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El otro, no es una amenaza, el otro ¡es un bien para mí!

De verdad que vivimos tiempos duros, y el horizonte de futuro no parece que vaya a mejorar. Se dice que estamos ante una emergencia no sólo humanitaria sino social y hasta política. Tiempos difíciles para la humanidad, inevitablemente también para México y para cada sector de la comunidad, entre los cuales se encuentra el que más nos preocupa, el sector de la familia.
Mil explicaciones escuchamos de por qué esta crisis, se le llama cambio de época, cambio de paradigmas. Se nos habla de cambios fortísimos de los símbolos y de las esperanzas, de los modelos y las narrativas. Y a la vez la sensación de una humanidad que no sabe a dónde va.
Y de manera aguda en estos días se presenta esta emergencia humanitaria en el mundo de la migración. El migrante, no sólo en Estados Unidos y México (aunque muy fuerte) sino en Europa y en todo el mundo, es hoy objeto de una terrible vulnerabilidad.
Y no sólo el migrante, sino también muchos miles de personas sufren pobreza extrema, violencia sin sentido y criminal. Estragos a la naturaleza depredada y saqueada. Una economía donde se olvida el valor más importante, que no es el dinero, sino la persona humana.
Hay un punto de retorno en este panorama desolador: recuperar la convicción más profunda y más fuerte que nos da el evangelio de Jesús, que es reconocer que el otro no es un enemigo, que el otro es bueno, que el otro no tiene por qué ser necesariamente una amenaza, que el otro es un bien para mi, que su existencia es buena, que me hace bien, que contribuye a mi bien.
Porque esto del rechazo al diferente, al otro, al migrante, al pobre, en el fondo es expresión de un miedo irracional, de pensar que el otro me amenaza, que va contra mi bien. Y en ese miedo se toman decisiones de rechazo y exclusión, que al poco tiempo se transforman en odio (el odio es desear e intentar que el otro no exista).
Jesucristo, ayer, hoy y siempre nos da el camino a seguir: es el del amor, el amor a Dios y el amor al prójimo. Algo que se nos ha anunciado desde hace dos mil años, pero que, paradójicamente parece que hoy no sabemos, que lo hemos olvidado. Suponemos que lo sabemos y no es verdad, pensamos que el ambiente sigue siendo cristiano y tampoco es verdad. Pensamos que basta con ser “buenos” y no dañar, pero la experiencia nos dice que con sólo ser “buenos” sin mayor compromiso por el bien y la justicia, por la paz y la verdad no nos alcanza para solucionar el problema del mal que nos aqueja.
Por eso, los que nos consideramos discípulos de Jesús, nacidos en la cruz y resurrección del Señor, hemos de proclamar fuerte, con gran convicción y urgencia nuestra fe: Que Dios nos ama, que nos ha hecho sus hijos, en Jesús y por Jesús, y que si somos sus hijos, en consecuencia somos todos hermanos. Por tanto la propuesta ha de ser la fraternidad, porque nos hermana el tener un Padre común, en Jesús nuestro hermano.
El otro, el prójimo, el ser humano, el hermano, el que está colmado de dignidad porque es imagen y semejanza de Dios, no puedo sino mirarlo y tratarlo con respeto, como importante porque es importante, procurar su bien. En esta pascua, que celebramos el triunfo de Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte, que nos da la vida en su resurrección, he de tomar un serio y noble compromiso: mirar al otro como un bien, saber y creer que es un bien, que su existencia es buena. He de pensar más en Dios, pero no a él sólo, sino unido con mi hermano, el ser humano. Y reconocer cuál es su voluntad: que lo ame, porque Dios lo ama, que lo ame, porque él (el hombre) es bueno, que lo ame porque eso me hace mejor persona.

Monseñor Eduardo Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral