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Espiritualidad del Adviento

El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

“Por tu primera venida, en la que creemos, y por la segunda, que esperamos”.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos
del Adviento

En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad.

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.

El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo terror por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

ESPIRITUALIDAD

PBRO. LIC. OMAR GRAJEDA VALLES
DIRECTOR ESPIRITUAL DEL SEMINARIO

Homilía de Navidad del Papa

Texto completo de la Homilía del Papa Francisco  pronunciada el 24 de diciembre de 2015

En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.
Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes. No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este Niño «ha nacido para nosotros», «se nos ha dado», como anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz» y ser entre las naciones su instrumento eficaz.

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida. Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de «renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una vida «sobria, justa y piadosa» (Tt 2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a tener un comportamiento sobrio, es decir, sencillo, equilibrado, lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de estar lleno de piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8).

Historia de la Virgen de Guadalupe

Un sábado de 1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego, iba muy de madrugada del pueblo en que residía a la ciudad de México a asistir a sus clases de catecismo y a oír la Santa Misa. Al llegar junto al cerro llamado Tepeyac amanecía y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre.

Él subió a la cumbre y vio a una Señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables y atentas le dijo: “Juanito: el más pequeño de mis hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en Mí confíen. Ve donde el Señor Obispo y dile que deseo un templo en este llano. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.

De regresó a su pueblo Juan Diego se encontró de nuevo con la Virgen María y le explicó lo ocurrido. La Virgen le pidió que al día siguiente fuera nuevamente a hablar con el obispo y le repitiera el mensaje. Esta vez el obispo, luego de oir a Juan Diego le dijo que debía ir y decirle a la Señora que le diese alguna señal que probara que era la Madre de Dios y que era su voluntad que se le construyera un templo.

De regreso, Juan Diego halló a María y le narró los hechos. La Virgen le mandó que volviese al día siguiente al mismo lugar pues allí le daría la señal. Al día siguiente Juan Diego no pudo volver al cerro pues su tío Juan Bernardino estaba muy enfermo. La madrugada del 12 de diciembre Juan Diego marchó a toda prisa para conseguir un sacerdote a su tío pues se estaba muriendo. Al llegar al lugar por donde debía encontrarse con la Señora prefirió tomar otro camino para evitarla. De pronto María salió a su encuentro y le preguntó a dónde iba.

El indio avergonzado le explicó lo que ocurría. La Virgen dijo a Juan Diego que no se preocupara, que su tío no moriría y que ya estaba sano. Entonces el indio le pidió la señal que debía llevar al obispo. María le dijo que subiera a la cumbre del cerro donde halló rosas de Castilla frescas y poniéndose la tilma, cortó cuantas pudo y se las llevó al obispo.

Una vez ante Monseñor Zumarraga Juan Diego desplegó su manta, cayeron al suelo las rosas y en la tilma estaba pintada con lo que hoy se conoce como la imagen de la Virgen de Guadalupe. Viendo esto, el obispo llevó la imagen santa a la Iglesia Mayor y edificó una ermita en el lugar que había señalado el indio.

Origen del nombre de Guadalupe

Monseñor Zumárraga tuvo otra comprobación de la presencia de la Virgen Santísima en el Tepeyac y ella fue la curación maravillosa del tío de Juan Diego, que fue quien reveló el nombre que habría que dar a la Virgen María, he aquí como aconteció todo esto:

Juan Diego no volvió a su casa sino hasta el día siguiente, pues el Señor Obispo lo detuvo un día más. Aquella mañana le dijo: “Ve a mostrarnos dónde es la voluntad de la Señora del Cielo que se le erija su Templo”.

Juan Diego condujo a las personas que el Señor Obispo dispuso que lo acompañaran al lugar en que se había aparecido la Virgen y en el que debería erigirse su Santuario y pidió permiso de irse, pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron a su casa, al llegar a la cual vieron que su tío estaba perfectamente sano; Juan Diego explicó a éste el motivo por el que él llegaba tan bien acompañado y le refirió las apariciones y que la Virgen le había dicho que él estaba curado.

Este al oír el relato de Juan Diego, manifestó que ciertamente la misma Señora lo había sanado, pues que él mismo la había visto del mismo modo en que se apareció a su sobrino y añadió que le habla dicho que dijera al Señor Obispo que era su voluntad se le llamara LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA DE GUADALUPE.

Pio X la proclamó como “Patrona de toda la América Latina”, Pio XI de todas las “Américas”, Pio XII la llamó “Emperatriz de las Américas” y Juan XXIII “La Misionera Celeste del Nuevo Mundo” y “la Madre de las Américas”.

La imagen de la Virgen de Guadalupe se venera en México con grandísima devoción, y los milagros obtenidos por los que rezan a la Virgen de Guadalupe son extraordinarios.

VIDA DIOSCESANA

Pbro. Lic. César
Alfonso Ortega Díaz

Rector de Catedral y San Martín

Espiritualidad del Adviento

El Adviento es el tiempo de espera para la Navidad. En ese sentido, lo más correcto no será preguntarnos qué esperamos sino a quién esperamos. Y creo que conviene detenernos a meditar sobre esta espera. Si atendemos a lo que rezamos en Misa durante el Adviento, no es propiamente “la fiesta de Navidad” lo que estamos esperando, sino un acontecimiento mucho más grande:

“Por tu primera venida, en la que creemos, y por la segunda, que esperamos”.

La primera venida de Jesús, su encarnación, lo que festejamos en Navidad, ya no lo estamos esperando. Lo creemos. Lo que estamos esperando es su segunda venida, lo que se llama la parusía. Este es el sentido escatológico (con vistas al fin) que tiene el Adviento.

Los dos aspectos
del Adviento

En el tiempo de Adviento, con el que se inicia el ciclo litúrgico de Navidad y con el cual comienza un nuevo año litúrgico, el pueblo de Dios que peregrina en el tiempo redescubre la tensión entre la primera venida histórica de Jesucristo y la segunda que acontecerá, de modo glorioso, al fin de los tiempos.

La espiritualidad del Adviento encamina a los cristianos a profundizar la perspectiva escatológica de la vida, a la vez que prepara a la Iglesia para conmemorar la venida histórica del Redentor, celebrada en cada Navidad.

Las primeras tres semanas del Adviento, hasta el 16 de diciembre inclusive, ponen el acento en la segunda venida del Señor. A partir del 17 de diciembre comienza la preparación inmediata para la Navidad.

El Adviento como tiempo para mirar “hacia delante” y no “hacia atrás” no es el que prevalece en nuestra práctica. Los símbolos que usamos durante el Adviento se orientan a hacer memoria del nacimiento de Jesús en Belén: la corona con cuatro velas, el pesebre, etc. No tenemos una preparación equivalente para meditar que Cristo puede volver hoy mismo.El anuncio del regreso de Jesucristo – la parusía – muchas veces se hizo en tono amenazante, infundiendo por las catástrofes que sucederían antes del fin del mundo, y la presentación de Jesucristo solamente como un juez inflexible que castigará a los malos y premiará a los buenos. Una visión excesivamente severa de este Cristo juez y de las calamidades que sucederían antes de su llegada, tal vez hicieron que este aspecto de nuestra fe desapareciera de la prédica y de la espiritualidad.

Esperando el Reino

Creemos que con la parusía llega el Reino de Dios. Entonces se cumplirán las expectativas, no sólo de los cristianos, sino de tantos hombres y mujeres en todo el mundo. Porque cuando el Reino venga, sólo reinará Dios. Y ya no habrá atropellos de un ser humano contra otro, ni sojuzgamiento de una nación sobre otra, ni ninguna forma de dominio, esclavitud o explotación. Sólo Dios reinará. Entonces, como dice el Apocalipsis “él secará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos ni fatiga, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21,5).

