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Los libros de Samuel

Los libros de SAMUEL formaban originariamente una sola obra, que luego fue dividida en dos partes, debido a la considerable extensión de la misma. Esta obra abarca un amplio e importante período de la historia de Israel. Es el que transcurre entre el fin de la época de los Jueces y los últimos años del reinado de David, o sea, entre el 1050 y el 970 a. C. Israel vive en este tiempo una difícil etapa de transición, que determina el paso del régimen tribal a la instauración de un estado monárquico.
Los hechos que aquí se relatan están centrados en torno a tres figuras protagónicas: Samuel, el profeta austero; Saúl, el primer rey de Israel, y David, el elegido del Señor. Aunque de muy diversa manera, los tres tuvieron una parte muy activa en la agitada vida de su Pueblo y ejercieron sobre ella una influencia decisiva.
Samuel fue el guía espiritual de la nación en los días oscuros de la opresión filistea. Firmemente arraigado en las tradiciones religiosas de Israel, luchó más que ningún otro por mantener viva la fe en el Señor, estimulando al mismo tiempo el fervor patriótico de los israelitas y la voluntad de resistir a la dominación extranjera. Una vez instaurada la realeza, le prestó su apoyo, pero nunca dejó de afirmar que por encima de la autoridad del rey está la Palabra del Señor, manifestada por medio de sus Profetas.
Saúl fue, ante todo, un rey guerrero. El relato bíblico ha conservado ciertos episodios que nos hacen entrever, al mismo tiempo, la importancia histórica de Saúl y la tragedia de su reinado. Hacia el año 1030 a. C., él comienza la guerra de liberación y los filisteos tienen que replegarse a sus fronteras. Pero la violación de las leyes de la guerra santa (1 Sam. 13. 8-14; 15) le atrae la reprobación de Samuel. Con inflexible severidad, el profeta proclama la caída del rey, y este comienza a perder prestigio. Saúl se vuelve receloso y colérico. La primera víctima de sus celos es David, contra quien desata una encarnizada persecución. Así se desgastan las fuerzas de la monarquía naciente, precisamente cuando el peligro filisteo se hacía cada vez más amenazador. Por último, hacia el 1010 a. C., el desastre de Gelboé marca el trágico fin de este héroe contradictorio y desdichado. David restauró las ruinas del reino en franco proceso de desintegración. La más significativa de sus hazañas fue ganarse la adhesión de todas las tribus de Israel. Los filisteos fueron rechazados definitivamente y las plazas fuertes cananeas quedaron sometidas al dominio israelita, lográndose así la unidad territorial. Después de la conquista de Jerusalén, el reino davídico tuvo su capital política y religiosa, y las victorias de David sobre los pueblos vecinos aseguraron su hegemonía sobre la Transjordania y sobre los arameos de Siria meridional. Sin embargo, la unidad interna de Israel no llegó a consolidarse realmente. La revuelta de Absalón –apoyada por las tribus del Norte– puso en peligro la estabilidad del reino apenas constituido. A pesar de todo, al término de su larga y azarosa vida, David dejó a su hijo Salomón un reino lleno de gloria y de grandeza.
Basta una somera lectura de los libros de Samuel para descubrir en ellos la presencia de elementos heterogéneos. Fuera de la “Crónica de la sucesión al trono de David” (2 Sam. 9-20), que se caracteriza por su notable unidad, el resto de la obra fue compuesto a partir de tradiciones y documentos de índole bastante diversa. De allí las frecuentes repeticiones y las divergencias en la presentación de los mismos hechos, particularmente en los relatos sobre los orígenes de la monarquía. En la redacción final de la obra se percibe la influencia del Deuteronomio, aunque en menor medida que en los libros de Josué, de los Jueces y de los Reyes.

Los libros de Samuel relatan una historia que llega a su etapa de madurez con la formación del reino de David. En el centro de la narración, el oráculo de Natán (2 Sam. 7. 1-17) asegura la continuidad de la dinastía davídica en el trono de Israel. Así la historia de David adquiere un significado profético y mesiánico. El recuerdo de esta historia fue perfilando en Israel la figura ideal de un descendiente de David, de un “nuevo” David, el Ungido del Señor, el Mesías. Y “cuando se cumplió el tiempo establecido” (Gál. 4. 4), “de la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús” (Hech. 13. 23).

