Llamados a dar vida

El ser humano está llamado a generar vida. En íntima consonancia con su Creador, que lo ha formado del polvo de la tierra y ha soplado sobre él para que tuviera vida (Gn 2); en una profunda relación con el Salvador que ha venido para que tuviéramos vida y vida en abundancia y animado por el Espíritu Santo que en el credo confesamos que es Señor y dado de vida; el ser humano, creado a imagen y semejanza de su Señor también está llamado a su manera a dar vida.
Cuando el ser humano deja de dar vida muere. La vida es un regalo, y como regalo, está llamada a entregarse; y cuando la vida se ofrece, por una extraña dinámica se va ganando. Ya lo ensenará el Evangelio de una manera más clara: El que quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por mí la salvará (Mt 16,25).
En medio de un mundo que proclama el egoísmo, la complacencia y el hedonismo; las palabras de entrega y de ofrecimiento suenan risibles y son contradictorias. Pero seguirán siendo el punto de referencia más claro para el hombre que desde la fe al ver fraccionar el Pan Eucarístico comprende que su ser está llamado a fraccionarse también.
El cristiano a la manera de Jesús está llamado a que su paso se genere vida; manifestada en el amor, en la alegría, en la entrega generosa y desinteresada de su tiempo, de su afecto, de sus conocimientos, en pocas palabras de sí mismo. Como un río limpio que a su paso da vida en las orillas permitiendo que nazcan y crezcan plantas y que se alimenten los árboles, o que en su interior permita que los peces vivan y se desenvuelvan, así debe ser la vida del cristiano.
Cuando dejamos de dar vida viene la frustración, la tristeza, el desánimo, la insatisfacción. Cuando nos entregamos todos a un proyecto noble y justo, aunque hayamos tenido que hacer un gran esfuerzo, aunque nos costara un pedazo de corazón, se produce una alegría y una satisfacción en el interior que las cosas del mundo no pueden ofrecer.

Preguntémonos sinceramente porque cosas hemos empeñado la vida, preguntémonos si hemos sido egoístas, preguntemos a nuestro corazón si ha sido capaz de entregarse o ha sido encaminado a la muerte, si al paso nuestro generamos vida, alegría, paz, amor o hemos sembrado odio, guerra, divisiones que se cristalizan en el rechazo y en el juicio de los hermanos. Dios no es Dios de muertos sino de vivos.

Vida Dioscesana
Pbro. José Baca
Párrocod de San Bartolomé

¿Soy yo el Señor de tu vida la orientación de tu corazón y la razón de tu esperanza?

El Papa Francisco presidió la Misa en la Solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, con el rito de bendición del Palio de los nuevos arzobispos metropolitanos.
En la homilía habló mucho sobre los cristianos perseguidos y la valentía de confesar hoy a Cristo: “La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesión, persecución, oración. La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta. Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida”.
“Esta pregunta esencial – dijo el Papa – la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?». Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida como discípulos y apóstoles; pasamos nuevamente de la primera a la segunda pregunta de Jesús para ser «suyos», no sólo de palabra, sino con las obras y con nuestra vida”.
“Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución”.
Sobre las persecuciones, dijo: “No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,1). Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo”.
Por tanto, subraya “me gustaría hacer hincapié especialmente en lo que el Apóstol Pablo afirma antes de «ser —como escribe— derramado en libación» (2 Tm4,6). Para él la vida es Cristo (cf. Flp 1,21), y Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2), que dio su vida por él (cf. Ga 2,20). De este modo, como fiel discípulo, Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida. Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás. Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).”.
“Soportar – afirma – es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo —lo hemos oímos— se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7). Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose. Una cosa dice que conservó: no la salud, sino la fe, es decir la confesión de Cristo. Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús”.
Finalmente, habló sobre la oración. “La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios. En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros”.
“Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración”.

Magisterio Papal
Pbro. Lic. Martín Eduardo Hernández Baeza
Director de la revista y responsable de CODIPACS

Llamados a vivir la proximidad en las redes sociales

«Comunicar en la cultura digital». Es el tema del seminario desarrollado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz y promovido por la embajada del Reino Unido ante la Santa Sede. En el evento intervino también el P. Antonio Sapadaro, director de la revista italiana de la Compañía de Jesús, La Civiltà Cattolica, que fue entrevistado por Alessandro Gisotti, sobre las características de la comunicación digital y la contribución que el Papa Francisco está brindando a esta nueva dimensión, cada vez más importante en la vida de millones de personas: «La cultura digital nace en el interior de un ambiente, que es el ambiente creado por las redes sociales y la Red.
Por lo tanto, para comprender sus valores hay que vivir en su interior: es una forma de inculturación que cada uno de nosotros debe hacer, porque la Red ya no es una opción sino un hecho». El P. Spadaro respondió también a la pregunta sobre qué está haciendo la Iglesia y, en especial, el Papa Francisco, para que internet sea un medio más ‘humano’: «La cosa más importante es no considerar internet como un instrumento, es decir, no considerarlo como una realidad de hilos, cables, modem, computadora, sino como una red de personas.
En el fondo, el concepto más importante que él ha expresado sobre la Red, es que la Red es un lugar de proximidad, es decir de cercanía. Entonces, todo lo que hace que el contacto entre las personas sea auténtico, verdadero, solidario, todo ello corresponde a la vocación que tiene la Red. Mientras que todo lo que divide, separa, crea odio y considera la Red simplemente como un instrumento para imponerse, eso va contra el plan de Dios sobre la comunicación humana».
La última pregunta fue sobre alguna dificultad que aún se presenta, también en el mundo católico, para comprender que no hay una distinción entre real y virtual, que lo digital es solamente otra dimensión de la vida: «Exacto: ya hay que evitar considerar la realidad digital como algo virtual, es decir sustancialmente como algo no real, no verdadero, no auténtico. El ambiente en el que vivimos es un ambiente físico, un ambiente digital y los dos ambientes tienen características diferentes, pero ambos son reales. ¡No considerar esto significa replicar una esquizofrenia con consecuencias desastrosas!»

Nueva Evangelización
Pbro. Lic. Leonel Larios
Licenciado en Comunicación

Iglesia Dioscesana

“Un solo rebaño, un solo pastor, 25 años de vida diocesana”, éste es el lema que hemos elegido para la celebración de las bodas de plata de nuestra Diócesis. Fue el lema que se utilizó hace 25 años cuando se erigía la nueva Diócesis de Parral; fue el lema que se rescató para la celebración de los 15 años, y ahora lo queremos retomar; rememorando así los ya transcurridos 25 años, pero haciendo memoria y dando gracias a Dios por todas las bendiciones que Él ha derramado en nuestra comunidad de fe, la Iglesia Diocesana de Parral.
¿Qué es la Iglesia? La Iglesia es el Pueblo de Dios, es el Cuerpo Místico de Cristo, es la semilla del Reino de Dios en el mundo, es la familia de Dios en la tierra, es la comunidad de fe que sigue a Jesús el Señor… tantas maneras de describir la Iglesia, la que peregrina, la Madre, la que es Una, Santa, Católica y Apostólica.
Pero… ¿dónde está la Iglesia? Siendo la Iglesia Universal, extendida en todo el orbe de la tierra, se realiza completa en cada Diócesis. Cada Diócesis es expresión perfecta de lo que es la Iglesia Católica. Es verdad, la Iglesia Diocesana expresa muy bien lo que es la Iglesia Universal.
Porque cada Diócesis es presidida por un obispo, y cada obispo es un sucesor directo de los Apóstoles, por eso cada Diócesis es Iglesia, es apostólica y es para todos, universal o sea católica.
Entonces, esta porción del Pueblo de Dios que peregrina en el Sur del Estado de Chihuahua, la Diócesis de Parral, es expresión y vivencia de este ser Iglesia. Y este es el motivo de nuestro gozo y celebración festiva: que le estamos dando gracias a Dios porque nos ha concedido ser Iglesia Diocesana, con su identidad propia, con su trayectoria, con su estilo pastoral, con sus luces y con sus sombras, con sus aciertos y desaciertos, Iglesia viva, Iglesia de Dios, y porque en medio de nosotros siempre ha estado su cabeza, Cristo Jesús, también Iglesia santa.
Esta es la editorial del mes de agosto. Quiero compartirles en grandes rasgos lo que viene hasta que lleguemos al 4 de noviembre, día exacto que cumplimos los 25 años:
Queremos que los padres, los sacerdotes graben un CD con cantos propios de este aniversario. Quizá ustedes no lo saben, pero entre los padres hay un buen grupo que de verdad canta muy bien. Es un buen momento para que ellos den gloria a Dios con sus voces cantando al Señor.
También queremos una fuerte campaña de oración por la Diócesis a través del rezo del Santo Rosario. El mes de septiembre y sobre todo el mes de octubre se hará una gran misión cuyo objetivo será rezar el rosario en todas las casas que quieran participar, dejando en ella un rosario conmemorativo del aniversario. Además porque estamos en los 100 años de las apariciones de la Virgen de Fátima y ella es nuestra madre bendita, nuestra Señora del Rosario.
Y en los días 4 y 5 de noviembre, sábado y domingo, el gran Congreso Anual Diocesano. De por sí lo celebramos cada año, pero esta vez será con especial relieve, más celebrativo, más alegre, más jubiloso. Tuve el honor de invitar al Señor Nuncio, Don Franco Coppola, y tenemos el gozo de que aceptó la invitación. Así que Dios mediante, el Sr. Nuncio nos acompañará el sábado 4 de noviembre. Luego el Congreso sigue también hasta el Domingo…
Con los padres ya tenemos el diseño de cómo será el desarrollo del Congreso. Sólo les puedo adelantar que será muy bonito, muy motivador. Personalmente estoy muy emocionado por todo lo que vamos a vivir. De verdad que será una enorme bendición de Dios.
Por ahora ya nos vamos preparando espiritualmente, anímicamente, y les pido a todos que se presten gustosos a colaborar en lo que la organización y realización de nuestro Congreso requiera. Bendiciones de Dios vienen sobre nosotros, ¡estemos preparados!

Editorial
Monseñor Eduardo
Carmona Ortega
Obispo de la Diócesis de Parral