Esta es la espiritualidad del Adviento. Es la esperanza activa de quien confía en que Cristo volverá, y por eso se compromete con la propuesta de Cristo, el Reino de Dios. Es la paradoja de vivir en este tiempo que los teólogos describen como “ya, pero todavía no”. El Reino ya está entre nosotros y, Jesucristo lo trajo, pero todavía no se ha realizado plenamente.

El Adviento es una ocasión privilegiada para acelerar los tiempos del Reino. ¿De qué manera? Practicando lo que nos dice el Apocalipsis: secando lágrimas, jugándonos por la vida, aligerando al fatigado, renovando el mundo.

Así, en la Nochebuena, estaremos contemplando no sólo a Aquel que nació en la pobreza de Belén, sino también a Aquel que viene “a hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

ESPIRITUALIDAD

Pbro. Lic. Omar Grajeda Valles
Director Espiritual del Seminario

Empezamos un Nuevo Año Litúrgico

Monseñor Eduardo
Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral

No crean que me estoy confundiendo, pues no estoy hablando del año nuevo, para el que nos falta un mes para celebrarlo, sino que me refiero al año litúrgico, o sea que estoy hablando del nuevo ciclo que comienza en la liturgia, y que empieza normalmente con el mes de diciembre. Es con el tiempo del Adviento, que prepara a la Navidad y que va avanzando durante todo el año, doce meses, repasando, mejor aún, reviviendo para nosotros los misterios más importantes de la vida del Señor.

Tiene dos ejes fundamentales: la Navidad y la Pascua. Y en torno a estos dos importantísimos eventos se vertebran todos los demás: el año nuevo, las fiestas de los santos, la cuaresma que prepara la Pascua. Todo lo de semana santa, donde celebramos el misterio central de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo (eso es la pascua) y luego el tiempo pascual hasta pentecostés, que es la fiesta del Espíritu Santo.

¿Y por qué me adelanto tanto? ¿Por qué en esta editorial de diciembre ya estoy hablando de resurrección y pentecostés? Porque ese es el sentido del año litúrgico. O sea, no celebramos aspectos de nuestra fe de manera aislada, sino que todo está de tal forma concatenado u organizado que ya desde ahora debemos tener la mirada puesta en todo el año litúrgico. Celebrar la Navidad y su preparación que es el Adviento, en último término, tiene que prepararnos ya para celebrar a Jesucristo muerto y resucitado, con el gran fruto de su sacrificio: el don del Espíritu Santo. Es como las luces de un automóvil, que tiene luces cortas para ver lo inmediato, pero también luces largas, para ver a dónde queremos llegar.

Una vez situado todo el año litúrgico, me parece conveniente, ahora sí, que recordemos para que es el Adviento: para prepararnos a la venida del Salvador. Tal venida se da en tres niveles:

a) Recordando la primera vez que vino a nosotros hace dos mil años, haciéndose uno de nosotros, el Verbo de Dios se hizo carne.

b) También recordamos que vendrá, en el futuro, al final de la historia, revestido de poder y gloria, para juzgar a los seres humanos y darles su destino eterno, la salvación o la condenación de acuerdo a su comportamiento (…tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber… ¿cuándo Señor? Cuando así lo hiciste con los más pequeños).

c) Y tomando conciencia de que el Señor viene constantemente a nosotros en nuestro diario vivir, por la oración, por la vida de la gracia, en su palabra, en los sacramentos, en los hermanos…

Y todavía quisiera enunciar algunos eventos que hemos de tener en cuenta en este nuevo año litúrgico que estrenamos este diciembre y que se extiende en todo el 2015: Este año se dedica, por indicación del Papa, a la Vida Consagrada, o sea será un año de reflexión para valorar la entrega y consagración de miles de bautizados que, a través de los votos religiosos de pobreza castidad y obediencia han querido seguir e imitar más de cerca al Señor Jesús, el primer consagrado al Padre.