Sagradas Escrituras
Pbro. Lic.Edmundo de la Vega
Licenciado en Teología Bíblica y Vicario de San José

Un acto de agradecimiento a la Santísima Virgen

Una imagen milagrosa, ha sido objeto de la más arraigada demostración de fe por parte de los pobladores de estas tierras norteñas; Llamada también Virgen Minera, nos referimos a Nuestra Señora de la Soledad, a quien desde la época colonial, por los favores y milagros recibidos, los habitantes de toda la región comenzaron a realizar la visita de los viernes al Templo de San Juan de Dios, que antiguamente era toda una romería, y que, aunque actualmente está pía tradición aún se realiza está en cada uno de nosotros su continuidad.
En el Estado son pocas las devociones propias, o que se limitan a un culto anual, como por ejemplo: La Virgen de Guadalupe del Conchos, el Nazareno de Cusihuiriachi, el Señor de los Guerreros en el Tizonazo, San Lorenzo en Ciudad Juárez, o Jesús Nazareno en Ojinaga, pero es la Virgen de la Soledad la que sobresale por su importancia: es la única imagen mariana con coronación pontificia, además de ser declarada Reina de los Mineros y Santa Patrona del Estado de Chihuahua, con autoridad del Papa Pio XII.
Todo lo que podríamos hablar de la Santísima Virgen de la Soledad de Parral, quedo expresado en las palabras de nuestro Obispo Diocesano Don Antonio Guizar y Valencia: “Dichosa, mil veces dichosa, Ciudad de Parral, que desde tu cuna veneraste con profunda devoción a la Santísima Virgen de la Soledad. Dichosos sus hijos que recibirán como herencia sagrada la devoción y confianza a María. Dichosos ustedes que unidos a sus antepasados iniciaron y mantuvieron por tres siglos el culto constante y fervoroso a la Santísima Virgen, haciendo guardia los viernes ante la bendita imagen. Año de 1943.

El Rosario

1.- NOTICIA HISTÓRICA.
Al rezo del santo Rosario, tal cual lo conocemos ahora, precedió una sencilla costumbre de rezar un determinado número de oraciones, mediante unas delgadas cuerdas, a las que se hacían unos nudillos o se les engarzaban unas piedrecillas. Era un modo sencillo de asegurar el rezo de las oraciones, y de algún modo facilitar la concentración del orante. Esta práctica, originada en el Oriente cristiano, pasó pronto a Occidente. Hacia el siglo X, ésta pintoresca forma de orar se usaba en los monasterios. Era oración de gente sencilla e iletrada, que por no saber leer, se valía de este ingenioso recurso.
A las alturas del siglo XII, al rezo de los padres nuestros, se agregó el de las aves marías. La primera forma que conocemos es el llamado salterio de la Virgen María, compuesto de ciento cincuenta aves marías. Entendemos que los fieles sencillos, querían, de esta manera, asociarse a la alabanza perenne de los monjes, estructurada a partir de los ciento cincuenta salmos del salterio bíblico.
La división del Rosario en decenas vino después (1408). Hacia el 1461, a cada decena se le llama “Misterio”, que sustancialmente consiste en una meditación de algún episodio de la vida del Señor o relacionado con la Virgen María.

2.- LOS DOMINICOS,
CAMPEONES DEL ROSARIO.
Corresponde a la orden de los Dominicos la difusión de esta hermosa práctica, genuinamente católica. Se le llama Rosario o Corona del Rosario, por tratarse de un verdadero engarce de rosas de piedad y veneración hacia nuestra Señora.
En el siglo XVI –el siglo de la Reforma Protestante- el Rosario reconoce una gran difusión. Es de alguna manera el santo y seña de los católicos en medio de aquella confusión religiosa descomunal. El Rosario se difunde de manera vertiginosa, gracias al celo de los hijos de Santo Domingo, y no menos, a las calurosas recomendaciones que de esta práctica piadosa hacen los pontífices romanos.

3.- CONTENIDO ESPIRITUAL
DEL SANTO ROSARIO.
El Rosario, bien rezado, constituye una fuente de espiritualidad, la más fecunda para todos los fieles católicos. Junto con el Viacrucis, es una de las devociones más socorridas en la Iglesia Católica. Y las razones son obvias: En primer lugar, se trata de oraciones de honda raíz evangélica y eclesial. En efecto, cualquiera sabe que el Padre Nuestro es una oración, que inventó el mismo Jesús. El Padre Nuestro, bien recitado y reflexionado, es de una riqueza tal, que es, al decir de los autores espirituales, un verdadero compendio de vida cristiana. Por otra parte, los autores del Ave María son el Padre Celestial y el Espíritu Santo. Las primeras palabras del Ave se las dirige el Arcángel Gabriel a María en nombre del Padre (“fue enviado por Dios…. “). El resto “bendita tú entre las mujeres…..” son palabras que Isabel pronuncia movida e inspirada por el Espíritu Santo.
Pero, también hablamos de raíz eclesial: En efecto, la segunda parte del Ave María “Santa María, Madre de Dios…..” fue compuesta por la Iglesia en el Concilio de Efeso, como una glorificación de la Madre de Dios. Es la súplica confiada a una Madre buena, que nos socorre afectuosamente en el caminar de esta vida, y en la hora de la muerte.
El Rosario se corona con el rezo de la Salve. Esta oración se atribuye a San Bernardo. Cierto o no, es una de las más bellas oraciones cristianas que hayan podido proferir los labios devotos. En la Salve, los hijos expresan su amor y su confianza a una Madre, que acoge, que acompaña, que es dulce y tiernamente piadosa.

4.- JUAN PABLO II Y EL ROSARIO.
A los Misterios, agrupados tradicionalmente en gloriosos, gozosos y dolorosos, el siervo de Dios, Juan Pablo II, agregó otra serie de hermosos y sugestivos misterios, que él denominó “Misterios luminosos”. Este Papa, tan profundamente Mariano, gustaba de rezar diariamente el Rosario. Él, que se sentía todo de la Santa Señora, no podía menos que inducirnos con el ejemplo al rezo de esta devoción tan privilegiada en la Iglesia Católica.
Es de desear que los cristianos, dejando de lado un rezo maquinal del Rosario, que a la larga se vuelve tedioso y monótono, mediten, antes de desgranar cada decena, el Misterio correspondiente. Se trata de pasajes de la Vida de Jesús o de la Virgen María, testificados en la máxima fuente de espiritualidad, que es la Sagrada Escritura.

5.- EL ROSARIO, REPASO DE LA HISTORIA DE SALVACIÓN.
En resumen, el Rosario es como un devoto repaso de la Historia de nuestra Redención. Los variados aspectos ofrecidos por los Misterios, son como estímulos sobrenaturales, para que susciten o despierten en nosotros los íntimos sentimientos de dolor, y de gratitud afectuosa y filial –somos hijos de Dios e hijos de María- y también los propósitos firmes y eficaces de mantenernos en fidelidad a Jesucristo y a la portadora de Cristo, que es la Santísima Virgen María.

6.- EL ROSARIO ¿UN EJERCICIO ABURRIDO?
Algunos, con poco sentido sobrenatural, han dicho que el Rosario es una oración monótona por repetitiva. Se trata de una apreciación falsa. Los enamorados sueles decirse con frecuencia que se aman. Y no por eso son aburridos. El amor es el que, en todo caso, nos salva de la monotonía, la maquinalidad y el aburrimiento. Si no amas, te aburres.

7.- EL ROSARIO, FUENTE DE GRACIAS.
Para finalizar, diríamos que el Rosario ha sido para la Iglesia una fuente inagotable de abundantes gracias. La Iglesia lo ha rezado en sus horas oscuras, y en sus horas de alegre plenitud. Siempre será verdadero aquello de que “jamás se ha oído decir que uno solo de cuantos han acudido a tu protección e implorado tu socorro, haya sido desamparado”. Palabras que confirman a cada paso la experiencia de fe de todos los fieles cristianos católicos.

Vida Diocesana
Pbro. Lic. José Carlos Tarango M.
Lic. en Teología Dogmática

Conocer la verdad referente a los ángeles

Hoy en día el movimiento llamado New Age ( Nueva Era ), ha puesto de moda a los ángeles, se han escrito una infinidad de libros que hablan de ellos de una manera que nosotros los Católicos no conocíamos ni estamos acostumbrados, y por lo tanto causa mucha confusión.
Se ha difundido en muchos de estos libros escritos por personas ajenas a la fe Católica que; los ángeles pueden hacer milagros, que los ángeles pueden curar todo tipo de enfermedades, que los ángeles intervienen en el Tarot, en los Horóscopos, que depende la vestimenta que tengan es la categoría de los ángeles, y los favores que pueden concedernos.
Todas estas ideas vienen de personas racionalistas que consideran a los ángeles como personificaciones de atributos divinos, o revuelven la angeología judeocristiana con un politeísmo primitivo usando muchos elementos del New Age, para introducir por medio de los ángeles, creencias y prácticas que van contra la fe y la práctica de el cristianismo, como por ejemplo, está muy de moda encontrar ángeles hechos de piedra de cuarzo, que al ser usados tienen poderes curativos y energéticos. Es muy importante conocer que nos dice la Iglesia Católica y las Sagradas Escrituras sobre los ángeles, para que no nos confundan todas estas personas que lo único que realmente buscan es lucrar con esta moda y desorientarnos en nuestra fe.

Existencia de los Ángeles.
Dios al principio del tiempo, creó de la nada unos seres espirituales que son llamados ángeles.
La Sagrada Escritura da testimonio, aún en los libros más antiguos, de la existencia de los ángeles, los cuales glorifican a Dios y sirven como mensajeros suyos, son los encargados de traer sus mensajes a los hombres; Gen 3,24; 16,7 ss ; 18,2ss; 19,1ss.
En seis días hizo Yahvé los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene Ex.20,11.
En Él fueron creadas todas las cosas del Cielo y de la tierra, las visibles y invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades Col. 1,16
El número de los ángeles, por lo que dice la Sagrada Escritura, es muy elevado. La Biblia nos habla de miríadas (Heb. 12,22), de millares y millares ( Dan 7,10; Apoc 5,11), de legiones ( MT 26,53). Los distintos nombres con que los llama la Biblia nos indican que entre ellos existe una jerarquía: serafines, querubines y tronos – dominaciones, virtudes y potestades, principados, arcángeles y ángeles. Is 6,2ss; Gen 3,24; Col 1,16; Ef1,21; Rom 8,38ss; Jud 9,1Tes 4,16.
La naturaleza de los ángeles es espiritual, a diferencia de la naturaleza humana, compuesta de cuerpo y alma espiritual, la naturaleza angélica es puramente espiritual, es decir libre de toda materia.
La Sagrada Escritura llama expresamente espíritus a los ángeles: Dan 3,86; Sab 7,23; 2 Mac 3,24; Mt 8,16; Lc 6,19; Heb 1,14; Apoc. 1,4.
Los ángeles son por naturaleza inmortales y lo podemos ver en Lc 20,36 “Ellos (los resucitados) ya no pueden morir, pues son semejantes a los ángeles”.
La voluntad y poder de los ángeles. Como seres espirituales, los ángeles poseen entendimiento y libre voluntad. El conocimiento y voluntad de los ángeles, por ser su naturaleza puramente espiritual, son mucho más perfectos que el conocimiento y voluntad humana.
Pero por ser creaturas de Dios son inferiores en conocimiento y voluntad de Dios, los ángeles no conocen los secretos de Dios (1Cor 2,11), ni tienen tampoco presciencia cierta de las acciones futuras (Is46,9ss),; desconocen el día y
la hora del Juicio (Mt 24,36; Mc 13,32). La misión secundaria de los ángeles buenos es proteger a los hombres y velar por su salvación, cada hombre creyente o no tiene un ángel de la guarda particular. Esto se funda bíblicamente en lo que dijo Cristo Mt 18,10 “ Mirad que no despreciéis a uno de esos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el Cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos”. Y en Hech 12,15 “Su ángel es (el de Pedro)”.
Es bueno saber que tenemos un ángel custodio debemos tenerle confianza tratarlo como un entrañable amigo, y él sabrá hacernos mil servicios en nuestra vida diaria, y debemos llenarnos de agradecimiento a Dios por este don tan grande que nos hace al concedernos un ángel como compañero y protector, como si no fueran suficientes sus cuidados paternales y todas las gracias y beneficios espirituales y materiales.
Es bueno saber que los ángeles y los demonios, no pueden conocer nuestros más íntimos pensamientos y deseos si nosotros no los manifestamos de alguna manera, pues solo Dios conoce exactamente lo que hay en nuestro corazón. “ Acude a tu ángel custodio a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones.”
Los ángeles pueden conocer lo que queremos, o nuestras intenciones, de modo semejante a como los demás hombres lo intuyen por nuestras palabras, gestos, etc. ¡Cuántos favores nos habrán hecho que ni siquiera imaginamos, y cuántos más nos harán si confiadamente se los pedimos!

El culto a los ángeles
El culto tributado a los ángeles encuentra su justificación en las relaciones antes mencionadas, de los mismos para con Dios y para con los hombres. La censura que hizo San Pablo (Col 2, 18) del culto a los ángeles se refiere a una veneración exagerada e improcedente de los mismos, inspirada en errores gnósticos. Así es que no debemos permitir que estas “modas” nos confundan, siempre se nos ha inculcado dentro de la fe Católica, una especial reverencia a los ángeles. “ A sus ángeles ha mandado Dios para que te guarden en tus caminos. ¡Cuánta reverencia debe inspirarte esta palabra, cuánta devoción, cuánta confianza!… Reverencia por la presencia, devoción por la benevolencia, confianza por la custodia”.(Lit. de las horas 2 de Octubre).

Vida de Santidad
Pbro. Lic Roberto Tarín Arzaga
Lic. En filosofía y Párroco de Santa Bárbara

La misión en el corazón de la fe cristiana

Mensaje del Santo Padre por la 91ª Jornada Mundial Misionera, que se celebra el domingo 22 de octubre.
Queridos hermanos y hermanas:
Este año la Jornada Mundial de las Misiones nos vuelve a convocar entorno a la persona de Jesús, «el primero y el más grande evangelizador» (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 7), que nos llama continuamente a anunciar el Evangelio del amor de Dios Padre con la fuerza del Espíritu Santo. Esta Jornada nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana. De hecho, la Iglesia es misionera por naturaleza; si no lo fuera, no sería la Iglesia de Cristo, sino que sería sólo una asociación entre muchas otras, que terminaría rápidamente agotando su propósito y desapareciendo. Por ello, se nos invita a hacernos algunas preguntas que tocan nuestra identidad cristiana y nuestras responsabilidades como creyentes, en un mundo confundido por tantas ilusiones, herido por grandes frustraciones y desgarrado por numerosas guerras fratricidas, que afectan de forma injusta sobre todo a los inocentes. ¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?

La misión y el poder transformador del Evangelio de Cristo, Camino, Verdad y Vida
1. La misión de la Iglesia, destinada a todas las personas de buena voluntad, está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio. El Evangelio es la Buena Nueva que trae consigo una alegría contagiosa, porque contiene y ofrece una vida nueva: la de Cristo resucitado, el cual, comunicando su Espíritu dador de vida, se convierte en Camino, Verdad y Vida por nosotros (cf. Jn 14,6). Es Camino que nos invita a seguirlo con confianza y valor. Al seguir a Jesús como nuestro Camino, experimentamos la Verdad y recibimos su Vida, que es la plena comunión con Dios Padre en la fuerza del Espíritu Santo, que nos libera de toda forma de egoísmo y es fuente de creatividad en el amor.

2. Dios Padre desea esta transformación existencial de sus hijos e hijas; transformación que se expresa como culto en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,23-24), en una vida animada por el Espíritu Santo en la imitación del Hijo Jesús, para gloria de Dios Padre. «La gloria de Dios es el hombre viviente» (Ireneo, Adversus haereses IV, 20,7). De este modo, el anuncio del Evangelio se convierte en palabra viva y eficaz que realiza lo que proclama (cf. Is 55,10-11), es decir Jesucristo, el cual continuamente se hace carne en cada situación humana (cf. Jn 1,14).

La misión y el kairos de Cristo
3. La misión de la Iglesia no es la propagación de una ideología religiosa, ni tampoco la propuesta de una ética sublime. Muchos movimientos del mundo saben proponer grandes ideales o expresiones éticas sublimes. A través de la misión de la Iglesia, Jesucristo sigue evangelizando y actuando; por eso, ella representa el kairos, el tiempo propicio de la salvación en la historia. A través del anuncio del Evangelio, Jesús se convierte de nuevo en contemporáneo nuestro, de modo que quienes lo acogen con fe y amor experimentan la fuerza transformadora de su Espíritu de Resucitado que fecunda lo humano y la creación, como la lluvia lo hace con la tierra. «Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 276).

4. Recordemos siempre que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 1). El Evangelio es una persona, que continuamente se ofrece y continuamente invita a los que la reciben con fe humilde y laboriosa a compartir su vida mediante la participación efectiva en su misterio pascual de muerte y resurrección. El Evangelio se convierte así, por medio del Bautismo, en fuente de vida nueva, libre del dominio del pecado, iluminada y transformada por el Espíritu Santo; por medio de la Confirmación, se hace unción fortalecedora que, gracias al mismo Espíritu, indica caminos y estrategias nuevas de testimonio y de proximidad; y por medio de la Eucaristía se convierte en el alimento del hombre nuevo, «medicina de inmortalidad» (Ignacio de Antioquía, Epístola ad Ephesios, 20,2).

5. El mundo necesita el Evangelio de Jesucristo como algo esencial. Él, a través de la Iglesia, continúa su misión de Buen Samaritano, curando las heridas sangrantes de la humanidad, y de Buen Pastor, buscando sin descanso a quienes se han perdido por caminos tortuosos y sin una meta. Gracias a Dios no faltan experiencias significativas que dan testimonio de la fuerza transformadora del Evangelio. Pienso en el gesto de aquel estudiante Dinka que, a costa de su propia vida, protegió a un estudiante de la tribu Nuer que iba a ser asesinado. Pienso en aquella celebración eucarística en Kitgum, en el norte de Uganda, por aquel entonces, ensangrentada por la ferocidad de un grupo de rebeldes, cuando un misionero hizo repetir al pueblo las palabras de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», como expresión del grito desesperado de los hermanos y hermanas del Señor crucificado. Esa celebración fue para la gente una fuente de gran consuelo y valor. Y podemos pensar en muchos, numerosísimos testimonios de cómo el Evangelio ayuda a superar la cerrazón, los conflictos, el racismo, el tribalismo, promoviendo en todas partes y entre todos la reconciliación, la fraternidad y el saber compartir.

La misión inspira una espiritualidad de éxodo continuo, peregrinación y exilio
6. La misión de la Iglesia está animada por una espiritualidad de éxodo continuo. Se trata de «salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20). La misión de la Iglesia estimula una actitud de continua peregrinación a través de los diversos desiertos de la vida, a través de las diferentes experiencias de hambre y sed, de verdad y de justicia. La misión de la Iglesia propone una experiencia de continuo exilio, para hacer sentir al hombre, sediento de infinito, su condición de exiliado en camino hacia la patria final, entre el «ya» y el «todavía no» del Reino de los Cielos.

7. La misión dice a la Iglesia que ella no es un fin en sí misma, sino que es un humilde instrumento y mediación del Reino. Una Iglesia autorreferencial, que se complace en éxitos terrenos, no es la Iglesia de Cristo, no es su cuerpo crucificado y glorioso. Es por eso que debemos preferir «una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (ibíd., 49).

Los jóvenes, esperanza de la misión
8. Los jóvenes son la esperanza de la misión. La persona de Jesús y la Buena Nueva proclamada por él siguen fascinando a muchos jóvenes. Ellos buscan caminos en los que poner en práctica el valor y los impulsos del corazón al servicio de la humanidad. «Son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo y se embarcan en diversas formas de militancia y voluntariado […]. ¡Qué bueno es que los jóvenes sean “callejeros de la fe”, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!» (ibíd., 106). La próxima Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tendrá lugar en el año 2018 sobre el tema «los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», se presenta como una oportunidad providencial para involucrar a los jóvenes en la responsabilidad misionera, que necesita de su rica imaginación y creatividad.

El servicio de las Obras Misionales Pontificias
9. Las Obras Misionales Pontificias son un instrumento precioso para suscitar en cada comunidad cristiana el deseo de salir de sus propias fronteras y sus seguridades, y remar mar adentro para anunciar el Evangelio a todos. A través de una profunda espiritualidad misionera, que hay que vivir a diario, de un compromiso constante de formación y animación misionera, muchachos, jóvenes, adultos, familias, sacerdotes, religiosos y obispos se involucran para que crezca en cada uno un corazón misionero. La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes, en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización.

Hacer misión con María, Madre de la evangelización
10. Queridos hermanos y hermanas, hagamos misión inspirándonos en María, Madre de la evangelización. Ella, movida por el Espíritu, recibió la Palabra de vida en lo más profundo de su fe humilde. Que la Virgen nos ayude a decir nuestro «sí» en la urgencia de hacer resonar la Buena Nueva de Jesús en nuestro tiempo; que nos obtenga un nuevo celo de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte; que interceda por nosotros para que podamos adquirir la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la salvación.

Magisterio Papal
Pbro. Lic. Martín Eduardo
Hernández Baeza
Director de la revista y responsable de CODIPACS

Iglesia una, Santa, Católica y Apostólica

Nos estamos preparando para vivir nuestro vigésimo quinto aniversario de fundación de nuestra Diócesis. Nos ayuda recordar que somos la Iglesia de Cristo, la que Él fundó. Y creemos que en cada Iglesia particular, o sea en cada Diócesis se realizan y expresan las cuatro características que profesamos en el Credo: La Iglesia es Una. Única Iglesia fundada y querida por Cristo Jesús. Iglesia una que, por el pecado de los hombres, tantas veces se ha fragmentado y debilitado. Iglesia de Cristo, túnica inconsútil de Cristo Jesús que nos empeñamos en romper. Como Iglesia Diocesana hemos de preservar la unidad entre nosotros los que formamos la Iglesia Católica. Es el testimonio que el mundo espera de nosotros, es el sueño de oro de Jesús: “Padre que ellos sean uno, como tú y yo somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” Así la Diócesis se ha empeñado en vivir la espiritualidad de comunión, buscando la integración, la comunicación, la unión entre los que la formamos. A veces, influidos por doctrinas extrañas al evangelio rompemos la unidad. Y esto nos hace un daño, tantas veces irreparable. No podremos estar en paz mientras haya hermanos nuestros, bautizados, que no se sientan atraídos y recibidos por nosotros en nuestras comunidades, por el amor, la alegría, la paz. La Iglesia es Santa, porque su fundador es Santo, porque en ella se producen los frutos de santidad, ella nos coloca en la misma acción santificadora de Dios, y el Espíritu Santo santificador en ella campea a sus anchas produciendo la santidad entre sus fieles. Iglesia Santa que reparte y custodia lo Santo. Iglesia Santa que denuncia el pecado de la injusticia, de la maldad, rompe con la mentira y proclama la verdad. Iglesia Santa porque es esposa fiel de Jesucristo el Santo que la redime y dignifica. La Iglesia está compuesta de hombres y mujeres… pecadores. Alguien decía con mucha humildad y verdad que la Iglesia es, “un hospital de pecadores en lenta recuperación”. Pero llevamos en nosotros, como en vasijas de barro, tesoros de Santidad. Somos pecadores llamados a la santidad.
Iglesia Católica, la universal aquella que no distingue de razas ni naciones, que es abierta a todos y a la que están llamados a formar parte todos los hombres. Iglesia Católica que recibe a los pecadores, a los desheredados y marginados de la sociedad, Iglesia Católica que tiene compasión de los asediados por el malo, y de los que nadie quiere. Iglesia Católica, en el espacio y en el tiempo, llamada a ser levadura en la masa, buscadora del hombre, experta en humanidad. Iglesia Católica de corazón inmensamente grande para recibir a todos.
Un buen católico ama a la Iglesia en su catolicidad, y los católicos no siguen ninguna espiritualidad que no sea la católica, aman y promueven todo lo católico, todos los carismas de la Iglesia, y se hacen todo a todos, gozan con los dones que Dios da a cada uno, Y en cualquier lugar que sea católico ellos se sienten bien porque allí descubren y viven su ser Iglesia. Iglesia Apostólica, la que fundó Jesús, la que tiene como cimiento las doce columnas Apostólicas. Iglesia que es la del Papa y la de los Obispos, la de los Católicos de América y de Europa, de África y de Asía, de Oceanía, del mundo. Iglesia de Cristo que llamó a los que él quiso y los constituyó en Apóstoles para darles la misma misión que el Padre le había confiado a él, hasta el fin del mundo y de los tiempos. Con qué fuerza han de vivir los católicos este rasgo eclesial de la Apostolicidad. En las realidades católicas, como las parroquias y grupos, no se ha de conocer la disensión, la fractura con el Magisterio, antes más bien una obediencia obsequiosa y confiada a las enseñanzas del Papa y de los Obispos, de los sacerdotes, sus fieles colaboradores. Sentir con la Iglesia la urgencia del apostolado, somos discípulos misioneros. …Y estas cuatro características de la Iglesia han de ser vividas por…cada uno de nosotros. Trabajando por la unidad, la santidad, la catolicidad y la apostolicidad de la Iglesia en mí, porque soy Iglesia.

Editorial
Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral