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¿Santo yo?

El Papa ha vuelto a llamar nuestra atención sobre una cuestión fundamental para los discípulos de Jesús: que estamos llamados a la santidad y que Dios no quiere menos de nosotros. Que nos quiere santos. Pero en el fondo el católico “standar” piensa que esa impostergable llamada a la Santidad no es para él, sino para personas muy especiales con cualidades muy notorias de bondad, que logran hacer cosas muy difíciles, que el común de los mortales no las podemos hacer ni mucho menos. Y así se abandona pronto el propósito de responder a la invitación amorosa y directísima de Dios a nosotros de ser santos, pensando que ser santo, la santidad, depende de mí, de mis obras y logros. Grave error es pensar que yo me santifico y Dios lo reconoce. No, no es así. La realidad es que la santidad, ser santo no depende de mí, ni de mis méritos, ni de mis fuerzas, sino que depende de Dios, de su gracia, de su acción todopoderosa en mi alma. Me corresponde saberlo, creerlo, esperarlo, disponerme a dejarme transformar por él. Él llama y yo respondo; Él actúa y yo colaboro; me da su gracia y yo me esfuerzo. Pero… ¿qué es la Santidad? La santidad es la misma naturaleza de Dios, su ser. Él es Santo. Santidad equivale pues a Divinidad. Y por tanto, la santidad cristiana es la divinización del cristiano en Cristo. Esta divinización la realiza el Espíritu Santo, y la realiza en la Iglesia. Es obra suya en nosotros. Así que a la pregunta ¿qué es ser santo? la respuesta es que Dios es Santo y santifica, es por tanto vivir unidos a Cristo, la unión con Cristo es la fuente de la vida cristiana, Él nos asume por su Espíritu y allí empieza la santidad. Nos asumió por el bautismo, nos hizo templos del Espíritu Santo. ¡La santidad ya inició allí! Pero hay que crecer, y Cristo la hace crecer, nosotros le secundamos. ¿Cómo? Imitándolo. Este es el camino de la santificación, la imitación de Cristo. Ser discípulo de Jesús significa querer ser como el Maestro. Con sencillez y confianza. En el día a día. Haciendo lo ordinario, pero desde Él. Si usted que me lee quiere emprender un camino serio de santidad, le digo que la clave está en imitar a Jesús, pero no tanto en las obras exteriores, cuanto en sus actitudes interiores. O sea que se proponga usted verdaderamente una fuerte vida interior con Dios. Porque, como dijo el Señor Jesús, es del interior del hombre de donde sale lo bueno y lo malo. Y claro, queremos que dentro de nosotros no haya nada malo, sino lo bueno de Dios. Fundamental es mirar al interior. Porque nuestro peligro es mirar sólo nuestra obras, sin mirar lo interior. Y es que en realidad Dios no busca nuestras obras, sino que nos busca a nosotros. Cristo nos quiere transformar no para utilizarnos sino para hacernos sus amigos, semejantes a Él, no siervos o esclavos, sino amigos. Y los amigos son semejantes, se entienden, se conocen, se quieren, gustan de hacer las cosas juntos, se buscan, gozan la mutua presencia. Mi propuesta es clara: estamos llamados a ser santos. Hay que responder con gratitud y confianza. ¿Cómo? Con vida interior. ¿Qué debo hacer? Imitar las actitudes de Cristo. ¿Alguna propuesta concreta? Sí y muy práctica: orar, orar insistentemente, orar constantemente, orar en toda ocasión. Y reservar tiempos reales de oración. Saber “perder” el tiempo con Dios. La oración es un verdadero crisol donde la persona se purifica y crece en amistad divina. Si se ora de verdad, se cambia, se hace el bien, se evita el mal, se purifica la intención de todo cuanto se hace, se avanza, se va transformando, no puede parar. La verdad es que salvando la oración diaria se salvan muchas otras cosas y se responde bien al llamado a ser santos. Santos comunes, porque no andamos buscando la “Canonización”, sino al Amigo, al que es Santo y nos quiere, como Él, santos.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral