia con el corazón de la verdad en la que cree aun antes de comprenderla con la cabeza. Primero se cree, después se comprende; primero se acepta, luego se crece en la conciencia del bien recibido. La dinámica de la fe viva exige que no exista ni la prisa ni el deseo de control. Cada cual debe encontrar su camino y su ritmo como signo de autenticidad. Los seguidores de Cristo no son autómatas.
Se acercan los 25 años de nuestra Diócesis, es una gran oportunidad para analizar nuestra fe, personal y comunitaria, mas no a modo de juicio o con la cabeza, sino con la misma confianza que tiene Dios en nosotros. Nuestro Dios confía en los seres humanos y lo hace a partir de la vida del Hijo del Hombre, que al mismo tiempo es Hijo de Dios: Jesucristo, nuestro Señor.

Desde Roma
Pbro. Hugo Rodríguez Caro
Estudiante de Teología en Roma

El mensaje de la Verbum Domini

La Exhortación apostólica post sinodal Verbum Domini de Benedicto XVI relanza la contemplación personal y eclesial de la Palabra de Dios en la Biblia, en la Divina Liturgia y en la vida de los creyentes y como esta edición de la revista está dedicada a la sagrada escritura es conveniente recordar este importante documento del magisterio de la iglesia.
“Redescubrir la centralidad de la Palabra de Dios” en la vida personal y de la Iglesia y “la urgencia y la belleza” de anunciarla para la salvación de la humanidad como “testigos convencidos y creíbles del Resucitado”. Es éste en síntesis, el mensaje del papa emérito Benedicto XVI en la Exhortación apostólica post sinodal “Verbum domini”, que recoge las reflexiones y las propuestas surgidas del Sínodo de los obispos, que tuvo lugar en el Vaticano en octubre de 2008 sobre el tema “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. El documento de casi 200 páginas, es un apasionado llamamiento dirigido por el Papa a los Pastores, a los miembros de la vida consagrada y a los laicos, para que tengan cada vez más familiaridad con las sagradas Escrituras, no olvidando nunca “que en el fundamento de toda auténtica y viva espiritualidad cristiana está la Palabra de Dios anunciada, acogida, celebrada y meditada en la Iglesia”.
“En un mundo que a menudo siente a Dios como superfluo y extraño” -afirma el Papa emérito – no existe prioridad más grande que ésta: abrir al hombre los accesos para que confluyan hacia Dios. Benedicto XVI subraya con fuerza que “Dios habla e interviene en la historia a favor del hombre”. “La Palabra de Dios no se contrapone al hombre, no mortifica sus deseos auténticos, sino que los ilumina, purificándolos, llevándolos a cumplimiento. En nuestra época se ha difundido desgraciadamente, de especial modo en Occidente, la idea de que Dios es extraño a los problemas del hombre y que su presencia amenaza su autonomía”. En realidad, dice el Papa “sólo Dios responde a la sed que está en el corazón de todo hombre”.
Para el Santo padre emérito “es decisivo desde el punto de vista pastoral, presentar la Palabra de Dios para dialogar con los problemas que el hombre debe afrontar en la vida cotidiana”. En este contexto es necesario “ayudar a los fieles a distinguir bien la Palabra de Dios de las revelaciones privadas”, cuyo papel “no es el de ‘completar’ la Revelación, sino de ayudar a vivirla”. Por otra parte, el Pontífice analiza el estado actual de los estudios bíblicos, revelando la importante aportación dada por la “exégesis histórico-crítica, pero señala el grave riesgo de “un dualismo entre exégesis y teología”. El Papa auspicia “la unidad de los dos niveles interpretativos, que en definitiva presupone “una armonía entre fe y razón”, de manera que la fe “no degenere en fideísmo” y que la razón permanezca abierta”.El Santo Padre insiste más adelante en que “las raíces del Cristianismo se encuentran y se nutren del Antiguo Testamento, de ahí “el vínculo entre cristianos y hebreos, que nuca se debe olvidarse”. El documento afronta luego, la relación entre Palabra de Dios y liturgia. El Papa vuelve a insistir en un mayor cuidado durante la proclamación de la Palabra, en la lectura atenta de la misma. Pide asimismo “mejorar la cualidad de las homilías”. Subraya “el valor del silencio en las celebraciones, que favorezca el recogimiento” y es favorable a “cantos de clara inspiración bíblica como el gregoriano”.
Benedicto en su Exhortación apostólica post sinodal “Verbum domini”, también sugiere “incrementar la pastoral bíblica” como respuesta al fenómeno de la “proliferación de las sectas, que difunden una lectura distorsionada e instrumental de las sagradas Escrituras”. “Es necesaria una adecuada formación de los cristianos y en particular de los catequistas” y dice que el Sínodo auspicia, que haya una Biblia en cada casa. En el texto papal hay un llamamiento a “fortalecer en la Iglesia la conciencia misionera”. En este campo, el Papa reconoce con gratitud en este sentido el compromiso de los movimientos eclesiales.
El Pontífice emérito dirige con conmoción su pensamiento a todos los perseguidos a causa de Cristo y ofrece su solidaridad y afecto a todos los fieles de las comunidades en Asia y África. El documento post-sinodal lanza un llamamiento para “un renovado encuentro entre Biblia y culturas” deseando que haya una promoción del conocimiento de la Biblia en las escuelas y universidades, “por encima de viejos prejuicios”. Asimismo, se insiste en un compromiso más amplio y cualificado en el mundo de la información e internet. “Nuestra época -concluye el Papa- debe ser cada vez más un tiempo de nueva escucha de la palabra de Dios y de una nueva evangelización, porque “aun hoy Jesús resucitado nos dice: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas”.

Vida de santidad
Pbro. Lic Roberto Tarín Arzaga
Lic. En filosofía y Párroco de Santa Bárbara

La Biblia para el Papa Francisco

Con motivo de la publicación de la nueva Biblia para los jóvenes de la colección Youcat el Papa Francisco ha escrito un prólogo que describe de manera muy personal su relación con la Biblia. Este es el prólogo del Papa que compartimos con ustedes:
Mis queridos y jóvenes amigos:
Si alguna vez veis mi Biblia, quizás no os impresione mucho; ¿esta es la Biblia del Papa? ¡Un viejo libro deteriorado! Podrías ofrecerme una nueva, una a mil dólares, pero yo no la querría.
Amo profundamente mi vieja Biblia, que me ha acompañado la mitad de mi vida. Ha visto mis mayores alegrías y se ha mojado con mis lágrimas. Es mi tesoro más precioso. Vivo de ella y por nada del mundo querría separarme de ella.
Esta Biblia que acabáis de sacar me complace enormemente. Es tan colorida, tan rica en testimonios, en testimonios de santos, en testimonios de jóvenes, y da ganas de ir más lejos en la lectura hasta la última página.
¿Y después? Y después la escondes. Desaparece en una estantería, tras la tercera fila de libros. Se llena de polvo. Y vuestros hijos irán a venderla un día a un anticuario. ¡No, esto no debe pasar!

La Biblia es un libro
extremadamente peligroso
Quiero deciros algo: hoy hay más cristianos perseguidos que en los primeros tiempos de la Iglesia. ¿Y por qué son perseguidos? Son perseguidos porque llevan una cruz y se hacen testigos de Jesús. Son juzgados por poseer una Biblia.
La Biblia es un libro extremadamente peligroso. Tan peligroso que en muchos países se comportan como si tener una Biblia equivaliera a almacenar granadas militares en el armario de la ropa.
Es un no cristiano, Mahatma Gandhi, quien dijo un día: “Vosotros cristianos tenéis entre vuestras manos un libro que contiene suficiente dinamita como para reducir a migajas toda la civilización, derribar el mundo, hacer de este mundo devastado por la guerra un mundo en paz. Pero vosotros hacéis como si se tratara sólo de una pieza de buena literatura y nada más”.

Más que literatura
¿Qué tenéis entre las manos? ¿Un poco de literatura? ¿Unas bonitas y antiguas historias? En ese caso, es necesario que digáis a los cristianos que se dejan encarcelar a causa de su Biblia: “¡Pero sois estúpidos! No es más que un poco de literatura”. No, es por el Verbo de Dios que la Luz ha entrado al mundo y nunca se va a apagar.
En Evangelii Gaudium (175), dije: “Nosotros no buscamos a tientas ni necesitamos esperar que Dios nos dirija la palabra, porque realmente «Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido sino que se ha mostrado»[139]. Acojamos el sublime tesoro de la Palabra revelada”.

Un libro en el que Dios nos habla
Tenéis algo divino entre las manos: ¡un libro ardiente como las llamas! Un libro en el que Dios nos habla.
Así, entended esto: la Biblia no está ahí para ser puesta en una estantería; está ahí para que la toméis en las manos, para que la leáis a menudo, todos los días, solos o en grupo. Haciendo deporte o comprando.
¿Por qué no leéis la Biblia juntos, dos, tres o cuatro? Fuera, en la naturaleza, en el bosque, en la playa, por la noche a la luz de las velas: ¡haréis una experiencia prodigiosa! ¿Teméis quizás de que una propuesta así os ridiculice unos a otros?
¡Lee atentamente! No te quedes en la superficie como si leyeras un cómic! ¡Nunca hay que tratar superficialmente la palabra de Dios! Pregúntate: ¿Qué dice esto a mi corazón? ¿Qué me dice Dios a través de estas palabras? ¿Me tocan en lo profundo de mis aspiraciones? ¿Qué debo hacer a cambio?
Sólo de esta manera la fuerza de la Palabra de Dios puede tomar toda su dimensión. Sólo así nuestra vida puede cambiar, hacerse grande y bella.
¡Quiero deciros que yo leo mi vieja Biblia! A menudo la tomo aquí, la leo un poco allá, después la dejo y me dejo mirar por el Señor. No soy yo quien Le miro, es ÉL quien me mira. Sí, ÉL está ahí. Yo Le dejo poner sus ojos sobre mí. Y siento, sin sentimentalismo, siento en lo más profundo de las cosas lo que el Señor me dice.
A veces Él no habla
A veces Él no habla. Yo no siento nada, sólo vacío, vacío, vacío… Pero permanezco paciente y espero. Leo y rezo. Rezo sentado porque me hace mal arrodillarme. A veces incluso me duermo rezando. Pero no pasa nada. Soy como un hijo con su padre y eso es lo importante.

¿Queréis darme una alegría? ¡Leed la Biblia!
Vuestro papa Francisco

Magisterio Papal
Pbro. Lic. Martín Eduardo Hernández Baeza
Director de la revista y responsable de CODIPACS

La Biblia, su división, sus libros y sus lenguas

1. Hay muchas Biblias distintas.
¿Cuál es la buena?

Encontramos en las librerías decenas de títulos distintos: La Biblia de los mormones, La Biblia del pueblo, La Biblia de los gedeones, La Biblia latinoamericana, La Biblia de los Testigos de Jehová, La Biblia de Jerusalén y muchas más.

Esto se debe a dos motivos:
Personas de buena voluntad, que acordes con lo dictado por la Iglesia, han hecho traducciones y adaptaciones a los diferentes lenguajes, para hacer más accesible la Palabra de Dios a todos los hombres.

Sectas y religiones que han suprimido o retocado lo que no les gustaba, o que han adulterado el mensaje de Dios, al modificar las palabras originalmente escritas por los hagiógrafos.

Para saber si una Biblia es la original
Por todo lo anterior, al comprar una Biblia, es importante revisar que sea la original. ¿Cómo?

1. Verificando quen incluya los 73 libros que aparecen en la siguiente tabla: 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento.

2. Verificando en la contraportada que la Biblia esté aprobada por alguna autoridad de la Iglesia Católica. Esta aprobación aparece con las palabras en latín ‘imprimatur” y “nihil obstat”, que significan: “se puede imprimir” y “nada obstaculiza su impresión”.

3. Asesorándote con algún sacerdote de confianza.

2. División general

La Biblia se divide, ante todo, en dos grandes partes:
Antiguo Testamento
Nuevo Testamento, ambos relacionados entre sí.
La palabra latina testamentum -de donde viene la palabra española testamento- fue empleada al principio de la era cristiana, para traducir la voz griega: diatheké, que literalmente significaba disposición, contrato.
A su vez, los traductores griegos, llamados los Setenta, la usaron para traducir la expresión hebrea berit = pacto de soberanía, por medio de la cual designaban los hebreos la Alianza del Sinaí. Lo importante es que el término Testamento ha quedado para designar, hasta nuestros días, la división de las Escrituras.

3. División numérica de la Biblia

Dos grandes religiones se rigen por las enseñanzas de la Biblia: la judía y la cristiana, la cual está integrada por católicos, ortodoxos y diferentes denominaciones.
Los judíos sólo aceptan, como es claro, lo que nosotros llamamos Antiguo Testamento y lo dividen en tres grandes partes: “La Ley, los Profetas y otros escritos sagrados”. Está compuesta por 39 libros.
Para los católicos, la Biblia –Antiguo y Nuevo Testamento– está formada por 73 libros: 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento. Los protestantes de las principales denominaciones, sólo aceptan una lista bíblica de 66 libros: 39 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo.
Como se ve, la diferencia entre católicos y protestantes se encuentra, no en el canon o lista de los libros del Nuevo Testamento, sino del Antiguo.

4. Unidad de ambos Testamentos

El Antiguo y Nuevo Testamento se complementan mutuamente. Su interrelación es tan completa, que el primero explica el segundo y viceversa.
Sólo a la luz del Antiguo Testamento se alcanza a comprender el primero; y sólo a la luz del Nuevo Testamento, nos damos cuenta de lo que el Antiguo quiso decir.
Con razón, Cristo les decía a sus oyentes: “Investigad las Escrituras y así comprobarán que Moisés habla de mí” (Jn 5, 39-45). Y san Lucas, relatando el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús, dice que Jesús “empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó todo lo que había sobre Él en las Escrituras” (Lc 24, 25-27). De igual manera, san Mateo en sus tres primeros capítulos.
5. El Antiguo Testamento…
¿pasado de moda?

No necesariamente lo viejo se convierte en inservible. Hay cosas como las monedas, los muebles finos o los sellos de correo, que aumentan de valor conforme pasa el tiempo.
El Antiguo Testamento tuvo como fin preparar la venida de Cristo, pero no pasó de moda con su llegada. Jesús no vino a abolir lo que estaba escrito, sino a perfeccionarlo.
Por tanto, no podemos prescindir de los libros del Antiguo Testamento. Todos son libros revelados por Dios y en ellos, aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros, encontramos el testimonio de la pedagogía divina, enseñanzas maravillosas acerca de Dios, sabiduría acerca del hombre, tesoros de oración. En ellos está escondido el misterio de nuestra salvación.
En el Nuevo Testamento está plasmada la verdad definitiva de la Revelación divina. Su objeto central es Jesucristo, sus obras, sus enseñanzas, su pasión y su resurrección.
También nos narra los comienzos de la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo.
Para entender plenamente el mensaje que Dios nos da en el Nuevo Testamento, es indispensable leerlo en relación con el Antiguo.
Toda la Sagrada Escritura es una sola Revelación, un solo mensaje divino que Dios quiere comunicar al hombre, y no la podremos entender si la escuchamos en forma fragmentada.
Podríamos comparar la Biblia con una cinta magnetofónica grabada en estéreo: Para escucharla, usaremos un aparato con dos bocinas: una es el Antiguo Testamento y la otra es el Nuevo Testamento. Puedes escuchar la cinta con una sola bocina, pero no oirás la música completa, sino sólo los sonidos graves o sólo los agudos; sólo los instrumentos o sólo las voces. Para escuchar la música tal como la compuso el autor, deberás conectar las dos bocinas y entonces disfrutarás del sonido integral de la composición.
Para entender en toda su integridad el mensaje de Dios en las Sagradas Escrituras, es necesario leer el Antiguo Testamento a la luz del Nuevo y leer el Nuevo Testamento a la luz del Antiguo.
La Iglesia ha descubierto una tipología que reconoce en las obras de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que haría Cristo en la Nueva.
En el Antiguo Testamento está escondido el Nuevo Testamento y el Antiguo Testamento se hace manifiesto en el Nuevo. Ambos se esclarecen mutuamente y, por tanto, son inseparables.
6. Textos originales y copias

No existen los textos bíblicos autógrafos, escritos por la propia mano del autor del libro de los Jueces, o de la Sabiduría, o de Marcos, o de Filemón, etc. Esto no debe asustarnos, ya que tampoco se conservan los originales de las grandes obras literarias y filosóficas de la antigüedad (éstas últimas obras tienen pocos testimonios textuales, y a veces con diferencias de unos diez siglos o más entre el original y las primeras copias).
Cuando en ocasiones se habla de “originales”, se refiere a las lenguas en que originalmente fueron escritos. Por ejemplo, se dice: la traducción de esta Biblia se hizo de los originales, es decir, de las lenguas originales, hebreo, arameo y griego, según el caso.
7. Copias manuscritas
Material

En la antigüedad, para escribir algunas cosas se usaban las tablillas de arcilla, las ostraka o pedazos de cerámica rota, las piedras, los cilindros y las estelas.
Para copiar un libro de la Biblia o toda ella, este material no se utilizaba, pues sólo podía aprovecharse para textos breves. El material empleado para la copia de la Biblia fue de dos tipos: el papiro y el pergamino.
El papiro (usado en Egipto desde el año 3,000 antes de Cristo). Es una planta acuática –caña o junco- que se da sobre todo en el Delta del Nilo. Se abría primero el tallo de la planta y luego se prensaba; las láminas así obtenidas se entrecruzaban, se aplastaban y se secaban. Era el material más común, pero a la vez el más frágil. Por lo regular se escribía sólo por la parte interior. Se han conservado muchos papiros de Egipto gracias a su clima seco.
Constituyen el testimonio más antiguo en el ámbito de manuscritos bíblicos. El pergamino se forma con la piel de ciertos animales (ovejas, corderos), preparada con una técnica especial perfeccionada en Pérgamo, al norte de Éfeso, hacia el año 100 después de Cristo. Parece que fue muy difundido por los persas.
En el Nuevo Testamento tenemos un testimonio de su uso en 2 Tim 4, 13: “Cuando vengas, tráeme el abrigo que dejé en Tróada, en casa de Carpo, y los libros, en especial, los pergaminos”.
Del siglo IV después de Cristo en adelante fue muy común. Es un material mucho más resistente, pero, a la vez, más caro. Por eso, algunos manuscritos en pergamino fueron raspados por completo para que pudieran ser utilizados de nuevo formato.
El rollo es una larga tira de papiro o piel, reforzada en las extremidades con dos varas que servían para enrollarla (Cfr. Lc 4, 16-20; Jr 36). Aún en nuestros tiempos, los judíos utilizan los rollos. El códice o libro ordinario (más común en pergaminos) fue empleado por los cristianos desde el siglo II; pero por los judíos, más tarde, parece que a partir del siglo VII. Los códices griegos se distinguen en unciales o mayúsculos y minúsculos.

Los primeros son de letras mayúsculas continuas, más difíciles de leer por no haber separación entre las palabras; estuvieron en boga hasta el siglo X u XI; hay un poco más de 250 de ellos. Los segundos son de letras minúsculas, más fáciles de leer porque se da la separación entre las palabras. Empiezan a utilizarse a partir del siglo IX después de Cristo y se multiplican desde el siglo XI; son alrededor de 2 mil 600.

8. Lenguas en que se escribió la Biblia

Para la composición de la Biblia se emplearon tres lenguas: la hebrea, la aramea y la griega.
En hebreo se escribió casi todo el Antiguo Testamento. Era la lengua propia del Pueblo de Israel. Su origen es bastante oscuro. Parece que comenzaron a hablarla los cananeos y después la adoptaron los israelitas a partir de su estancia en Canaán.
En Arameo, lengua más antigua que el hebreo, se escribieron pocas cosas. Se pueden citar algunos capítulos de Esdras, Jeremías, Daniel y Mateo. El arameo comenzó a introducirse en Israel hacia los siglos IV y III antes de Cristo y tomó tanto fuerza, que llegó a suplantar a la lengua hebrea. Incluso Jesús hablaba con el pueblo en uno de los dialectos arameos.
En griego fueron escritos algunos libros del Antiguo Testamento, como el de la Sabiduría, 2 Macabeos y todos los del Nuevo Testamento menos el Evangelio de san Mateo. Este griego no era un griego clásico, como era por ejemplo el de Demóstenes, sino un griego popular, vulgar y corriente, llamado Koiné = común, que usaba el hombre de la calle. Se generalizó después de la conquista en Grecia por Alejandro Magno.

9. Versiones de la Biblia

Hay que decir que, con el correr de los tiempos, se han hecho innumerables versiones de la Biblia. Entre las más antiguas –que son las que interesan más- hay dos muy importantes: la de los “Setenta” y la Vulgata.
La versión de los Setenta. Según una tradición, fue realizada por 70 sabios de Israel. Su elaboración, entre los siglos III y I antes de nuestra era, estuvo destinada a los judíos de la Diáspora o de la dispersión, es decir, para el culto de las comunidades judías que vivían en el mundo grecorromano, especialmente de Alejandría y que ya habían olvidado la lengua hebrea, o quizá mejor, con el fin de que pudieran propagarla en la griega. En cualquier caso, esta traducción fue importante para los judíos que hablaban el griego y que más tarde se extendió por los países mediterráneos, preparando así el ambiente para el Evangelio.
La versión de la Vulgata. Esta versión fue hecha en latín por san Jerónimo en el siglo IV en Belén. Partió de una necesidad, como la de los Setenta. Durante los dos primeros siglos se utilizaba en la Iglesia el griego popular, que era el que se hablaba en el imperio romano. Pero en el siglo III, se fue imponiendo el latín en Occidente. Por esa razón la tradujo san Jerónimo al latín. De ella se han sacado muchas ediciones hasta nuestros días, desde que el Concilio de Trento la reconoció solemnemente como la versión oficial latina sin negar por eso, el valor de otras versiones.
10. La Sagrada Escritura es muy
valiosa para la vida de la Iglesia

Como la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios viva, sabemos que su poder y su fuerza para los cristianos es enorme. La Sagrada Escritura, junto con la Eucaristía, es la que da sustento y vigor a la vida de la Iglesia, asegura la firmeza de la fe, es alimento del alma y fuente de vida espiritual
La Sagrada Escritura debe ser el alma de la teología, de la predicación pastoral, de la catequesis, de la instrucción cristiana. Sólo así aseguraremos en estas actividades, la presencia de Jesucristo, la Palabra, y por tanto, los frutos de santidad de las mismas. Invitando a Cristo a que nos acompañe en estas acciones, no nos quedaremos en lo humano. Él mismo se encargará de santificar cada palabra que digamos para darse a conocer a todos los hombres.
La Iglesia recomienda la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, ya que desconocerla es desconocer a Cristo.

Conociendo las Escrituras
Pbro. Lic.Edmundo de la Vega
Licenciado en Teología Bíblica
y Vicario de San José