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¡Los ojos puestos en Pentecostés!

Lo sabemos, Pentecostés es la gran fiesta del Espíritu Santo. Pero no es improvisada, como una fecha fija en el calendario, sino es la consecuencia de toda una preparación que dura más de tres meses. Efectivamente, comienza desde la cuaresma, pasa por la Semana Mayor con la tremenda vivencia del Misterio Pascual (la muerte y resurrección del Señor), triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, victoria que se goza durante todo el tiempo pascual (cincuenta días) y llega al momento culminante, la cosecha, la consecuencia de todo lo vivido: recibir el Espíritu Santo.
A los apóstoles eso les pasó: cincuenta días después de la cruz y haber convivido con el Resucitado, allá en el cenáculo les irrumpió el Espíritu Santo. Y allí cambió todo. El Espíritu del Señor los cambió interiormente, los iluminó, los santificó, les dio alegría y una fuerza y valentía incontenible para llevar el evangelio a toda creatura.
Y San Pedro dijo en aquél primer discurso evangelizador: “esta promesa es para ustedes” (Hech 2,39). ¿Cuál? ¡La del Espíritu Santo! El fruto exquisito, emanado como un grato perfume reconfortante de la cruz de Cristo fue el Espíritu Santo. San Juan lo dice con profundidad, al afirmar que al punto que Jesús muere “entregó el Espíritu” (Jn 19,30).
Y a partir de entonces lo derrama siempre sobre nosotros, sobre su Iglesia. Porque esta promesa es para nosotros, que nos enviaría su Santo Espíritu.
Pero ¿hace falta que venga el Espíritu Santo otra vez? ¿El mundo de hoy lo necesita? ¿Todavía tiene algo que decirnos el Espíritu Santo?
Con contundencia hay que reconocer que hoy más que nunca necesitamos la fuerza transformadora del Espíritu Santo. No solo porque tenga algo todavía que decir, sino porque tiene TODO por decirnos. Un ejemplo entre mil: Estamos en una época cuya capacidad de comunicación no tiene precedentes, todos tenemos un celular en las manos, todos sabemos todo y de todo, basta activar la aplicación pertinente. Pero, siendo tan expedita la comunicación, sin embargo ha generado el aislamiento, la soledad, y aún el egoísmo, sin relaciones personales serias nutritivas, Hay comunicación, pero no hay comunión. Y el Espíritu Santo es COMUNIÓN. Al interior de la Trinidad, y para la comunidad de fe. Es el Espíritu Santo el que hace la comunidad, fortalece las relaciones personales porque Él es Relación Personal con el Padre, con el Hijo, ¡y con nosotros, para nosotros y entre nosotros!
Lo necesitamos. Las computadoras son tan sofisticadas hoy que nos ayudan a manejar infinita información, para razonar, construir el pensamiento, profundizar en la reflexión. Se dice que llegará un día, quizá no lejano, en que una computadora será capaz de pensar por sí sola. Quizá. Pero lo que sí es claro es que si una computadora llegara a pensar, nunca habrá una que llegue a amar, eso jamás lo podrá hacer, amar. Y la esencia de la vida es amar, lo que da sentido a la vida es amar. Y por más avances que tengamos, sólo el Amor vertebra y da sentido a la vida. Y eso es el Espíritu Santo, es el AMOR, es Dios amor, es el amor entre el Padre y el Hijo. (El Padre es el amante, el Hijo es el amado y el Espíritu Santo es el amor). Entonces, a la pregunta de si necesitamos el Espíritu Santo, la respuesta es contundente: Necesitamos el amor, el de Dios.
En un mundo tan inhumano, injusto, donde se olvida lo esencial, que es amar de verdad, en un mundo frio como el hielo, necesitamos el fuego del Espíritu Santo.
Y la gran noticia es que ¡Va a venir! ¡Vendrá en Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo! Una vez más se derrama sobre nosotros, superabundantemente.
Nos queda la esperanza, o sea, el deseo confiado de recibir este poderoso Señor, dador de vida. Por eso, en este momento el gran pregón, el grito esperanzado es ¡los ojos puestos en Pentecostés! Porque de que va a venir, seguro que vendrá. ¡Que no te encuentre distraído!

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral