20106994_10209811230342334_1413210352_o.jpg.crdownload

¿Por qué ir a Misa los domingos?

Siempre me ha impactado el testimonio de los 49 mártires de Abilene (año 304), que murieron por no renunciar a su vivencia de fe expresada en esa impresionante afirmación: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”. Efectivamente los mataron a todos, adultos, niños, ancianos, mujeres, sacerdote, dueño de la casa donde se reunían… ¡Todo por vivir el domingo! Una de los aspectos del ser humano es que no le gusta que le impongan nada, como si fuera en verdad posible vivir sin leyes, dejado todo al libre albedrío y buena voluntad de cada uno. Ya se ve que sin leyes, el mundo entero sería un caos. El problema no son las leyes sino que se cumplan las leyes. Claro, hablamos de leyes justas, las que regulan el sano convivir, el respeto y los derechos. Pero muy importante es saber que las leyes buenas, las justas, tienen una finalidad buena, que es lo que tutelan, lo que se llama el “espíritu de la ley”. En la Iglesia tenemos los 10 mandamientos de la ley de Dios, y también los 5 mandamientos de la Santa madre Iglesia. Uno de ellos es “oír misa entera los domingos y fiestas de guardar”. Para superar nuestra aversión a que nos impongan algo, debemos pensar cuál es el “espíri tu” de esta ley. Es lo que movió al martirio a aquellos 49 mártires y tantos otros que a lo largo de los siglos han muerto por la Eucaristía. La Iglesia con su mandamiento nos tutela, como madre, nuestro derecho que nos da nuestro Padre, de participar en el banquete de amor que con tanto cariño prepara para nosotros ¡cada domingo! Y es ese día, el primero de la semana, porque ese día conoció el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte, por su resurrección. La Pascua semanal. Un banquete preparado por nuestro Padre, para nosotros sus hijos… banquete de familia, de hermanos. Un Padre cariñoso que quiere ver reunidos a sus hijos en torno a su mesa, que es en dos tiempos: el banquete de la Palabra y el banquete de la Eucaristía. ¡Es para los hijos! No es para los esclavos. Por el bautismo somos sus hijos. Pero llegados a este punto la pregunta fundamental es ¿Tengo corazón de hijo, o tengo corazón de esclavo? Y que responda la historia, mi historia. O sea, cómo me comporto ante esta invitación de mi Padre, que me quiere allí en su casa, el domingo, con mis hermanos, viviendo el día del Señor, su día, consagrado a su nombre, en el acto de amor y religión fundamental para aquellos que creemos en el mandato solemne de Jesús: “Hagan esto como mi memorial”. El que tiene corazón de esclavo, no se da por aludido, no le importa, no se siente invitado, cree que no es suyo, ni lo quiere poseer, no lo cuida. Corazón de esclavo (esclavo de su pereza, de su prejuicio, de su vanidad y soberbia, de los respetos humanos, de su trabajo que lo lleva a fallar en aquel mandato milenario de dar a Dios un día, con el descanso y la religión). El que tiene corazón de hijo, lo deja todo y va al encuentro de su Padre, de sus hermanos y el gran alimento es Jesús. “Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”(Jn 3,16). El que tiene corazón de hijo no puede por menos que reaccionar ante semejante noticia y se esfuerza y va. Sabemos que estamos ante una vorágine de descristianización, no tenemos más una cultura cristiana. Así no se dice más “el día del Señor” (eso significa en latín la palabra domin go)

sino día de descanso, como muchos ya no dicen navidad sino fiestas decembrinas, y así, la semana santa para muchos ya no es santa sino vacaciones de primavera, etc. Los que queremos tener corazón de hijo, el que ama y responde a su Padre que lo invita, decimos hoy como entonces: “nosotros no podemos vivir sin el domingo”.