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Historia de la Solemnidad de Corpus Christi

Fue una religiosa, Juliana de Cornillon, la que animó a celebrar esta fiesta en honor del Cuerpo y la Sangre de Cristo en el año 1208. Fiesta que surgió en la Edad Media a consecuencia del florecimiento del pensamiento eucarístico, apenas en el siglo anterior comenzó la elevación de la Hostia al momento de la Consagración. En 1246, en Lieja (Bélgica). Se celebra la fiesta por primera vez. Años más tarde tuvo lugar el famoso milagro de la Hostia Consagrada que comenzó a sangrar ante las dudas de fe del sacerdote que celebraba la misa en Bolesna (Italia). Este hecho llevo al Papa Urbano IV a instituir la festividad en 1264. En este tiempo, estaba presente en la Iglesia Santo Tomas de Aquino, a quien el pontífice le concedió preparar los textos litúrgicos de dicha fiesta, tales como Pangue Lingua, Lauda Sion, Panis Angelicus o Adoro te devote) Según algunos biógrafos, el Papa encargo un oficio de la liturgia de las horas a San Buenaventura y Santo Tomas de Aquino, cuando el pontífice comenzó a leer en voz alta el oficio de Santo Tomas, San Buenaventura fue rompiendo el suyo en pedazos. En el Siglo XIV tenemos acontecimientos que reforzaran dicha solemnidad, que tendría desde entonces dos actos fundamentales: la Eucaristía y la Procesión. En el concilio de Vienne del 1311, el papa dio una serie de normas para el cortejo que acompañaría al Señor en la procesión dentro de los templos. Años más tarde, Juan XXII introdujo la Octava del Corpus con Exposición del Santísimo y sería el primero de los Papas renacentistas, Nicolás V, el primero en establecer que la Hostia Santa saliera en procesión por las calles de Roma en la fiesta de Corpus del año 1447. En los siglos posteriores fueron apareciendo muchas obras de arte para las custodias y los “carros triunfante” en las que el pueblo le entregaba al señor lo que consideraba valioso: oro, plata y piedras preciosas. Corpus Christi es la fiesta el Cuerpo y Sangre de Cristo en la Eucaristía, este día, recordamos la institución de la Eucaristía que se llevó a cabo el Jueves Santo, durante la Última Cena. Es una fiesta muy importante ya que la Eucaristía es el regalo más grande que Dios nos ha hecho, movido por su querer quedarse con nosotros después de la Ascensión.

Daniel Herrera Bosquez
Adoración Nocturna Mexicana.

La Salvación de Dios

Queridos hermanos y hermanas. Hoy os hablaré de la Eucaristía. La Eucaristía se sitúa en el corazón de la «iniciación cristiana», juntamente con el Bautismo y la Confirmación, y constituye la fuente de la vida misma de la Iglesia. De este sacramento del amor, en efecto, brota todo auténtico camino de fe, de comunión y de testimonio. Lo que vemos cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, la misa, nos hace ya intuir lo que estamos por vivir. En el centro del espacio destinado a la celebración se encuentra el altar, que es una mesa, cubierta por un mantel, y esto nos hace pensar en un banquete. Sobre la mesa hay una cruz, que indica que sobre ese altar se ofrece el sacrificio de Cristo: es Él el alimento espiritual que allí se recibe, bajo los signos del pan y del vino. Junto a la mesa está el ambón, es decir, el lugar desde el que se proclama la Palabra de Dios: y esto indica que allí se reúnen para escuchar al Señor que habla mediante las Sagradas Escrituras, y, por lo tanto, el alimento que se recibe es también su Palabra. Palabra y pan en la misa se convierten en una sola cosa, como en la Última Cena, cuando todas las palabras de Jesús, todos los signos que realizó, se condensaron en el gesto de partir el pan y ofrecer el cáliz, anticipo del sacrificio de la cruz, y en aquellas palabras: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo… Tomad, bebed, ésta es mi sangre». El gesto de Jesús realizado en la Última Cena es la gran acción de gracias al Padre por su amor, por su misericordia. «Acción de gracias» en griego se dice «eucaristía». Y por ello el sacramento se llama Eucaristía: es la suprema acción de gracias al Padre, que nos ha amado tanto que nos dio a su Hijo por amor. He aquí por qué el término Eucaristía resume todo ese gesto, que es gesto de Dios y del hombre juntamente, gesto de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Por lo tanto, la celebración eucarística es mucho más que un simple banquete: es precisamente el memorial de la Pascua de Jesús, el misterio central de la salvación. «Memorial» no significa sólo un recuerdo, un simple recuerdo, sino que quiere decir que cada vez que celebramos este sacramento participamos en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La Eucaristía constituye la cumbre de la acción de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido por nosotros, vuelca, en efecto, sobre nosotros toda su misericordia y su amor, de tal modo que renueva nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Es por ello que comúnmente, cuando nos acercamos a este sacramento, decimos «recibir la Comunión», «comulgar»: esto significa que en el poder del Espíritu Santo, la participación en la mesa eucarística nos conforma de modo único y profundo a Cristo, haciéndonos pregustar ya ahora la plena comunión con el Padre que caracterizará el banquete celestial, donde con todos los santos tendremos la alegría de contemplar a Dios cara a cara.

A MISA NO SE VA CON EL RELOJ EN LA MANO

A misa no se va con el reloj en la mano, como si se debieran contar los minutos o asistir a una representación. Se va para participar en el misterio de Dios. Y esto es válido también para quienes vienen a Santa Marta a la misa celebrada por el Papa, que, dijo en efecto el Pontífice el lunes 10 de febrero 2014, a los fieles presentes en la capilla de su residencia, «no es un paseo turístico. ¡No! Vosotros venís aquí y nos reunimos aquí para entrar en el misterio. Y ésta es la liturgia». Para explicar el sentido de este encuentro cercano con el misterio, el Papa Francisco recordó que el Señor habló a su pueblo no sólo con palabras. «Los profetas —dijo— referían las palabras del Señor. Los profetas la anunciaban. El gran profeta Moisés dio los mandamientos, que son palabra del Señor. Y muchos otros profetas decían al pueblo aquello que quería el Señor». Sin embargo, «el Señor —añadió— habló también de otra manera y de otra forma a su pueblo: con las teofanías. Cuando Él se acerca al pueblo y se hace sentir, hace sentir su presencia precisamente en medio del pueblo». Y recordó, además del episodio propuesto por la primera lectura (1 Re 8, 1-7.9-13), algunos pasajes referidos a otros profetas. «Sucede lo mismo también en la Iglesia» —explicó el Papa—. El Señor nos habla a través de su Palabra, recogida en el Evangelio y en la Biblia; y a través de la catequesis, de la homilía. No sólo nos habla, sino que también «se hace presente — precisó— en medio de su pueblo, en medio de su Iglesia. Es la presencia del Señor. El Señor que se acerca a su pueblo; se hace presente y comparte con su pueblo un poco de tiempo». Esto es lo que sucede durante la celebración litúrgica que ciertamente «no es un buen acto social —explicó una vez más el obispo de Roma— y no es una reunión de creyentes para rezar juntos. Es otra cosa» porque «en la liturgia eucarística Dios está presente» y, si es posible, se hace presente de un modo aún «más cercano». Su presencia, dijo nuevamente el Papa, «es una presencia real». Y «cuando hablo de liturgia —puntualizó el Pontífice— me refiero principalmente a la santa misa. Cuando celebramos la misa, no hacemos una representación de la Última Cena». La misa «no es una representación; es otra cosa. Es propiamente la Última Cena; es precisamente vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre para la salvación del mundo». Así, el Papa Francisco volvió a proponer, como lo hace a menudo, un comportamiento común en los fieles: «Nosotros escuchamos o decimos: “pero, yo no puedo ahora, debo ir a misa, debo ir a escuchar misa”. La misa no se escucha, se participa. Y se participa en esta teofanía, en este misterio de la presencia del Señor entre nosotros». Es algo distinto de las otras formas de nuestra devoción, precisó nuevamente poniendo el ejemplo del belén viviente «que hacemos en las parroquias en Navidad, o el vía crucis que hacemos en Semana Santa». Éstas, explicó, son representaciones; la Eucaristía es «una conmemoración real, es decir, es una teofanía. Dios se acerca y está con nosotros y nosotros participamos en el misterio de la redención». El Pontífice se refirió luego a otro comportamiento muy común entre los cristianos: «Cuántas veces —dijo— contamos los minutos… “tengo apenas media hora, tengo que ir a misa…”». Ésta «no es la actitud propia que nos pide la liturgia: la liturgia es tiempo de Dios y espacio de Dios, y nosotros debemos entrar allí, en el tiempo de Dios, en el espacio de Dios y no mirar el reloj. La liturgia es precisamente entrar en el misterio de Dios; dejarnos llevar al misterio y estar en el misterio». Y, dirigiéndose precisamente a los presentes en la celebración continuó así: «Por ejemplo, yo estoy seguro de que todos vosotros venís aquí para entrar en el misterio. Tal vez, sin embargo, alguno dijo “yo tengo que ir a misa a Santa Marta, porque el itinerario turístico de Roma incluye ir a visitar al Papa a Santa Marta todas las mañanas….”. ¡No! Vosotros venís aquí, nosotros nos reunimos aquí, para entrar en el misterio. Y esto es la liturgia, el tiempo de Dios, el espacio de Dios, la nube de Dios que nos envuelve a todos». El Papa Francisco compartió con los presentes algunos recuerdos de su infancia: «Recuerdo que siendo niño, cuando nos preparábamos para la Primera Comunión, nos hacían cantar “Oh santo altar custodiado por los ángeles”, y esto nos hacía comprender que el altar estaba custodiado por los ángeles, nos daba el sentido de la gloria de Dios, del espacio de Dios, del tiempo de Dios. Y luego, cuando hacíamos el ensayo para la Comunión, llevábamos las hostias para el ensayo y nos decían: “mirad que éstas no son las que recibiréis; éstas no valen nada, porque luego estará la consagración”. Nos hacían distinguir bien una cosa de la otra: el recuerdo de la conmemoración». Por lo tanto, celebrar la liturgia significa «tener esta disponibilidad para entrar en el misterio de Dios», en su espacio, en su tiempo. Y, llegando ya a la conclusión, el Pontífice invitó a los presentes a «pedir hoy al Señor que nos done a todos este sentido de lo sagrado, este sentido que nos haga comprender que una cosa es rezar en casa, rezar en la iglesia, rezar el rosario, recitar muchas y hermosas oraciones, hacer el vía crucis, leer la Biblia; y otra cosa es la celebración eucarística. En la celebración entramos en el misterio de Dios, en esa senda que nosotros no podemos controlar: sólo Él es el único, Él es la gloria, Él es el poder. Pidamos esta gracia: que el Señor nos enseñe a entrar en el misterio de Dios». Homilía del Papa Francisco, 10 de febrero de 2014.

¿Por qué ir a Misa los domingos?

Siempre me ha impactado el testimonio de los 49 mártires de Abilene (año 304), que murieron por no renunciar a su vivencia de fe expresada en esa impresionante afirmación: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”. Efectivamente los mataron a todos, adultos, niños, ancianos, mujeres, sacerdote, dueño de la casa donde se reunían… ¡Todo por vivir el domingo! Una de los aspectos del ser humano es que no le gusta que le impongan nada, como si fuera en verdad posible vivir sin leyes, dejado todo al libre albedrío y buena voluntad de cada uno. Ya se ve que sin leyes, el mundo entero sería un caos. El problema no son las leyes sino que se cumplan las leyes. Claro, hablamos de leyes justas, las que regulan el sano convivir, el respeto y los derechos. Pero muy importante es saber que las leyes buenas, las justas, tienen una finalidad buena, que es lo que tutelan, lo que se llama el “espíritu de la ley”. En la Iglesia tenemos los 10 mandamientos de la ley de Dios, y también los 5 mandamientos de la Santa madre Iglesia. Uno de ellos es “oír misa entera los domingos y fiestas de guardar”. Para superar nuestra aversión a que nos impongan algo, debemos pensar cuál es el “espíri tu” de esta ley. Es lo que movió al martirio a aquellos 49 mártires y tantos otros que a lo largo de los siglos han muerto por la Eucaristía. La Iglesia con su mandamiento nos tutela, como madre, nuestro derecho que nos da nuestro Padre, de participar en el banquete de amor que con tanto cariño prepara para nosotros ¡cada domingo! Y es ese día, el primero de la semana, porque ese día conoció el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, por su resurrección. La Pascua semanal. Un banquete preparado por nuestro Padre, para nosotros sus hijos… banquete de familia, de hermanos. Un Padre cariñoso que quiere ver reunidos a sus hijos en torno a su mesa, que es en dos tiempos: el banquete de la Palabra y el banquete de la Eucaristía. ¡Es para los hijos! No es para los esclavos. Por el bautismo somos sus hijos. Pero llegados a este punto la pregunta fundamental es ¿Tengo corazón de hijo, o tengo corazón de esclavo? Y que responda la historia, mi historia. O sea, cómo me comporto ante esta invitación de mi Padre, que me quiere allí en su casa, el domingo, con mis hermanos, viviendo el día del Señor, su día, consagrado a su nombre, en el acto de amor y religión fundamental para aquellos que creemos en el mandato solemne de Jesús: “Hagan esto como mi memorial”. El que tiene corazón de esclavo, no se da por aludido, no le importa, no se siente invitado, cree que no es suyo, ni lo quiere poseer, no lo cuida. Corazón de esclavo (esclavo de su pereza, de su prejuicio, de su vanidad y soberbia, de los respetos humanos, de su trabajo que lo lleva a fallar en aquel mandato milenario de dar a Dios un día, con el descanso y la religión). El que tiene corazón de hijo, lo deja todo y va al encuentro de su Padre, de sus hermanos y el gran alimento es Jesús. “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”(Jn 3,16). El que tiene corazón de hijo no puede por menos que reaccionar ante semejante noticia y se esfuerza y va. Sabemos que estamos ante una vorágine de descristianización, no tenemos más una cultura cristiana. Así no se dice más “el día del Señor” (eso significa en latín la palabra domin go)

sino día de descanso, como muchos ya no dicen navidad sino fiestas decembrinas, y así, la semana santa para muchos ya no es santa sino vacaciones de primavera, etc. Los que queremos tener corazón de hijo, el que ama y responde a su Padre que lo invita, decimos hoy como entonces: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”.

El acontecimiento de Fátima

Fátima sucede como una irrupción de la luz de Dios en las sombras de la Historia humana. En el amanecer del siglo XX, hace eco, en la aridez de Cova de Iria, la promesa de la misericordia, recordando a un mundo arraigado en conflictos y ansiosos de una palabra de esperanza de la buena nueva del Evangelio, la buena noticia de un encuentro prometido en la esperanza, como gracia y misericordia.

«No temáis. Soy el Ángel
de la Paz. Orad conmigo.»
Es como una invitación a la confianza que inaugura el acontecimiento de Fátima. Precursor de la presencia de la luz de Dios que disipa el miedo, el Ángel se anuncia por tres veces a los videntes, en 1916, con una convocatoria a la adoración, actitud fundamental que los ha de predisponer para acoger los designios de la misericordia del Altísimo. Es esta convocatoria al silencio habitado por la presencia transbordante del Dios Vivo la que se ve reflejada en la oración que el Ángel enseña a los tres niños: Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo.
Postrados por tierra, en adoración, los pequeños pastores comprenden que allí se inaugura una vida renovada. De la humildad de la postración de toda su existencia en adoración ha de brotar el don confiante de la fe de quien se hace discípulo, la esperanza de quien se sabe acompañado en la intimidad de la amistad con Dios, y el amor como respuesta al amor inaugural de Dios, que fructifica en el cuidado por los otros, particularmente por los que se sitúan al margen del amor, por los que «no creen, no adoran, no esperan y no aman».
Al recibir del Ángel la Eucaristía, los pastorcitos ven confirmada su vocación a una vida eucarística, a una vida hecha don a Dios por los demás. Acogiendo, por la adoración, la gracia de la amistad con Dios, son comprometidos, por el sacrificio eucarístico, con la ofrenda total de sus vidas.

«¿Queréis ofreceros a Dios?»
En mayo de 1917, la Señora llena de gracia se anuncia transbordando la luz de Dios, en la cual los videntes se ven «más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos». En la experiencia mistagógica de la luz que emana de las manos de la Señora, los pequeños pastores están llenos por una presencia que se graba indeleblemente en lo más íntimo y los consagra testigos proféticos de la misericordia de Dios que, desde el fin de la historia, ilumina el enredo del drama humano.
El secreto que en Fátima se da es precisamente la revelación del misterio humano a la luz de Dios. En las imágenes que se suceden en la mirada de Jacinta, Francisco y Lucía, se ofrece la síntesis del drama difícil de la libertad humana. La visión del infierno es memorial de que la historia se abre sobre otros horizontes, más definitivos de lo que inmediato, y que Dios ansía tanto por ese encuentro escatológico en el que la persona es recuperada para el amor en cuanto aprecia su libertad. Así también, la visión de la Iglesia mártir -que, encabezada por el obispo vestido de blanco, atraviesa las ruinas de la gran ciudad, cargando su sufrimiento y su oración, para postrarse, por fin, delante de la Cruz- evoca una historia humana asfixiada en las ruinas de sus enfrentamientos y de sus egoísmos, y una Iglesia que carga esas ruinas, cual viacrucis, para entregarse finalmente a Dios en un don total, delante de la Cruz -símbolo del don del propio Dios. Esa Iglesia es semilla de otro hecho de vida lleno de gracia, a la imagen del Corazón Inmaculado de María. El corazón de aquel que se consagra a Dios es inmaculado por su misericordia y, por ella, ungido en misión. El secreto que en Fátima se da es revelación de la confianza de que, por fin, este Corazón Inmaculado lleno de gracia triunfará.

El hecho creyente del Corazón Inmaculado se ofrece como oración y como sacrificio.
La Señora del Rosario convoca insistentemente a los videntes a la oración, ese lugar de encuentro en el que se enraizará su intimidad con Dios. Los trazos concretos de la oración pedida en Fátima son los del rosario, recordado por la Señora en cada una de las seis apariciones, bajo el signo de la urgencia. En esta pedagogía humilde de la fe orante, el creyente es convocado a acoger los misterios del don mayor del Cristo en su corazón y a dejarse llamar por su amor que redime las heridas de la libertad humana. Que el rosario siga apuntando como camino para la paz es señal de que el acogimiento del Verbo llena de gracia el corazón humano, cautivo de egoísmo y de la violencia, y pacifica la historia con el coraje de los humildes.
La intimidad con Dios transforma la vida en sacrificio por los hermanos, particularmente aquellos sobre quien recae la mirada compasiva de Dios. El don de si, esto es lo que significa el sacrifico. Amado como hijo, el corazón humano se renueva a imagen del Padre y asume toda su pasión por la humanidad. Cara a los dramas del mundo, la libertad centrada en Dios se implica en sus designios de misericordia que abarcan a cada mujer, a cada hombre, en la misión reconciliadora del Hijo de reunir a todos en un solo redil (Jn 10, 16). En la gramática difícil del sacrificio, la vida es asumida con coraje en su verdad y la libertad es pulida para el don de sí.
Como que en la transparencia de este don de si por los otros, brota la invitación a la consolación del Dios de toda la consolación (2Cor 1,3). En el desconcierto de esta invitación se manifiesta la verdadera amistad con Dios. La mirada de lo íntimo de Dios encuentra su tristeza cara a los vacíos del amor de los dramas de la historia y de las libertades humanas, y se deja conmover, para luego desear consolar al propio Dios.
En el último encuentro con la Señora del Rosario, en octubre, la esperanza en la promesa del triunfo del Corazón lleno de gracia es sellado con la bendición del Cristo.

«Gracia y Misericordia.»
El acontecimiento de Fátima transborda las fronteras de Cova de Iria. La palabra conclusiva de este acontecimiento es ofrecida en Pontevedra y Tui a la vidente Lucía, entre 1925 y 1929. El Corazón Inmaculado de María, que se ofrecerá ya como «refugio y camino que conduce hasta Dios», se da, aún una vez, como regazo materno dispuesto a acoger los dramas de la historia de los hombres y de los hombres de la historia que a él se consagren y para confiarlos al Corazón misericordioso de Dios. El Corazón de la Inmaculada figura la vocación de cada mujer, de cada hombre, desde siempre soñados para la gracia. La consagración a este Corazón lleno de gracia afirma la certeza de que la vocación del hombre es la vida plena en Dios. Para ese horizonte apunta también el amago de la petición de la comunión reparadora en los primeros sábados. Esos sabath, días consagrados al encuentro con Dios, son imagen de una vida toda a el consagrada.
Al final, todo es «Gracia y Misericordia». El misterio de la comunión trinitaria, luz que traspasa todo el acontecimiento de Fátima, se revela, aún, para recordar que el Corazón compasivo de Dios se hace don. Que el testimonio frágil de tres niños de una aldea remota de la Sierra d’Aire promueva, hasta los confines de la tierra, el encuentro con esa luz del corazón misericordioso de Dios, es apenas señal, confirmado también en Cova de Iria, de que la historia definitiva se construyó con la fuerza de Dios operando en la disponibilidad de los humildes.

Pbro. Lic. Omar Grajeda Valles
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO